Carlos Bassas del Rey: “Juntar a 15 personas para escuchar hablar de literatura ya es un milagro”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

Debo reconocer que el encuentro con Carlos Bassas del Rey se reveló curioso. Mi primer contacto con él fue a raíz de mi reseña de uno de sus libros, a la que le hizo un comentario que sentí como un terrible ataque a mi ego. Le contesté diciéndole de “usted”, en plan “francés”, formal, distante, pero él interpretó mí tratamiento en sentido “mexicano”, o sea, campechano, y optó por el “tuteo”. Más pendenciero me revelaba y más afable se mostraba Carlos conmigo. Primera conclusión, Carlos Bassas del Rey es una persona de “paz”. Con el tiempo, fuimos epistolando y rebajando la tensión. Finalmente, participé como moderador en la tercera edición de Pamplona Negra celebrada el año pasado. De algo estoy convencido y es que, muy a menudo, empezamos sintonizando muy bien con algunas personas y después nuestra relación con ellas acaba siendo un desastre. En cambio, individuos con los que iniciamos el contacto de mal pie, pueden ser buenos amigos y convertirse en compañeros de conversación e intercambio intelectual. Lo que me ocurrió con Carlos Bassas del Rey entra en esta segunda modalidad.

Nacido en Barcelona en 1974, está afincado en Pamplona, aunque siempre con el corazón en su ciudad condal. Guionista y escritor, Carlos Bassas del Rey ha hecho mucho camino como novelista y agitador cultural y de ese periplo forma parte la organización y comisariado de uno de los festivales “Noir” más importantes del país, Pamplona Negra, de la que en el 2018 se celebra el IV Edición.

Esta entrevista tiene una connotación muy sartriana, puesto que es como una “Ceremonia de los adioses”. El de Carlos, que cede su puesto como comisario del festival y el mío, puesto que también acaba mi etapa como colaborador en Calibre .38. A lo largo de estas líneas hablo con Carlos sobre los festivales, pero también sobre literatura y gustos estéticos y por supuesto, sobre su experiencia como comisario de Pamplona Negra.

Quiero precisar que ha sido un placer llevar la responsabilidad de esta sección a lo largo de todo este año, pero como manda el dicho, “Nada es eterno”. A título de despedida, le regalo a todos mis lectores y seguidores esta entrevista con Carlos Bassas del Rey, un gran intelectual y escritor, pero sobre todo y ante todo, una gran persona.

Este próximo mes de enero, coincidiendo con la IV Edición de Pamplona Negra, te despides como comisario de la misma y pasas el relevo. Sin  querer ser guasón, me remito al título de aquella emblemática canción de Jeannette, “¿Por qué te vas?”

Por un compromiso con el público del festival. Por un compromiso con la calidad. En ocasiones, los comisarios o directores que hemos creado algo de cero podemos caer en la tentación de creer que es nuestro, y, por lo tanto, eternizarnos en el cargo. Pamplona Negra no es mía. Fue una idea que nació como propuesta cultural de calidad para la gente de mi ciudad, de mi comunidad (y para todo aquel que quiera acercarse). Para ellos, no para mí. Tras cuatro ediciones como Director Artístico he empezado a darme cuenta de que era el momento de dar un paso al lado y quedarme en un segundo plano para ayudar y dejar que otra persona se hiciera cargo de la programación, de dar su toque personal a los actos y eventos, de aportar sus ideas, su punto de vista, su propio bagaje y experiencia. Sus propios gustos. Con libertad total para cambiar lo que desee si así lo desea. Para no hacerlo. Creo que ese es el camino. Y quiero dejar claro que es una decisión puramente personal, que no hago extensible a nadie. Tengo buenos compañeros y amigos al frente de otros festivales de novela negra; algunos llevan más años al frente que yo, y lo están haciendo muy bien, sin que la calidad de sus propuestas se resienta. De hecho, les animo a seguir mientras tengan ganas y fuerzas.

Puesto que mencionas el compromiso con la calidad, todos comentan que después de la Semana de Gijón y BCNegra, Pamplona Negra es sin duda el festival con más prestigio entre todos los que se hacen, pero, ¿cuál ha sido su marca identitaria diferencial respeto a los otros dos grandes festivales?

