Sergio Torrijos Martínez
No sé ni por donde empezar.
Sospecho que a alguien le caigo mal, alguien me ha mirado con inquina y de alguna manera me hizo llegar este libro. Lo peor no es este libro en sí, hay libros malos como buenos, lo malo de verdad es que es el noveno libro de la serie, lo que implica que estos autores y estos personajes se han repetido en el tiempo y en el espacio. Creo que leí en algún momento de mi vida alguno del autor y lo he olvidado por motivos más que obvios.
Si terminé el libro, ejercicio de disciplina máxima, fue para poder encarar estas líneas y evitarles el sufrimiento, fue una penitencia larga y dolorosa. Pero vayamos por partes, de lo más horrible a lo menos.
Suecia es un país que siempre se ha caracterizado por el nivel alto de vida y por ser una sociedad avanzada y muy bien organizada, lo cual no sería aplicable a la policía de ese país, como demuestra la novela, ya que necesitan más de seiscientas páginas para atrapar a un asesino en serie tan mortífero como efectivo. Ya pensando con más calma el país nórdico debe ser un sitio inseguro si no paran de aparecer asesinos en serie a cual más cruel y enrevesado.
Digamos que durante toda la lectura el asesino se ha estado burlando de las fuerzas policiales, que no eran capaces ni de establecer un control de tráfico, imagino que son cosas de nórdicos. La eficiencia del asesino es tal que no entiendo de donde saca tanto tiempo para matar, preparar, secuestrar y burlarse, todo a la vez, de grupos policiales al completo.
Trabajar la atrocidad sin pasarse de la raya es algo que marca la novela. Los escritores, no son uno sino dos, intentan concentrarse en su público objetivo, alguien que vea concierta mesura el asesinato sin que sea especialmente violento o desagradable, no te evitan algunas escenas para demostrar que la maldad campa por Estocolmo, pero sin pasarse.
Los asesinos en serie son comunidad y legión, cruzan fronteras y son igual de malos en cualquier lado del Báltico y de alguna manera se identifican y se relacionan unos con otros y los policías, tan inteligentes y atentos, intentan desentrañar esas relaciones. Digamos que ya hemos superado el crimen en números por debajo de la unidad, lo que se lleva es una buena ristra de asesinatos y de jugueteo con la policía de muy diferentes entornos, clave fundamental de toda la novela y sospecho que de las ocho anteriores.
La narración intenta ser eléctrica, rápida, tanto que por momentos cae en la confusión, cuesta seguir ciertos desarrollos y aunque se suple con imaginación puede que ese esfuerzo no llegue a una conclusión razonable.
Si ya me lo decían las cabezas pensantes de Calibre .38, que había que alejarse de los bacalaos nórdicos y no les faltaba ni pizca de razón, pero creo que así se puede desenmascarar a Lars Kepler y si conseguimos salvar a algún lector será suficiente recompensa. No sé donde habrán quedado los grandes escritores nórdicos, queda claro que estos no son los herederos.
La araña
Reservoir Books
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