Salgo de la oficina con una sonrisa que ilumina mi rostro, y consulto el reloj con una mezcla de impaciencia y alegría. Hoy, más que nunca, quiero llegar pronto a casa para estar con Marta. Es 14 de febrero, ¡el día de los enamorados!
Al pasar por la floristería del barrio, el aroma de las flores me envuelve como una suave y reconfortante brisa. No puedo resistirme y acerco mi rostro a un ramo de rosas rojas, adornado con frescos y delicados lirios blancos. Berta, la florista de toda la vida, me recibe con una sonrisa que parece alumbrar todo el lugar.
—Buenas tardes, ¡excelente elección!
—Gracias, ¡y huelen muy bien! —digo.
—Seguro que le encantan. Son perfectas para un día tan especial como hoy.
Paso mi tarjeta por el datáfono y el sonido de la transacción completada resuena como una pequeña melodía de felicidad.
Sigo mi camino con el ramo en una mano, sintiendo una chispa de emoción en cada paso, sabiendo que cada pétalo y cada fragancia llevan consigo un mensaje de amor para Marta.
Entro en La Maison du Chocolat y me dirijo al mostrador. El uniformado dependiente, al notar el ramo de flores que llevo en mi mano, no puede disimular una chispa de envidia en sus ojos.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
—Estoy buscando unos bombones para mi pareja —respondo con emoción mal disimulada.
El dependiente agarra una caja con manos expertas y la coloca sobre el mostrador como si fuera un tesoro ancestral. La caja es un espectáculo en sí misma, envuelta en papel dorado con un lazo rojo que promete un deleite inigualable.
—Tenemos estas cajitas recién llegadas de Bélgica, con una selección de los mejores chocolates. Están hechos a mano, cada uno es una obra de arte.
Pago y cruzo la calle con las flores y los bombones en las manos. Mi mente está completamente ocupada imaginando a Marta, su rostro feliz al recibir las flores y degustar los bombones.
Casi a punto de llegar a casa, me cruzo con Laura, mi joven y exuberante vecina, cuyos lascivos ojos parecen intentar capturar mi atención. Pero no le hago ni caso. Estoy tan enamorado de Marta que nadie más me importa.
Atravieso el jardín, caminando deprisa. El aire parece más fresco y vivo que por la mañana, y veo la luz de nuestra habitación encendida. Mi corazón late muy rápido, cada latido estoy un paso más cerca de ella.
Abro la puerta del chalet con sumo cuidado, intentando no hacer ruido. El aroma inconfundible de su presencia me envuelve, y lo respiro profundamente, saboreando cada partícula de su esencia.
Atravieso el pasillo y empujo la puerta muy despacio. Sí, por fin, ahí está Marta, desnuda, sentada sobre la cama, con la mirada perdida en la pared.
—Ya estoy aquí, mi amor —susurro a su oído, mientras con disimulo me apresuro a comprobar el grillete de su pie izquierdo.
Pablo Hernández Pérez (Valencia, 1978), cursó estudios en el Gremio Patronal de Joyeros de Valencia. Su contacto con el mundo del oro y los diamantes lo llevó a tramar primero y a perpetrar después sus primeros relatos de corte criminal, algunos de los cuales obtuvieron premios y reconocimiento. En 2022 publicó su primera novela, “Sobrevivo, que no es poco”, bajo el sello Distrito 93. La obra fue tan bien recibida que los lectores, ávidos de más, le hicieron saber de formas poco sutiles que una secuela no era opcional, sino una cuestión de supervivencia. Así, se puso rápidamente a escribir “Muerdo la bala”, que pronto verá la luz (y esperemos que también las listas de éxitos). En 2024 se lanzó al mundo del guion cinematográfico, y su primer largo, “Un dulce porvenir”, logró el primer puesto en el Villa de Rota Writing Film Festival en la categoría de thriller/suspense, lo que confirma que la tinta negra sigue corriendo por sus venas. Ahora, con varias historias en el tintero y un bolígrafo afilado siempre a mano, sigue dispuesto a demostrar que el crimen, al menos en la ficción, sigue siendo su mejor apuesta.