No son comparables. Si establecemos un símil con la clasificación de los grandes Festivales de Cine, Gijón y BCNegra son de categoría A y Pamplona Negra formaría parte de los de categoría B por su presupuesto, su duración y su carácter no internacional. Pero si tengo que señalar algo que nos ha definido y diferenciado, diría que es nuestro intento por abrirnos a un público general, heterogéneo y no especializado fruto de una voluntad de generar nuevos lectores para el género. En ese sentido, nuestra sección más característica ha sido siempre “El crimen a escena”, en la que profesionales de todo el ámbito de la investigación criminal —policía científica, jueces de instrucción, fiscales, forenses, investigadores, criminólogos, perfiladores…— han mostrado (no contado) cómo es su trabajo en directo sobre un escenario. También nuestra apuesta decidida por abrirnos a otras disciplinas ajenas a la propia literatura (cine, música, teatro, gastronomía, talleres…), que es algo que se hace cada vez más en los festivales y no es patrimonio exclusivo nuestro. Pero si hay algo en lo que he insistido a lo largo de mis cuatro ediciones de Director Artístico es en tratar de reconocer como se debe la calidad y profesionalidad de los autores que han venido (porque yo también estoy en ese bando), por un lado, y en ofrecer al público lo mejor dentro de mis posibilidades. Fruto de acudir como escritor a unos cuantos eventos, he ido viendo qué me gustaba y qué no de sus propuestas —nunca me ha gustado, por ejemplo, lo de las presentaciones exprés de libros, donde cada 15 o 25 minutos un autor nuevo subía al escenario a “vender” su novela, tampoco la fórmula de presentaciones cruzadas o las mesas redondas superpobladas y en las que a veces prima más la cantidad que la calidad—, y he tratado de diseñar y ofrecer una propia.

Supongo que todo lo que me explicas debe exigir mucha organización, coordinación, cooperación y cooperadores, porque no es humanamente posible llevarlo en solitario sin que algo no se quede colgado…  ¿Quiénes han sido tus colaboradores más cercanos a lo largo de estos años?

Sacar adelante un Festival, desde el más pequeño al más grande, supone un esfuerzo colosal —si lo haces con seriedad, profesionalidad y con amor—. Supone tener que tomar una cantidad de decisiones que a veces te desborda, desde la que puede parecer más pequeña e insignificante —ninguna lo es— a la más determinante. Por eso respeto tanto a todos mis compañeros comisarios, porque sé lo que cuesta. Los autores quizás puedan llegar a atisbar un cuarto del esfuerzo que hay tras una semana o un fin de semana negro, pero no es hasta que un día te preguntan (alguno) y les muestras la cocina desordenada y llena de trastos que se dan cuenta de la verdadera exigencia, y, entonces, alguno te dice: “Estás loco, yo no podría”. Pero alguien tiene que hacerlo. Y no lo haces por dinero, te lo aseguro. Tampoco por otros motivos, como a veces oyes por ahí. En el caso de Pamplona Negra, quienes llevamos el peso somos principalmente dos personas: Vera Wrana, que se encarga de la producción a pie de trinchera y de todo lo relacionado con ella y la logística (viajes, requisitos técnicos, etc.), además de otras cosas, y yo, que me ocupo de pensar y de diseñar la programación, de contactar con todos los invitados, de redactar todos los textos de la web, notas de prensa, generar contenidos… y de recibir y atender personalmente —en la medida de mis posibilidades físicas— a todos los invitados llegado el momento. También cuento con el apoyo de otra gente del Baluarte, que te quita de encima pequeñas cosas, pero quienes llevamos el peso somos ella y yo. Después está la parte del cine, que corresponde al Director de la Filmoteca de Navarra, Alberto Cañada. Tampoco es un trabajo sencillo porque tienes que localizar las películas, asegurarte de que hay una copia disponible, contactar con la Filmoteca Nacional, con Distribuidoras, pagar los cánones legales… Y, finalmente, cuento con la ayuda y el ánimo de otra gente, amigos de verdad, que me escuchan y aconsejan a medida que voy diseñando el programa. Gente como Marta, como Sergio, como Juan Mari, como Jesús… Y todo este esfuerzo para, llegado el momento, no poder disfrutar de ninguna de las charlas, conferencias o actividades porque siempre estás organizando tras las bambalinas, yendo a buscar a alguien, despidiendo a otro, asegurándote de que todo está preparado para la siguiente actividad…

Tuve el placer de participar en Pamplona Negra el año pasado como moderador y me consta la profesionalidad, el buen hacer y el carácter afable de Vera…

Es una crack!

