Reseña: “Lena”, de Daniel Vázquez Sallés

Manu López Marañón

Son bastantes ya las voces, a las que me suelo sumar ante tanta lectura policíaca desangelada, que avisan de cómo el género muestra signos de estar extenuado, de que por este monótono camino sólo se captará a un lector ocasional y cada vez menos fiel. Este primer trimestre de 2018 ha dejado sobre mi escritorio tres títulos para acallar con contundencia tan agoreros pronósticos. Lena, tercera novela de Daniel Vázquez Sallés (Barcelona, 1966), nos llega precedida por Vienen mal dadas (Laura Gomara, Roca editorial), y Tiempo de ratas (Marc Moreno, Editorial Milenio), obras importantes que de la mano de sus autores aseguran, por lo menos en Cataluña, la vigencia del noir.

En 1994 Manuel Vázquez Montalbán publica su novela más arriesgada. El estrangulador (Mondadori) causó estupor entre lectores y crítica y, a día de hoy, sigue siendo la obra peor comprendida de su autor. Albert De Salvo, el estrangulador de Boston, contaba en primera persona las hazañas que lo habían llevado a estar recluido en un manicomio penitenciario, donde era «atendido» por un psiquiatra argentino. La historia, repleta de pistas falsas, pronto hacía dudar de que este loco fuese un estrangulador, de que hubiera asesinado a tantas personas como proclamase y de que la ciudad de sus desventuras fuera Boston y no aquella Barcelona post olímpica.

Paradigma en realidad del hombre finisecular –insolidario, víctima y verdugo de su propia locura (más o menos igual que ahora)–, El estrangulador reflejaba con complicación la discontinuidad de un protagonista cuyos alternos picos de mongolismo rudo y desbordante genialidad desconcertaban no poco. Se habló de «acierto pleno», de cómo «era la mejor novela de Vázquez Montalbán» (donde esté El pianista…), pero, hoy, su lectura resulta quizá más confusa, alcanzando además cotas de pedantería difícilmente igualables. Una ironía demasiado trabajada –complicada de captar para el lego– ha colaborado a que «este texto complejo, alusivo y seudoensayístico en el que la poesía marca aspectos sustanciales», según el crítico Miguel García Posada, quede dentro del minúsculo territorio de las raras avis culturales en nuestro país. Para consumo inmediato de élites adictas a este tipo de marcianadas (frente al devorador, por ejemplo, del estandarizado negro-policial mediterráneo que en 1994 empezaba a tener sus primeros autores), hay que confesar que casi nadie se atreve hoy a releer El estrangulador.

La novela de Vázquez Sallés cuenta, también en primera persona, las hazañas de otro asesino, éste a sueldo. Martín Vidal «el bueno» –alias Tomás Knopfler– durante los 25 años de su carrera suma docenas de asesinatos. Enamorado desde su más tierna adolescencia de Elena Cohen –Lena– y tras fracasar, para conquistarla, como escritor de novelas, Martín, hijo del chófer del todopoderoso Sebastián Virao Miralles, y generación X en estado puro, conoce a un personaje fundamental en su vida: el homosexual italiano Fazio de la Cruz Balzaretti –«El Posibilista»– que siempre se creyó un nuevo Adriano buscando ejercer su docencia sobre algún Antinoo, ahora por fin hallado. Fazio es el personaje más magnético del libro y uno de los más completos que ha dado la narrativa contemporánea en este país. De su mano, y tras desintoxicarse de la cocaína, Martín empezará a ejercer como asesino por encargo. Casado con Irene y padre de dos hijos que le dan eficaz fachada, Martín sigue deseando a Lena. Décadas después de verla por última vez, y gracias al Posibilista, quien le ha facilitado su dirección como mejor premio por su crimen inaugural, ejecutado a la perfección, Martín se reencuentra con Lena. Convertida en escritora famosa, los éxitos profesionales de él en «La Corporación» (intangible organización en cuyo seno pronto asciende de novato a «artista del crimen») van en paralelo con el declive creativo de ella, un declive progresivo e imparable.

