Novela: «Primera instancia», de Almudena Fernández Ostoloza

primera instanciaNoemí Pastor

Es esta la primera novela de Almudena Fernández Ostolaza, una apasionada de los relatos criminales que cuenta en su familia con otra escritora de género negro: la ya consagrada Laura Balagué.

Se estrena, pues, Fernández Ostolaza como novelista con una obra madura, elaborada y minuciosa, sólidamente construida, de tono clásico con pinceladas que la acercan a lo contemporáneo y escenas con refrescantes ecos cinematográficos.

Vamos con un esbozo del argumento. Inmaculada Alday, una joven jueza recién llegada a un pueblecito gaditano tan bello y encantador como ficticio, se enfrenta al asesinato de una lugareña en cuyo pasado debe sumergirse para encontrar al culpable. La víctima, Lola, era una artista y empresaria muy querida en el pueblo, pero curiosamente, a la hora de investigar, su currículo artístico y profesional parece interesar bastante menos que los altibajos de su vida amorosa.

Tras esta primera muerte vienen otras, más o menos sospechosas, que obligan a Alday a construir y deconstruir todo tipo de hipótesis y a adentrarse por vías de investigación que a veces no conducen a ninguna parte. La jueza, recién iniciada en sus labores profesionales, se siente a menudo dudosa e insegura. No es una investigadora típica del clásico policial; no es el tradicional sabueso agresivo, sino una trabajadora que lamenta sus errores y se muestra vulnerable, aunque a la postre resulta ser tan eficaz y válida como el que más.

No olvidemos, al respecto, que todo esto se enmarca en un espacio geográfico muy concreto que acaba convirtiéndose en un entorno hostil: un pueblo pequeño (infierno grande) de esos en los que todo el mundo conoce a todo el mundo y que, sobre todo para los forasteros, pueden llegar a resultar asfixiantes y opresivos. “La gente era muy envidiosa y le gustaba mucho meterse donde no le importa”, dice una vecina en un interrogatorio.

Así y todo, lo que en principio parece ser un vulgar crimen rural, se va complicando, van apareciendo elementos que apuntan a redes criminales internacionales y hasta llega a barajarse la posibilidad de que ande suelto por Andalucía un asesino en serie.

El relato no solo está geográficamente muy bien delimitado; también lo está cronológicamente, pues se desarrolla exactamente en trece días, los que van del 2 al 14 de mayo de 2006, y los capítulos respetan escrupulosamente esta organización temporal; además, todos ellos guardan la misma estructura: en un primer apartado, un narrador en tercera persona sigue todos los movimientos de la jueza Alday en sus trámites y pesquisas y en las dificultades de llevar a cabo una investigación como Dios manda, dada la secular falta de medios de la Justicia española.

En un segundo apartado, que suele ser más breve que el anterior, el mismo narrador hace lo propio con Lucía, una bilbaina residente en Barcelona que también acaba de llegar al pueblo, pero no por motivos laborales, sino para pasar unos días de descanso con Jorge, su pareja. Pero lo que para Lucía iba a ser una idílica luna de miel se ve empañada, no solo por los crímenes, sino también por el extraño comportamiento de Jorge.

Se cierran los capítulos con un tercer apartado, todavía más breve, pero más intenso, en el que un narrador omnisciente nos da cuenta de todo aquello que las protagonistas no viven, no ven y, en consecuencia, no saben.

Los dos puntos de vista de las dos protagonistas, que acaban descubriendo que tienen mucho en común, son puntos de vista urbanos, ajenos al pueblo donde se reunen sus destinos. Ambas mujeres lo observan desde fuera sin participar demasiado en la maraña de flilias y fobias que son la historia de cualquier comunidad humana.

Fernández Ostolaza aprovecha el relato para intercalar, de tanto en tanto, sin importunar nunca, referencias literarias, cinematográficas y musicales y se sirve del narrador sabelotodo para regalarnos chispeantes y ligeras reflexiones sobre el destino, lo que pasa y lo que no pasa, lo que pasa y no sabemos que pasa, lo que pudo haber pasado y no pasó, lo que pudo que pasara pero no sabremos nunca si en realidad pasó o no.

Es su teoría sobre las “descasualidades”: esas cosas que podían haber sucedido o estuvieron a punto de suceder, pero no llegaron a hacerse realidad nunca; que sepamos, claro. Un asunto muy literario y un motivo más para sumergirnos muy a gusto en esta novela.

Primera instancia
Almudena Fernández Ostoloza
Distrito 93

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