Novela: «Venganza», de Javier Díez Carmona

venganzaNoemí Pastor

Venganza, de Javier Díez Carmona, es la última entrega de la llamada Trilogía de Justicia, formada por Justicia (2021), Solas (2022) y Venganza (2023).

Esta tercera y última pieza es una obra de continuidad de las dos novelas anteriores, pero también presenta novedades reseñables. Con todo, hay una evolución en esta trilogía; no estamos ante una mera repetición de una fórmula en tres entregas.

Tanto Venganza como sus dos predecesoras están muy marcadas por su escenario. A este respecto no hay grandes novedades en la tercera: regresa al Bilbao de Justicia, pero mantiene un pie en Balmaseda y Las Encartaciones, donde se desarrollaba Solas, y se desplaza a ratitos a Choroní, Venezuela, que se me antoja el contrapunto paradisíaco de Bilbao o, al menos, del Bilbao literario creado por Javier Díez Carmona.

Este Bilbao nos lo creemos, no nos chirría a quienes pateamos a diario sus calles, pero tampoco es del todo un Bilbao real, sino una construcción literaria, fabricada con trozos de realidad, y solvente, no de cartón-piedra como en otras novelas que no voy a citar.

A esta construcción ayudan las citas del comienzo de los apartados, que no son de novelas Unamuno ni poemas de Blas de Otero, ni siquiera citas de Javier Abasolo ni de Jon Arretxe, sino canciones de Doctor Deseo, veterano grupo bilbaíno con quien Díez Carmona comparte más que una visión de la ciudad.

Una de las cosas más difíciles de hacer en literatura es mantener el tono y Díez Carmona lo hace. Venganza sucede en febrero, que puede que sea el mes más cruel, en dura competencia con noviembre. Su visión negra, muy negra, de Bilbao y alrededores me recuerda, en lo que respecta al tono literario, a la Argelia de Yasmina Kadra. Sin embargo a mí Kadra me satura y Venganza no.

La dureza del entorno casa bien con su tono narrativo, con un narrador que es muy duro con todos o casi todos los personajes. Hasta con los débiles y con las víctimas. A veces parece que se ablanda y te cuenta cómo un pobre diablo ha llegado a Bilbao huyendo del dolor y de la miseria. Pero no. Vuelve a ablandarse un poquito cuando habla de las mujeres prostituidas y cuando las víctimas son menores. Y también hay un personaje, un cajero de banco, Carmelo Iriondo, al que trata con un poco más de cariño.

El comienzo de Venganza es la continuación natural de Solas. Entre uno y otro solo transcurren unas horas y, como Solas, Venganza sucede en muy pocos días, apenas una semana. A la suboficial Miren Ruiz de Heredia, de la Ertzaintza de Balmaseda, no le encaja la versión oficial de lo sucedido en El Karpin y se pone a investigar. También con apremio, porque en breve dejará de estar al mando de la comisaría de Balmaseda. Pronto suceden otros hechos delictivos que la mantendrán más que ocupada y a los lectores, más que entretenidos.

Como decía, Venganza aporta nuevos ingredientes a la trilogía: mafias africanas que tratan con seres humanos con fines de prostitución, bajos fondos y altos fondos mezclados, peces gordos ensuciados… Eso es la novela negra.

En los altos fondos hay jueces, fiscales, prestigiosos bufetes de abogados, gente que quita y pone lehendakaris. Y un banco. Un banco ficticio, el Banco de Crédito Monetario, que, aunque del todo inventado, aparece muy bien caracterizado a la par que otras entidades bancarias vascas. Y es un elemento de gran importancia, cosa que no es muy frecuente en las novelas.

El contexto histórico también tiene su peso en Venganza: Díez Carmona a menudo se refiere al turbulento pasado reciente del País Vasco, con detalles evocadores que sitúan al lector en un momento de la historia muy concreto. Aparece un coche-bomba, se habla de la kale borroka, de las épocas duras de la heroína en las calles… Son como pequeñas apariciones, brotes del pasado que irrumpe en el presente para darnos una sensación de inseguridad, como réplicas de un terremoto que nos dicen: os creéis que esto ha desaparecido, pero no. Todavía hay peligro. Este telón de fondo contribuye al desasosiego del relato.

En cuanto a los personajes, Osmany Arechabala sigue siendo el protagonista absoluto, con la novedad de que desde el prinicipio está deseando regresar a Cuba, a su bohío de Santa Clara, no sin antes arreglar unos asuntillos que acaban complicándose mucho mucho.

Para mí Osmany es un héroe mitológico, un semidiós, un iniciado, un hombre con un halo, un pasado fiero y guerrero; ese halo se lo construye el narrador con referencias, breves pinceladas, a su experiencia militar, que le ha brindado una especie de superpoderes, poderes sobrehumanos; lo ha capacitado para hacer cosas que el resto de los mortales no podemos hacer. Es una especie de Jason Bourne.

Pero en Venganza está envejecido y sus palabras nos suenan a canto del cisne.

Osmany tiene al menos tres contrapuntos sin testosterona. No son los únicos, hay más, porque la novela está plagada de mujeres de acción. No son esas chicas que en las películas se quedan fuera de las peleas, en una esquinita, esperando a que un machito las salve. No. Son tías que dan patadas a las puertas y empuñan armas.

Destaco a las tres que os decía. La primera es Miren Ruiz de Heredia, ertzaina. Aguerrida, alta, madura, imponente. Una tía dura, nada estereotipada. Agresiva. No es una jovencita mona con minifalda y tacones. La segunda es Katy Díaz, que ya salía en Justicia. Protagoniza una escena de acción de las más duras de la novela. Pero la verdadera horma del zapato de Osmany es la tercera, Orna Shoher. Asesina a sueldo. Exmilitar israelí. Expertísima tiradora. Su pasado la ha convertido en una máquina de matar.

Y, como digo, hay más, muchos más. En Venganza hay tantos personajes, que podría decirse que estamos ante una novela coral, a pesar de tener un protagonista destacado. A Díez Carmona le pueden los personajes, le encanta crearlos. Hay escenas cortas que se ven a través de los ojos no del narrador, sino de un personaje creado solo para esa escena, lo cual resulta muy ágil y muy cinematográfico.

Venganza
Javier Díez Carmona
Grijalbo

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