«La familia es la antítesis de la creatividad. Por mucho que el escritor busque refugio en mundos de ficción o en el halago de los lectores, la familia siempre te obliga a volver a la realidad.»

Cuando Martín confiesa a Lena que es un asesino a sueldo con más de 30 encargos hechos, y cómo cada crimen es un acto de amor a ella, la chica tiene serias dudas de que todo lo que cuenta sea cierto…

«La dignidad entendida como un derecho es una causa destinada a los perdedores. Lo trascendental es dignificar tu paso por este jardín y yo me alegro de haber sido un magnífico abonador de cadáveres en este vergel de mierda.»

Pero, a diferencia de lo que sucedía en El estrangulador, a ningún lector se le suscitan interrogantes de que todo devenga en el plano real, de que aquí haya farsa. La primera persona, con el riesgo que conlleva de caer en desvaríos subjetivistas, está aquí bien domada. Lo que se cuenta en Lena, con dosis de rabia y dolor –aunque abundando más en la angustia existencial–, está milimétricamente ceñido a la autobiografía de este criminal, desarrollada ante nuestros ojos con idéntica eficacia a la que Knopfler emplea en sus asesinatos.

«Un intelectual es una persona que ha encontrado algo más interesante que el sexo.» (Aldous Huxley)

Las cargas de profundidad que tanto gustaba lanzar a Manuel Vázquez Montalbán durante el desarrollo de sus textos prenden en Lena; el sarcasmo de Daniel sazona su novela con inolvidables momentos de mala uva como ese listado jerarquizado de excusas que suelen poner los hombres para terminar una relación amorosa, como la boda de Martín con Irene en la iglesia Santa María Reina de Montserrat (desternillante parodia del modo de vida pequeñoburgués) o en las sangrantes y aceradas pullas al mundillo literario (sus premios, agentes, y manías de los escritores: el gremio más cínico del mundo).

«Matar al padre; follar a la madre.» (Jim Morrison)

Ahora que todo el mundo sabe que el detective Carvalho «resucitará» de la mano de Carlos Zanón, el tributo que Daniel Vázquez Sallés hace a la figura de su progenitor –el tan querido e inolvidable para todos nosotros Manuel Vázquez Montalbán– nos parece, de entrada, más arriesgado. No era sencillo salir entero de un reto como homenajear con tal visceral intensidad una novela fuera de molde. Y más siendo tu propio padre el autor de El estrangulador. Vázquez Sallés lo consigue, superando –y con creces– al modelo. Conociéndolo, lo primero que Manolo haría si volviera a este puto mundo sería leerse la novela de su hijo. Orgulloso del chaval, iría a Casa Leopoldo a celebrarlo. ¡Ah, no!, que cerraron Casa Leopoldo… ¡Pues entonces al Amaya!

«Lamentablemente, el talento es una de las pocas cualidades que no se heredan.» (Vittorio Gassman)

Lena
Daniel Vázquez Sallés
Alrevés
 

3 comentarios en “Reseña: “Lena”, de Daniel Vázquez Sallés

  1. No te preocupes que podrás ir a celebrarlo a Casa Leopoldo ya que si bien es cierto que cerró en 2015 fue reabierto en 2017, por otro grupo restaurador, y mantiene la esencia del local original en decoración y oferta gastronómica a la que ha añadido otros platos más novedosos. Las botellas de agua llevaban, no se si se mantiene, la inscripción ‘Vengo de parte de Vázquez Montalbán’.
    ‘Lena’ es una de las, tanta, lecturas pendientes y con tu reseña creo que tendré que priorizarla.
    Saludos!

    • Muchas gracias, jordivalero, por tu valiosa información. Qué bien poder conocer por fin Casa Leopoldo. Un ruego: sáltate lo que tienes pendiente y empieza por Lena. La vida es corta y encima está llena de libros coñazo. Un abrazo.

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