Y ahora que mencionas los temas sobre los que tienes la última palabra, en especial el nombre de los participantes, no estás sin saber que hay muchos festivales sobre los que planea la nube del amiguismo y el camarillismo. ¿Cómo se mantiene la objetividad en el momento de hacer invitaciones y se resiste a esos vicios? Porque supongo que, al igual que el común de los mortales, habrá gente a la que aprecias, amigos que te gustaría que tuviesen más visibilidad o incluso favores en la partida de débito.

Voy a ser muy sincero: sí. Es un tema complicado. Todos tenemos a autores preferidos, por un lado; también a autores con los que tenemos una mayor afinidad personal, por otro; y es difícil sustraerse a eso. En mi caso, procuro variar el elenco de año en año —por eso es fantástico ir a otros festivales a escuchar las conferencias y charlas de los compañeros, para saber cómo comunican y se desenvuelven hablando en público—, pero siempre se queda fuera alguien a quien te gustaría traer porque no encaja ese año y te apetece repetir con alguno cuya calidad es muy alta y te ha funcionado bien en otras ediciones. El caso de Pamplona Negra, además, es un poco especial. Por un lado, el hecho de pagar a los autores nos limita. Por otro, no “tirar” de las editoriales, también —solo lo he hecho en un par de casos excepcionales, porque traerse a alguien del extranjero se nos va de presupuesto, por lo que buscas fórmulas intermedias—. Pero, en ambos temas, se trata de una decisión personal. Me encantaría traer a 50 escritores, pero no puedo. Tengo un presupuesto determinado, y en función de ese presupuesto, decido, entre 10 y 15 cada año. A veces alguno más. A veces alguno menos. Tampoco creo que el exceso sea bueno. Con el tiempo he ido aprendiendo algunas cosas como que una Mesa Redonda con más de 3 autores es un error, tanto para el público como para los propios autores, y yo prefiero la calidad a la cantidad. También el hecho de no apostar por la fórmula de las presentaciones exprés nos limita, así como tener un horario solo de tarde entre semana. Yo funciono del siguiente modo: pienso el tema general de cada año y las charlas, conferencias y mesas redondas relacionadas con él, y, una vez establecido eso, pienso qué autores encajarán mejor en ellas por su perfil y su trayectoria; es decir, por su conocimiento del tema y por sus libros. Así que, a la hora de decidir, influyen varios factores: calidad literaria, adecuación específica al tema, que sea buen comunicador —que no tiene que ver en ocasiones con lo bien que escriba— y cómo va a funcionar con sus compañeros. Pero regresando a tu pregunta, y con la máxima sinceridad: es imposible sustraerse a determinadas cosas, a veces conscientes, a veces inconscientes.

Ricardo Pinero, María José Moreno, Rafa Melero, Reyes Calderón y Carlos Basas. Foto: Iván Aguinaga

También está el tema de los escritores con arrastre comercial y capacidad de convocatoria, que son frecuentes en muchos festivales, sobre todo porque le dan “caché” al evento y aseguran un aforo que no resulte frustrante para los organizadores, pero la duda que me queda es si estos autores “pantalla” no terminan por restarle visibilidad a autores con menos proyección y que, sin embargo, son los que más  necesitan de estos encuentros para darse a conocer…

Es cierto. Pero creo que hay suficientes buenos autores entre los de arrastre comercial y mediático como para no sacrificar necesariamente la calidad. El tema de la visibilidad es importante, no lo voy a negar, en especial si de ello puede depender en parte tu presupuesto. También depende del público al que te dirijas: si es generalista —como en nuestro caso— va a querer ver y escuchar a determinados autores, y no está mal traerlos. En cuanto a lo de que se le resta visibilidad a otros que lo necesitan más, también es cierto, pero como organizador debes buscar un equilibrio en función de tu público. En cuanto a lo del aforo frustrante…, ¿en cuánto lo ciframos? Yo cada vez estoy más convencido de que juntar a 15 personas para escuchar hablar de literatura ya es un milagro. Solo tienes que echar un vistazo a las cifras de lectura de este país.

