Novela: «El color de las pulgas», de Mario Marín

pulgasTeresa Suárez

Sinopsis:08

«La historia de unos amigos de un barrio de Huelva que viven ciegos de porros y cerveza, que se ríen de sí mismos, cuando, accidentalmente, tienen que deshacerse de un cadáver. Pero también es una historia de amor trágico y doloroso. El mismo amor que ha creado las más importantes obras de la literatura universal o las más pequeñas. Una novela diferente, que habla de lo nuestro, de lo que está pasando ahora mismo».

«Artista por actitud. Devoto de la Virgen de la Ataraxia. Invencionista por credo. Activista performer». Cuando alguien se define de esa estrambótica manera, por bisoño que sea en esto de la escritura, su novela puede ser cualquier cosa excepto convencional. La forma, el contenido, o ambos, deben reflejar su disparatada personalidad. Al menos es lo que esperas.

¿Y qué es lo que encuentras?

Primero el descubrimiento de una ciudad que, frente a las hermosas Córdoba y Granada, la luminosa y blanca Cádiz, la pía y ferial Sevilla, la vacacional Málaga o la cinematográfica Almería, es, junto a Jaén, la gran desconocida entre las capitales andaluzas («La mañana estaba como clueca. El azul alto de Huelva en el cielo, también el olor a caño traído de la marisma, con un viento muy bajo. Entraba flojo por los portales y salía como espantado»).

Luego el Invencionismo como filosofía de vida: «La felicidad es para los invencionistas. Nosotros pensamos que lo que se piensa no existe. No existe el escándalo, ni lo prohibido, ni lo amoral, ni lo peligroso, ni lo uniforme, ni el mejor culo, ni lo adecuado. Ni lo correcto».

Ya ubicados, un grupo de pares, verdadera purria invencionista. Domingo, pegamento del grupo. Javi, un profesional en lo suyo («abre la puerta del local como si fuera su casa, abre el llavín de la vitrina, pilla dos o tres perlitas y lo deja todo como estaba»). Andrés, no trabaja, vive con sus padres y «compra en el barrio, bebe, come, tima, fuma y folla en el barrio». Julito, «un tío muy elegante (…) siempre afeitado, con su loción, con la esclava de plata, con el reloj digital, con una claridad muy grande en su cara cuando te da la mano». A Rabadán, El Gordo, «cuando apretó con las putas, su mujer le cogió mucho asco y se largó». Juanma, «un poco mierda porque bebe claras de cerveza». Mamadou, El Negro, «un senegalés gordo y cabrón».

A sus 67 años, no se había casado nunca ni tenía hijos, Cati («muy gorda, pero con un gordo bonito. Con unas tetas meloneras que no se habían caído nunca (…) Tenía su cintura y un culo poderoso, todavía enterizo y muy blanco»), en vez de femme fatale una fatalidad de mujer. ¡La estrella más rutilante de este jocoso sainete!

Delincuentes de mente discontinua, un cadáver que empieza a apestar («atufaba como los mojones de resaca (…) de una ranura de la funda empezaba a filtrarse un rollo de sangraza o su puta madre. Tenía color rojo verdoso y estaba seco y cuarteado»), y un plan chiflado para deshacerse de él («la nacional te va a preguntar fijo (…) Te tendrán enredado dos o tres días. Como eres un mierda, te darán mascadas para llorar, pero es normal (…) Tu a lo tuyo (…) A los tres o cuatro días se cansarán de ti»).

Entre tanto…

El barrio como horizonte, trapicheos varios, borracheras encadenadas, rechazo de cualquier sentimiento negativo, vida al margen como opción, cero obligaciones por devoción, permanente delirio psicotrópico y una forma de narrar que rebaña para sí elementos de las artes visuales.

No, El color de las pulgas, primera novela de Mario Marín, no decepciona.

¿Quieren saber lo que es El color de las pulgas?

El color de las pulgas es poesía, la Biblia [Invencionista] lo dice («El calor seguía y Andrés se había sentado debajo de la jacaranda grande. El tronco era la hostia y su sombra flipante. Es un árbol que queremos. En primavera, cuando florece, todas las ramas de cargan de campanas y se vuelven violetas. A nosotros, cuando venimos ciegos de madrugada, si hace viento, nos gusta sentarnos enfrente y ver cómo se mueve. Es como con un ácido»).

