El rincón oscuro. Ríos de celuloide noir

Jesús Lens

Me van a permitir que en esta entrega de El Rincón Oscuro haga un poco -en realidad un mucho- de autobombo y que me centre en la dimensión más negra y siniestra de los ríos, habitualmente considerados como símbolo de vida, luz, fuerza y energía.

Desde hace unos meses pueden ustedes encontrar en las librerías mi libro más reciente, Ríos de celuloide, publicado por la editorial Almed, en el que combino películas con los ríos como protagonistas con algunos de mis viajes a través de cursos fluviales de todo el mundo.

El libro está organizado, precisamente, como si siguiera el curso de un río, desde las fuentes y nacimientos hasta los deltas y desembocaduras, que es donde la cosa se pone más noir. Aunque no crean que los manantiales, bellos por naturaleza, no tienen su aquél, como nos demostró Claude Berri en un maravilloso fresco cinematográfico dividido en dos partes: El manantial de las colinas y La venganza de Manon. Son dos excelentes películas europeas que, protagonizadas por Yves Montand, Gérard Depardieu, Daniel Auteuil y Emmanuelle Béart, constituyen uno de los grandes hitos del cine europeo de todos los tiempos, con una trama basada en los odios y la codicia que despierta la posesión de un manantial de agua del que dependen los riegos de las huertas de toda una comunidad.

Seguimos acompañando a las aguas de este río de ficción en su cadencioso fluir, corriendo libre por las montañas y permitiendo el disfrute de experiencias tan impactantes como el rafting, fuente de adrenalina para sus osados practicantes. Por ejemplo, Meryl Streep, en Río salvaje, dirigida por Curtis Hanson, uno de los maestros del cine más perturbador.

La famosa actriz interpreta a una guía de rafting que disfruta con su marido y su hijo de una travesía por las montañas. Y todo va razonablemente bien… hasta que se cruzan en su camino dos atracadores de bancos a quienes la idea de huir a través del río les parece muy interesante, dado que las carreteras están cortadas por la policía. Entonces, la excursión deja de ser tan divertida, tensándose sobremanera. Y es que la Streep utilizará el río y sus violentos rápidos y sacudidas como el mejor aliado en su lucha contra los secuestradores.

Y luego están esos territorios míticos, cerrados y endogámicos en los que la presencia de los forasteros no es particularmente bienvenida. Zonas en las que los ríos generan ecosistemas humanos singulares que se rigen por sus propias reglas. Espacios aislados en los que los códigos de comportamiento no casan con la evolución de la civilización. Lugares salvajes en los que la violencia, el culto a las armas y la satisfacción de los instintos primarios están al orden día.

Viggo Mortensen

En películas como la argentina Todos tenemos un plan, dirigida por Ana Piterbarg e interpretada por Viggo Mortensen y Soledad Villamil; Deliverance, de John Boorman o La presa, de Walter Hill; sacan a los ciudadanos normales y corrientes de su entorno más familiar, los meten en ríos y zonas lacustres… y les someten a una serie de pruebas, retos y desafíos en los que hay mucho que perder. La vida, por ejemplo.

Películas de muchas lecturas e interpretaciones, no canónicamente negras todas ellas, pero que ponen el acento en la maldad intrínseca del ser humano y en su capacidad para hacer daño cuando la naturaleza impone su ley, por encima de las leyes de los hombres.

El agua, como vimos en el caso de los manantiales, es un bien escaso y, como tal, despierta la codicia de la gente. En Chinatown, la obra maestra de Roman Polanski, el detective interpretado por Jack Nicholson investiga a un marido infiel… para toparse con una trama de robo y desvío de agua en el condado de Los Ángeles, en plena sequía.

Toca hablar del simbolismo de los ríos en relación con la muerte, cuando se acercan al final, a su desembocadura. En un doble sentido: por una parte, es habitual encontrar películas sobre la mafia y el crimen organizado en que algún personaje acaba en el fondo de las aguas, bien calzado… con pies de cemento.

Pero también hay otras historias que, para escenificar la muerte, transcurren en esos deltas lodosos y abigarrados, de aguas estancas e islas salvajes. Lo vimos en True Detective, por ejemplo. Y en esa obra maestra del cine español, La isla mínima, una película que nació de la contemplación de unas fotografías: el cineasta Alberto Rodríguez vio la fuerza de las imágenes que Atín Aya había tomado en las marismas del Guadalquivir y, de inmediato, pensó que allí había una película, una historia que contar.

En muchas ocasiones, los paisajes no son más que meros decorados, más o menos bonitos, en los que transcurre la acción. La clave de las buenas películas es convertir a los paisajes en parte esencial de la historia. Y los ríos, como hemos visto, tienen mucho que aportarle al cine noir.

@jesus_lens

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