A pesar de que hay unanimidad sobre la excelencia de Pamplona Negra, por lo que deduzco de tus palabras, también puede decirse que tiene una vocación menos “académica” que otros eventos, por ejemplo, el que organizan Àlex Martín Escribà y Javier Sánchez Zapatero en Salamanca…

Sí. El trabajo que realizan Escribà y Sánchez es maravilloso y envidiable. Y el hecho de que lo hagan desde el marco de la universidad nos brinda grandes satisfacciones a los amantes del género a través de sus publicaciones e investigaciones. Es imprescindible. Pero el objetivo de Pamplona Negra es otro. Es acercar a la gente en general al género —a no lectores, a curiosos, a lectores ocasionales— sin olvidar a los más aficionados mediante conferencias y charlas monográficas sobre distintos aspectos de la literatura como la construcción de personajes u otros aspectos en función del año. Podríamos decir que en Pamplona Negra tenemos una franja horaria para los más exigentes —a la que también pueden acudir el resto, por supuesto—, y otra,  “El crimen a escena”, para todos aquellos que, aunque no sean lectores, sí sienten una atracción por el mundo de la investigación criminal y todas sus periferias. Pero siempre desde la máxima calidad y el máximo rigor, es decir, a través de los expertos más punteros en sus respectivos campos. También la apuesta cinematográfica es de primera —dentro de las limitaciones que uno se encuentra cuando quiere hacer las cosas bien—. Y también cuidamos mucho el apartado más, digamos, docente, mediante los Talleres, en los que el compromiso es traer a los mejores (siempre un ganador del Hammett: Biedma, Ravelo, Zanón, Luján…). Este año, por ejemplo, hemos tenido un Taller Juvenil de Comic para enseñar a la gente que un cómic, que una novela gráfica es mucho más que una viñeta ilustrada, que hay un guión detrás, y quién mejor que Altarriba para eso. Todos los festivales tenemos nuestra propia identidad, y, lejos de ser excluyentes, somos perfectamente complementarios y compartimos ideas, mesas, charlas los unos con los otros —qué ha resultado bien, qué no, qué ha ido peor de lo esperado, qué funcionaría en otro aunque no haya funcionado en el tuyo…—. Cada uno apuesta por un camino propio —solo autores nacionales; nacionales e internacionales; una mezcla de nacionales, internacionales y locales…— porque conoce a su público mejor que nadie. Yo soy fan del trabajo de mis compañeros, y me encanta que les vaya muy bien, porque eso es bueno para todos y para la literatura. Quizás existe la idea errónea de que somos como reinos de Taifas, aislados, celosos de lo nuestro, deseando que a otros les vaya mal, pero no es así. Prueba de ello es la decisión personal que he tomado de dedicar un espacio a dar visibilidad al resto de festivales del Estado en nuestra nueva página web. Es cierto que, como en el caso de los autores, sientes mayor afinidad con unos comisarios que con otros, pero jamás desearé que a nadie le vaya mal para que alguien diga: “Pamplona es mejor”. No. Pamplona Negra no es ni mejor ni peor que otros festivales. Es diferente. Punto.

Me gusta ese espíritu por el que apuestas, pero supongo que no tienes la ingenuidad de ignorar que las rivalidades, la envidia y el ninguneo también existen en el mundillo del “Noir”. Antes me decías que te despedías como comisario porque Pamplona Negra no era tuya, pero a mi me consta que hay festivales, eso sí,  en general de tercera fila, que son odas de sus comisarios a su propio ego y que lo que tú haces, es decir, darle publicidad a otros eventos, jamás te lo corresponderían… 

