Cine: “Parásitos”, por Teresa Suárez

Teresa Suárez

En todas las grandes ciudades existen barrios que nunca aparecen en las guías turísticas salvo para advertir de su peligrosidad. Son lugares donde pobreza, insalubridad y precariedad laboral marchan de la mano, sin perder el paso, garantizando a sus habitantes una esperanza de vida más corta, algo en ocasiones casi de agradecer cuando cuesta tanto sentir que esa vida que te ha tocado, dada su mala calidad, merece la pena ser vivida.

Kim ki-taek y su familia malviven en el semisótano de un edificio ubicado en uno de esos barrios marginales donde solo habitan personas para quienes la exclusión social hace tiempo que dejó de ser un riesgo para convertirse en un valor seguro.

Cuando su hijo consigue un trabajo como profesor de inglés de la hija de los adinerados Park, la suerte del clan dará un giro de ciento ochenta grados. Gracias a sus capacidades interpretativas, mentiras, habilidades falsificadoras y dotes para la estafa, toda la familia consigue colocarse en la casa de los, en apariencia, ingenuos Park (solo los ricos pueden permitirse el lujo de ser confiados). Las triquiñuelas que emplean para lograrlo proporcionan momentos muy divertidos. La primera parte de la película es PICARESCA en estado puro.

Ateniéndonos a la definición que da la RAE (“organismo, animal o vegetal, que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo”), si los espectadores nos dejáramos llevar por la primera impresión y en ese punto exacto nos preguntaran quienes son los parásitos de esta historia, es probable que contestáramos que Kim ki-taek  y su familia. Pero si el interrogado fuera Karl Marx (“en el seno de la sociedad capitalista existe una lucha entre la burguesía, propietaria de los medios de producción y el proletariado que, al no poseer nada más, se ve obligado a vender su capacidad de trabajo a cambio de un salario que apenas garantiza su supervivencia”) tendría claro que los parásitos son los Park.

Kim ki-taek  y los suyos engañan, manipulan, falsean documentos e identidades, sí, pero los Park, los educados Park, desprecian su condición de asalariados, critican su higiene, se burlan de sus modales, los humillan cuando lo creen conveniente o necesario para su bienestar, sin preocuparse jamás del de ellos, y cuando se enfadan aparcan la falsa familiaridad para recordarles que nunca jamás deben traspasar la línea que los separa.

Para Bong Joon-ho, el director, el concepto de parásito es bidireccional.

Cuando la relación interesada de todos con todos comienza a dar beneficios (dinero para unos, confort y tranquilidad casera para otros), se produce un hecho que provoca un cambio de tercio en la película: los pobres descubren que en el subsuelo de la casa de los ricos subsiste, desde hace años, un organismo de su misma especie que amenaza la asociación simbiótica establecida entre ambas familias.

Sin que los de arriba sospechen nada, los de abajo (¡solo puede quedar uno!) inician un enfrentamiento que tendrá unas consecuencias totalmente imprevistas. Empieza la VIOLENCIA.

La tormenta nocturna, que descarga durante la noche una gran tromba de agua, supone otra vuelta de tuerca del guión: las diferencias de clase, que durante todo el metraje se muestran de manera más o menos sutil, con las lluvias torrenciales le explotan al espectador en la cara. DESOLACIÓN.

Mientras unos lo pierden absolutamente todo, los otros, los privilegiados, los elegidos, alaban el brillo del nuevo día y, protegidos por su burbuja, improvisan nuevas diversiones sin saber, sin querer saber, nada sobre los que sufren. CRUELDAD.

Y, para terminar, la DESESPERACIÓN de unos (precedida, siempre precedida, por ese olor característico, el olor de la miseria) será la TRAGEDIA de los otros… y mucha SANGRE.

Tres muertes, una desaparición y un plan que nunca se llevará a cabo porque, como Kim ki-taek  intentó inculcarle a su hijo, los únicos planes que salen bien son aquellos que nunca llegan a hacerse.

Esta es la segunda película que he visto de Bong Joon-ho (la primera fue Snowpierces, la historia de un tren que recorre el mundo impulsado por un motor de movimiento eterno y en el que viajan las personas que lograron sobrevivir a un jodido experimento que provocó una catástrofe climática que casi acabó con la vida sobre la Tierra) y es tal el impacto que me ha causado que voy a decirles tres cosas.

1. Es una de las películas más sorprendentes e inquietantes que he visto en 2019.

2. Estoy segura de que, entre las 10 finalistas, será elegida para competir por el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa (espero que Dolor y gloria de Almodóvar también lo sea pero no creo que pueda vencer a Parásitos).

3. Memories of Murder (Crónica de un asesino en serie) será mi tercera de Bong Joon-ho. Ya les contaré…

¡Ah! y en esta ocasión no deciden ustedes: tienen que ver Parásitos, sí o sí.

Repito, sí o sí.

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