El color de las pulgas es amor, los lectores lo repiten («Era la Inmaculada de 1992 (…) Luisa venía por la acera (…) guapa que daba miedo. No era del barrio ni la había visto en mi vida (…) Cuando llego a mi altura, le dije que si quería fumarse el medio porro conmigo (…) Me dijo que sí. Ni una palabra más»).

El color de las pulgas es amistad, búscalo y verás, en el capítulo doce, página 57, segundo de Mario («Sabíamos dónde estaba y lo que estaba recibiendo. No podíamos hacer otra cosa que esperar. A la tercera mañana se presentó en el Daro como un eccehomo (…) Se puso a mi lado, le acerqué un taburete y le di un cigarro encendido (…) Al rato vino Juanma, me miró y pilló al momento (…) Un silencio raro, de colegas de toda la vida, de respeto. Por las palizas no se pregunta. Uno espera a que vuelva la mejoría y después la risa, pero no se atosiga»).

En El color de las pulgas hay dolor, mucho dolor. Un dolor intenso por la pérdida antes de que suceda («Estaba cada vez más canija y más floja. Ya no hablaba de su poza ni de caer por un precipicio sin fondo. Era todo mucho más áspero y rotundo. Solo era su silencio y su abandono»).

Y la risa. Irónica, nerviosa o a carcajada limpia, pero siempre presente. La risa no es una broma, advierten los científicos, ya que puede producir síncopes, ataques de asma, cataplexia, dolor de cabeza, dislocación de mandíbula o incontinencia.

Aunque hay pocas muertes documentadas como causa directa de la risa incontrolable, si existe una novela capaz de generar esa hilaridad fatal es El color de las pulgas, una comedia negra, tan loca y absurda, que hace posible algo tan improbable.

¡Surrealismo puro!

«Vimos juntos el amanecer

y el lago reflejó nuestro sueño

en silencio fuimos a caer

junto al gran monte aquel

que nos dio el amor,

no puedo negar que me hizo daño

que mi corazón huyó de ti

has de ser como la mañana del día que te conocí», El lago.

¡Joder, que pasión, que fuerza! Esa canción de Triana (grupo que, junto a Prince, Leño, Status Quo, Seguridad Social y otros, forma parte de la banda sonora de El color de las pulgas) siempre me emociona…

Lo mismo me ocurre con Mario Marín.

Un excéntrico. Un raro. Un bohemio. Un autor cuya obra, publicada por una pequeña editorial de hermoso nombre (Ediciones del Viento), aún desconocida para la gran mayoría de la comunidad lectora, es muy apreciada por quienes lo han leído. Alguien que, con solo una novela, se gana tu fidelidad eterna.

No sé si esconde algún tipo de adicción o se ufana de ella. No maltrata a sus personajes, ni su prosa es opaca o hermética. No es eso. Muy al contrario, su escritura es transparente, ágil, fluida, mordaz, tremendamente sensorial, viva, muy viva.

Desconozco, pues, si Mario Marín es, o será, eso que se conoce como un escritor de culto, pero lo que si les puedo asegurar es que inmediatamente después de leer Morir es un color, su última novela, tuve claro que estaba ante un escritor especial, un escritor original, un gran escritor.

Lo que escribe, cómo lo escribe, es una explosión de alegría, de tristeza, de color, de sentimiento. Te hace reír y al minuto te produce tal congoja que no hay manera de evitar una lagrima.

Decir Mario Marín es decir arte, sentimiento, mucha ternura y belleza.

Esa forma de remover, de conmoverte, de emocionarte, al alcance de muy pocos escritores, lo hermana con otro de mis escritores favoritos: la conexión Huelva-Cambrils es evidente e incuestionable.

Así que Jordi, por favor, lea a Mario Marín (@marioelectric); Mario, por favor, lea a Jordi Ledesma (@jordiledesma).

Después me cuentan…

El color de las pulgas
Mario Marín
Ediciones del Viento

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Un comentario en “Novela: «El color de las pulgas», de Mario Marín

  1. Pingback: MAÑANA ES EL DÍA SIGUIENTE de Mario Marín por Teresa Suárez - Solo Novela Negra

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