Son inevitables, y son fruto, como te decía, de las afinidades personales entre los comisarios y los autores, o entre los propios autores, o entre los propios comisarios. Yo procuro respetar a todo el mundo, con independencia de cómo me caiga la gente a nivel personal, y actúo por conciencia, sin esperar ninguna reciprocidad. Hace poco, un compañero director de otro festival, una joya de esas pequeñitas que hay por el Estado, me pedía un texto en el que hablara de mi experiencia como autor en su primera edición, y lo hice encantado, y le envié un texto sincero. ¿Si otros lo harían conmigo? Pues la verdad es que no lo sé. Me gusta pensar que sí. Pero tampoco me importa ni lo necesito. Tampoco oculto mis preferencias, ni en público ni en privado. Quien me conoce sabe qué autores me gustan más y me caen mejor y qué festivales son mis favoritos, pero procuro no despreciar a nadie, ayudar si me lo piden, sin restricciones, aconsejar a gente que quiere dar el paso de crear un nuevo evento, compartir mis secretos sin problema, porque, como te decía antes, no somos competencia los unos de los otros y todo redunda en beneficio de todos, en crear nuevos lectores. Yo tengo mi público, ellos tienen su público. Y si algo que “se te ha ocurrido a ti” crees que va a funcionar en otro festival, pues lo digo y lo comparto. Las envidias son absurdas, no benefician a nadie. Es cierto que hay camarillas, pero es normal que las haya. El límite, eso sí, debe ser siempre el respeto. No hace falta ser hipócrita tampoco, basta con respetar. En cuanto a los egos, todos tenemos uno me temo, el secreto reside en no tomarse demasiado en serio. Hacer un Travis Bickle: cuando se te sube el ego, te miras al espejo y le dices al tipo inflado y engreído que te mira: “¿Pero tú quién te has creído que eres, chaval?”.

Dejemos, si me permites, las relaciones personales, las afinidades y los juegos de intereses y centrémonos en las cuestiones estrictamente literarias e intelectuales. Todos conocemos tu producción como escritor, pero ¿en qué tradición del “Noir” te insertas y te referencias? ¿franceses, anglosajones, nórdicos, nuestros “maestros autóctonos”…?

Me reconozco, sin duda, en una tradición mediterránea. Vázquez Montalbán, González Ledesma, Martín, Markaris, Izzo, Camilleri… Creo que hay una forma de mirar, de sentir, de ser, de vivir, incluso de pensar —tanto desde un punto de vista social como político— y de contar mediterránea, no solo en el noir. Quizás sea un constructo personal y no se acoja a la realidad, no lo sé. Algo puramente sentimental. De los anglosajones me gusta la dureza, la aspereza, incluso cierto existencialismo presente en el hardboiled norteamericano, pero no la tradición más británica. De los nórdicos, nada. Bueno, alguna cosa. De lo que me doy cuenta a medida que escribo es de que cada vez me aparto más de lo que sería la novela más puramente de trama. La trama, para mí, es solo el alambre del que cuelga todo lo demás, que es lo que me parece verdaderamente importante.

Interesante, matízame un poco eso de la novela sin trama…

No me refiero a novela SIN trama, sino a que cada vez me alejo más —como escritor y como lector— de una novela basada única y exclusivamente en la trama. La trama debe de estar, sostiene la novela, es su esqueleto, pero lo más importante lo encuentro en todo aquello que no depende exclusivamente de ella.

La ambientación, el contexto, los sistemas representacionales y simbólicos, la psicología y complejidad de los personajes, por ejemplo…

Sí, pero, por encima de todo, es el territorio de la mirada. Es en esas “periferias” en las que descubres a los buenos escritores, creo. Su forma de mirar el mundo, la realidad, la vida, de entenderla, de sentirla y cómo la expresan después. Es el terreno donde se despliega lo importante desde un punto de vista creativo, literario, artístico.

Al hilo de lo que me comentas me toca plantearte una problemática que, conociéndote ese talante respetuoso con el trabajo ajeno, sé que te va a constar abordar, pero por esta vez si que me gustaría que te mojes respecto a eso que se dice de que en el “Noir” español abunda mediocridad y pereza en la búsqueda de la excelencia…

