Televisión: “Bajocero”

Teresa Suárez

Primer día en la nueva comisaría de Martín Salas (Javier Gutiérrez) y parece que le ha tocado la primitiva. Para su primera misión, un traslado rutinario de presos de una cárcel a otra, le asignan como compañero a Montesinos (Isak Férriz), uno de esos policías broncos que parecen llevar tatuado en la frente la palabra PROBLEMAS.

A su llegada al centro penitenciario, durante el cacheo reglamentario de los reos, Montesinos ya asoma la patita y, ante su actitud desafiante, Martín, un hombre tranquilo, se ve obligado a darle un toque de atención cosa que a Montesinos, poco amigo de seguir el reglamento a rajatabla, cabrea un huevo.

Uno a uno los presos van subiendo al vehículo de traslado: el cubano Rei (Édgar Vittorino); el drogadicto y atracador Golum (Andrés Gertrúdix); Nano (Patrick Criado), el más joven; el rumano Miahi (Florin Opritescu), el más peligroso; Pardo, contable, experto en apropiación indebidas y malversaciones varias y Ramis (Luis Callejo), el más dicharachero e inteligente.

El convoy, compuesto por el furgón policial y una unidad de apoyo con dos efectivos, circula por una carretera secundaria. Es noche cerrada, hace frío y la niebla, cada vez más densa, impide al agente Salas, que conduce el vehículo blindado, ver el coche que los precede. La imposibilidad de contactar con ellos a través de la emisora alerta a Martín pero, cuando quiere reaccionar, chocan contra algo y el furgón se detiene.

Pronto se percatan de que se trata de una emboscada pero ignoran quién está detrás.

A partir de ahí no hay respiro.

La acción se dispara, las muertes se suceden, el miedo entre los encerrados se desata. La claustrofobia campa a sus anchas por todo el metraje y se alcanza tal nivel de tensión que casi pides a gritos un corte publicitario para recuperar el aliento. Pero el director, que mantiene al espectador en vilo, no te suelta durante los 106 minutos que dura la película (quizás por eso algunos, incapaces de aguantar tanta presión, la consideran demasiado larga).

Con gran habilidad, Lluís Quílez nos convence de una cosa y en la escena siguiente de la contraria. Empecinado en demostrar que la línea que separa el bien del mal nunca es del todo recta, sitúa tanto a los buenos como a los malos en una misma cuerda floja donde el inestable equilibrio hace que, según avanza la historia, delincuentes y policías se inclinen hacia uno u otro lado.

Bajocero recalca que todos somos iguales ante la ley pero no todos los delitos son comparables. Bajocero cuestiona el sistema legal y plantea si es lícito o no recurrir a la venganza cuando las victimas no obtienen la justicia y la reparación que merecen. Bajocero es una excelente película que, por su contenido, traspasa la etiqueta de thriller de acción para, gracias a su importante trasfondo moral, entrar de lleno en el drama y la crítica social. Bajocero es sobre todo, uno de esos filmes que me hacen añorar ese lugar donde tantos buenos momentos he pasado: esta película se merece una enorme, envolvente y cómoda sala donde, los que amamos el cine, podamos disfrutar de lleno de nuestra pasión.

¡Donde esté el cine que se quiten todas las plataformas!

Lo dicho, Bajocero es una excelente película que lo sería más, si cabe, en la oscuridad de una sala de cine.

Pero, entretanto, no se la pierdan.

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