Televisión: “American Crime”

Teresa Suárez

Esta serie (creada por John Ridley, ganador de un Oscar por el guión de 12 años de esclavitud) es de las que dejan huella. Y no me refiero a la sangre, fluidos, uñas, pelos, dientes o restos de carne, que “adornan” la escena de un crimen y cuya limpieza, una vez finalizado el trabajo de la policía científica (los famosos CSI americanos), si por ahorrarse unos eurillos se encarga a una empresa normal en vez de a una especializada, puede suponer que las larvas, la descomposición del cadáver y el mal olor que todo ello genera, dejen el lugar inhabitable por un largo periodo de tiempo.

En Modesto, California, Matt Skokie y su esposa, jóvenes, blancos y buenos chicos, son asaltados en su hogar. Matt muere asesinado y Gwen, tras ser violada, recibe una brutal paliza que la deja en coma.

Tras las primeras pesquisas, cuatro sospechosos son detenidos. Una pareja interracial, Carter Nix y Aubry Taylor, ambos drogadictos, que malviven gracias a pequeños hurtos. Un mexicano ilegal, Hector Tontz, que delinque a mayor escala pero se resiste a dar el gran salto. Y por último Tony Gutiérrez, hijo adolescente de una familia hispana, quien, cabreado con su padre por el estricto control al que los somete a él y a su hermana para evitar que se metan en líos, termina relacionándose con indeseables que le llevarán a dar con sus huesos en un correccional

Cuando la policía contacta con ellos, las familias de ambas víctimas afrontan el suceso de dos maneras diferentes. Los padres de ella, extremadamente religiosos, se refugian en la fe y dan gracias a Dios porque su hija, aunque se debate entre la vida y la muerte y permanece postrada en la cama de un hospital, aún sigue viva. A los padres de él, divorciados desde hace años y con una mala relación, la violenta muerte del hijo los noquea y enfrenta aún más: él, cuya adicción al juego condenó a su familia a depender de la beneficencia, no puede superar la culpa; ella, resentida con el mundo, arremete contra la policía a la que acusa de no hacer nada para resolver el crimen alegando motivos raciales.

El inicio y final del primer capítulo son contundentes y no dejan lugar a dudas. Los roles están perfectamente delimitados: hay víctimas y delincuentes. En el segundo capítulo la cosa cambia.

En un impresionante giro de 180 grados, John Ridley consigue que las líneas que separan a buenos y malos, tan nítidas en el primer capítulo, empiecen a verse algo borrosas. ¿Cómo lo logra? Haciendo que nos pongamos en la piel de unos y otros.

Así comprobamos que las víctimas, a medida que avanza la investigación, y por mucho que a sus padres les cueste admitirlo, no eran tan modélicas como todos pensaban.

La chica blanca y su novio negro, realmente se quieren y cuidan.

El adolescente, como niño que es aún, llora encogido y asustado en su encierro.

Y el hispano ilegal, al que la policía disparó e hirió cuando intentaba huir, teme la extradición a Sinaloa más que a la propia muerte.

Entre los padres, mientras unos se preguntan que han hecho mal o dudan de sus hijos, otros aprietan los dientes y se niegan a aceptar una realidad fea que no encaja ni con sus creencias ni con sus valores.

Racismo, relaciones familiares y amorosas tóxicas, violencia y muerte.

Magnifico drama, muy duro, e interpretaciones de premio.

No pueden (¡no deben!) perdérsela.

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