No es patrimonio exclusivo del género, sino de la literatura en general. O, más en concreto, del negocio/mercadeo del libro. Pero yendo a lo concreto, que es por lo que me preguntas: dentro del noir hay excelentes escritores. Escritores a secas; es decir, autores que trascienden el género. Creo que todos coincidimos en quiénes son. Después encontramos a un grupo de escritores —un buen y nutrido grupo, debo decir— francamente buenos que son capaces de ofrecer una calidad muy alta dentro de esos “límites” puramente genéricos (hardboiled, policial, crook, domestic, local crime, thriller…). Dentro de este grupo, yo suelo distinguir entre lo que llamo los “tramadores” —aquellos más centrados en novelas cuyo elemento principal sería la trama, el argumento, su solidez, su brillantez, que sorprenda, que tenga giros, un final redondo, impactante…, es decir, cuya preocupación principal es el “quién lo hizo”, el “cómo lo hizo”, etc., para que nos entendamos— y los “estilistas” —aquellos más interesados en la mirada, en el lenguaje y sus juegos, en elementos no tan centrados en el misterio sino más bien en lo poético, además de con una preocupación por lo social, lo político, lo filosófico incluso—. Yo, por afinidad, tanto en mi faceta como lector, como en la de escritor, suelo disfrutar más de los segundos —son los que, si te fijas, acaban trascendiendo fronteras y navegando tarde o temprano por otros derroteros—, lo cual no significa que no me gusten los primeros. Lo ideal, por supuesto, está en el equilibrio; en una buena trama bien escrita desde un punto de vista literario, no “solo” narrativo, que son dos cosas diferentes. Pero lograrlo es difícil. Y luego, como señalas en tu pregunta, hay gente mala. Gente que se cree que escribir es simplemente juntar palabras con mayor o menor acierto y sentido y listo. A estos últimos se les distingue pronto por dos cosas: la primera es su escritura plana, tópica y carente de personalidad porque carecen de mirada. La segunda es que no leen. Lo que sí diría —para que tengas un titular que satisfaga tu sed de sangre— es que en el noir español hay mejores narradores que escritores.

Jejeje… Se nota que me conoces, pero más que buscar sangre, polémicas en red que acaban en nada, me gusta la honestidad intelectual. No estás sin saber que la antipatía que le tengo a cierta gente es exactamente equivalente a la profunda admiración que le profeso como escritores y con los que siempre he reconocido mi enorme deuda literaria. Eso es ser intelectualmente honesto. Lo que me repatea es que algunos mediocres brillen por todas partes, simplemente porque tienen amigos, cuando lo que escriben es un auténtico bodrio y, como es obvio, nadie quiere decirlo en voz alta…

Como en todo gremio, este también tiene sus clientelismos. Un día se encumbra a unos —los motivos pueden ser varios, no exclusivamente literarios— para, casi de inmediato, criticarles por estar en lo alto del pedestal. Y sí, a veces se encumbra a  algún mediocre, pero no debemos olvidar que eso tiene poco que ver con la literatura y más con el libro y con el mercadeo y el “circuito”. Hay poca gente como tú que, por ejemplo, tenga la honestidad de separar al escritor del libro y reconocer que un autor puede tener muchísima calidad pero caerte mal. Lo más común suele ser lo contrario: que un escritor caiga bien en lo personal aunque no sea excepcional en lo literario pero nadie se atreva a decirlo. O muchos lo sepan pero tengan miedo de expresarlo en público —tampoco hay necesidad—. Y también está esa cosa llamada “criterio”, que, incluso desde la honestidad, puede estar más o menos formado literaria e intelectualmente. Pero ya sabes que la endogamia conduce al cainismo, incluso al canibalismo más cruel: a veces es Saturno quien devora, otra son los hijos quienes le acaban devorando a él. Quizás sería mejor usar la imagen de Acteón, destrozado por su propia jauría. Uno debe juzgar los libros por lo literario y a las personas por lo humano; todo lo demás son intereses espurios: clientelismo, conveniencia, connivencia en la mediocridad, hipocresía… Criterios que, muchas veces, suelen desaparecer en cuanto termina esa necesidad. Pero creo que “los black” somos bastante honestos en general —aunque es cierto, a veces cruelmente cierto, que cada año hay algunos autores ninguneados y olvidados—. O quizás solo sea así con aquellos con quienes me relaciono yo de un modo más personal, que no son todos, ni tantos.

