Encuentros sobre Género Negro Bruma Negra 2019: crónica desde la envidia y la ausencia

Teresa Suárez

“El formar parte de un Jurado obliga a un hombre [mujer] a tomar una decisión y pronunciarse sobre algo. A los hombres [mujeres] esto no les gusta. A veces es desagradable”. Matar un ruiseñor (1960), Harper Lee.

Corría el mes de abril cuando The Boss de Calibre .38 me contó en un correo que estaban a punto de publicar las bases del Concurso de Relatos Bruma Negra y me propuso formar parte del jurado. Puesto que ya estaban confirmados los otros cuatro (Juan Mari Barasorda, Noemí Pastor, Laura Balagué y él mismo) la pregunta literal fue “¿te apetece ser el quinto Beatle?”.

Si hubiera sido fan del célebre cuarteto, tal vez la pregunta me hubiera mosqueado (por supuesto habría querido ser John Lennon que era el más molón), pero como nunca lo he sido y, además, he leído por ahí que aunque los integrantes del grupo no se ponen de acuerdo sobre la identidad de ese “quinto Beatle” (productor o road manager) sí existe unanimidad en que el termino se refería a alguien que, sin estar en primer plano, era parte fundamental del éxito de la banda, pues me quedé más conforme (aviso, si hubiéramos hablado de Queen, solo habría participado si me hubiera correspondido el papel de Freddie).

Y así, muy nerviosa, como sucede siempre la primera vez, me estrené como miembra del cuerpo colegiado que debía seleccionar de entre los más de 250 relatos presentados, procedentes de diferentes países, (máximo 3000 palabras, mínimo 1000), cinco finalistas y, entre ellos, un ganador.

Debido a mi falta de experiencia en estas lides, pensé que la gran variedad de relatos presentados (diferentes temas, estructura, número de personajes, tipos de narrador, ambientación, año en el que suceden los hechos, etc.) y las marcadas personalidades de los integrantes del jurado (soy la única que no conoce al resto, pero su forma de escribir deja entrever gustos muy definidos y caracteres fuertes) harían complicado, casi tormentoso, el alcanzar un acuerdo. No fue así.

A mediados de junio, este jurado popular (impopular, me temo, para los no elegidos) ya tenía un veredicto claro y unánime que se dio a conocer ayer sábado 29 de junio de 2019.

Mis “pobres” compañeros, que al igual que los fantasmas prefieren las temperaturas bajas y los entornos fríos para sus apariciones, este junio, desbordados por esa ola de calor que azota todo el territorio (y que en mi zona ha alcanzado la categoría de tsunami térmico), ante la falta de un ambiente gélido propicio para manifestarse, han tenido que conformarse “solo” con las interesantes mesas redondas, la presencia de autores consagrados y la afluencia de público motivado, todo ello regado con cerveza fría o buenos caldos, al gusto, excelentes viandas (con especial dedicación a los famosos pintxos) y mejor compañía. Lo sé, la envidia habla por mi boca.

¿Qué por qué no he ido? Horario de salida del trabajo, cinco horas y media de viaje, un calor del copón y, sobre todo, la imposibilidad de coger ni un día de vacaciones hasta finales de julio.

Pero, ¡a Dios pongo por testigo!, la próxima vez que me pidan ser jurado de otro certamen, si es que me lo piden, o es un pack completo (trabajo de campo en solitario, sí, pero también disfrutar con las entrevistas a los escritores, de las charlas y del lugar donde se celebra el evento) o me negaré en redondo.

Entiéndanme, como persona extremadamente tímida (aunque no lo parezca), me horroriza hablar en público y tampoco me considero buena conversadora. Eso sí, soy una oyente entregada cuando el orador lo merece.

¡Pero me hubiera gustado mucho ver la cara del ganador cuando Ricardo Bosque pronunció su nombre en voz alta!

En fin…

Aplacada un poco la envidia, para terminar esta crónica del ausente voy a dedicar dos poemas de Mario Benedetti.

Piedritas en la ventana a Urbano Colmenero, el ganador (lean aquí su propia narración de la entrega del premio), y los cuatro finalistas:

«De vez en cuando la alegría

tira piedritas contra mi ventana

quiere avisarme que está ahí esperando

pero me siento calmo

casi diría ecuánime

voy a guardar la angustia en un escondite

y luego a tenderme cara al techo

que es una posición gallarda y cómoda

para filtrar noticias y creerlas

 

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas

ni cuándo mi historia va a ser computada

quién sabe qué consejos voy a inventar aún

y qué atajo hallaré para no seguirlos

 

está bien no jugaré al desahucio

no tatuaré el recuerdo con olvidos

mucho queda por decir y callar

y también quedan uvas para llenar la boca

 

está bien me doy por persuadido

que la alegría no tire más piedritas

abriré la ventana

abriré la ventana».

 

No te rindas para el resto de los participantes:

«No te rindas, aún estás a tiempo de abrazar la vida y comenzar de nuevo, aceptar tu sombra, liberar el peso y retomar el vuelo.

No te rindas, que la vida es eso, continuar el viaje, perseguir los sueños, abrir las esclusas, destrabar el tiempo, correr los escombros y destapar el cielo.

No te rindas, por favor, no cedas.

Aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se acalle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tu seno.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque lo has querido y porque yo te aprecio, porque existe el vino y el amor es cierto, porque no hay herida que no cure el tiempo.

Abrir las puertas, quitar los cerrojos, bajar el puente y cruzar el foso, abandonar las murallas que te protegieron, volver a la vida y aceptar el reto.

Recuperar la risa, ensayar un canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo, celebrar la vida, remontar los cielos».

Y para todos nosotros, y para todas nosotras, una frase de Jorge Luis Borges: “uno no es lo que es por lo que escribe, sino por lo que ha leído”.

Nunca dejéis de leer.

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