Es obvio  que, si caes en gracia, resulta relativamente fácil hacerte con una red de “pelotas” que te doren la píldora, pero en cambio la búsqueda de la excelencia literaria se antoja más trabajosa. Veo que tú mismo eres un autor que, desde tus primeras novelas sobre el universo cultural nipón hasta tus dos últimas obras sobre Corominas, has ido afinando y mimando tu estilo de escritura y sería  interesante que nos comentasen cómo ha sido ese proceso.

Uno crece con cada texto que escribe, con cada libro que lee. Y yo he escrito unos cuantos textos y leído unas cuantas novelas desde El honor es una mortaja. Si echo la vista atrás, me doy cuenta de lo que he cambiado. Aquella era una novela casi cinematográfica —supongo que, en parte, fruto de mi formación como guionista, y porque ese registro te hace conectar con un público más amplio—; Mal trago, la última de Corominas, en cambio, es otra cosa. Diferente. Es en la primera en la que me he empezado a sentir escritor; en la que he casi encontrado un estilo más o menos propio, para bien o para mal. Por eso he decidido arriesgar en la nueva que sale en 2018, apartarme de la saga, probar algo diferente, o, como se dice ahora, salir de mi zona de confort. Al fin y al cabo, una saga es eso, una zona en la que te sientes cómodo, en la que repites una fórmula y transitas por un mundo ya conocido, por tu barrio . Muchas veces, cuando das un taller de escritura a gente que sabe aún menos que tú de esto de escribir, te planteas cosas, les dices a los alumnos que arriesguen, que se atrevan y, al llegar a casa, te das cuenta de que no predicas con el ejemplo, de modo que decides lanzarte. Cuando te decía antes lo de novelas “de trama” frente a novelas de “otro tipo” no me refería a que haya que abandonar la narración de trama —hasta en Joyce hay trama—, sino que, además de cuidar la construcción de la trama —no deja de ser eso, un constructo necesario, esencial para que la novela funcione, tenga sentido—, uno debe empezar a cuidar todo lo demás, a experimentar con el lenguaje, con las estructuras, con la forma. Atreverse.

¿Nos adelantas algo? Solo un poquitillo por fa… ¡2018 está a la vuelta de la esquina!

Es la primera novela que escribo usando la primera persona, lo que, como te decía, supone un gran cambio de registro para mí. También la forma en la que está escrita, el lenguaje, es algo diferente, aunque parte de él ya está en Mal trago. Cuenta la historia de un viejo, de un tipo en los setenta que vive en Ciutat Vella. Es un personaje marcado por su historia familiar y por algo que le pasó en su juventud. Pero, como te decía, más allá de la trama criminal que sustenta la novela, es más el retrato de un hombre enfadado, desencantado con los cambios que ha experimentado su entorno, su barrio, su ciudad, la sociedad, la política. Y está cabreado. Es curioso, es una novela cuya primera versión escribí hace algo más de un año y que, leída ahora, contiene algunos elementos de actualidad un poco chocantes. También es la primera novela que escribo sin, como suele decirse, un mapa, sin haberla planificado. Justo, su protagonista, es un nostálgico cabreado, y la novela es, en el fondo, un canto a una ciudad, mi ciudad natal, Barcelona. A una Barcelona que ya no existe, que ha desaparecido; a la Barcelona llena de pequeñas historias que me contaba mi padre y que hace tiempo ya que desapareció.

Uff, buena pinta, todo eso. Ya sabes que tengo una tremenda debilidad por las cuestiones de la memoria individual y colectiva y los pesares que sacuden el alma humana…

A ver qué tal…

¿Pamplona Negra le ha quitado algo a ese tiempo de escritura que, imagino, consideras sagrado? E incluso invertiría la pregunta: ¿ese tiempo irrenunciable dedicado a la pluma ha dejado algún agujero por cubrir en la organización del festival?

Cuando decides aceptar el lío de organizar un festival, asumes que te robará tiempo. Tiempo de escritura, sí, pero también tiempo para otras cosas. Para tu familia y amigos. Para ir al cine. Y para otra cosa muy importante: leer —aunque me obligo a leer, como mínimo, un par de libros de cada uno de los invitados que traigo—. El otro día, tomando una cerveza con dos escritores en un festival, les decía que yo, a la hora de decidir a qué autores traigo cada año tengo en cuenta dos cosas fundamentales: la primera, conocer su obra —es un estándar de calidad, diría—; la segunda, la necesidad, en la medida de mis posibilidades —y no siempre puedo—, de haberles conocido personalmente o de haberles escuchado en alguna conferencia, mesa o charla. Es posible que esa doble “imposición” me limite, pero creo que es importante conocer su calidad literaria, su profesionalidad y su calidad humana de primera mano. Quizás sea un criterio injusto por mi parte —porque hay gente muy buena a la que no conozco aún—, pero es importante recordar que no monto el festival para irme de cañas con colegas, sino para el público de Pamplona, con la intención de ofrecerles lo mejor. Es mi responsabilidad, y la ejerzo de este modo. Por eso me gusta acudir siempre que puedo —y me invitan— a otros festivales y saraos varios, para conocer a los compañeros que aún no conozco. Los comisarios no creamos ni dirigimos festivales —o no deberíamos— ni para alternar con otros escritores, ni para adquirir contactos en el mundo editorial, ni para ver si esos contactos nos pueden beneficiar a distintos niveles, ni para publicar novelas, ni para sentirnos importantes y que nos doren la píldora, sino para crear nuevos lectores. Y es una misión importante. Mucho. Diría que una de las más importantes, porque, sin lectores, los escritores no somos nada; y el mundo, la sociedad en la que vivimos, es peor. Esa es nuestra máxima responsabilidad.

Bien, Carlos, casi ha llegado la hora de “hacer un pensamiento”. Al principio te pregunté “Por qué te vas” y ahora me queda preguntarte qué te gustaría que se quede de ti en Pamplona Negra?

Lo que quiero es que quien llegue se encuentre la casa limpia y ordenada y la decore a su gusto. Lo único que me gustaría es haber dejado un recuerdo —pequeño, grande, mediano— bueno en lo personal, tanto en los autores que nos han visitado a lo largo de estos años, como en todos aquellos que han trabajado y colaborado conmigo en estas cuatro ediciones. Y quiero aprovechar para dar las gracias a algunas personas que me han acompañado en este viaje: a Vera Wrana, mi mitad —mi mejor mitad—, sin la cual nada hubiera sido posible. A Javier Lacunza, que fue el primero en confiar en mí, en decir que sí, en apostar por Pamplona Negra. A Susana, Eduardo, Ohiane, Alicia y Esperanza, y a todos los empleados y técnicos de Baluarte… También a Víctor, del Hotel Tres Reyes, por decir, como Javier, siempre que sí. Y a Enrique, por cocinarnos tan bien. Y a todos mis compañeros escritores de Pamplona, cuyo apoyo, ánimos y colaboración han sido máximos siempre. También, por supuesto, acaso por encima de a todos, al público de Pamplona, que ha respondido de un modo increíble. Y, para terminar, a dos personas que siempre me han apoyado, escuchado, aconsejado y salvado en más de una ocasión —y de diez—; ellos eran siempre los primeros a quienes consultaba el programa para que me dieran su opinión sincera, a veces buena, a veces mala —que es para lo que uno pide una opinión— y me enderezaban cuando me torcía: Marta Marne y Sergio Vera. Algunas de las mejores ideas y recomendaciones han sido suyas, así que, para mí, son parte importante también de Pamplona Negra. Y de mí.

Aquí nos quedamos, Carlos, celebro cerrar mi etapa en Calibre .38 con una entrevista a una de las personas más importantes del mundillo del “Noir”. A mi vez, me queda expresar mi agradecimiento a todos aquellos autores que amablemente aceptaron participar en esta sección, así como a Ricardo Bosque, por la confianza que depositó en mi en este año de colaboración, esperando que alguien tome mi relevo. 

Gracias por tus palabras. Aunque diría que yo más bien soy poco, o poquísimo importante en este mundillo, la verdad. Procuro caminar por él con honestidad y honradez y poco más. Ya sabes que no pertenecer activamente a camarillas pues te deja a veces en tierra de nadie. Bienvenido sea.

La tierra de nadie también es la de la libertad intelectual y ese es un bien irrenunciable. Hasta la próxima, amigo…

Abrazo grande y gracias por la entrevista, Laurentino.

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