Teresa Suárez
«Corre el año 1963 y el legendario detective Sam Spade disfruta de su jubilación en el sur de Francia. A diferencia de sus días como detective privado en San Francisco, la vida de Spade ahora en Bozouls es tranquila y apacible (…) Seis monjas han sido brutalmente asesinadas en el convento local. Mientras el pueblo se aflige, surgen secretos y se establecen nuevas pistas. Spade se entera de que los asesinatos están relacionados de algún modo con un misterioso niño que, según se cree, posee grandes poderes » (Filmaffinity).
Nació de la pluma de Dashiell Hammett, y, aunque otros dos antes lo intentaron, no fue hasta 1941 cuando John Huston, en El halcón maltés, presentó a Sam Spade con el inolvidable rostro de Humphrey Bogart.
Si tenemos en cuenta que Bogart, un tipo feo, cínico, y duro como él solo, además de Spade también interpretó a Philip Marlowe en El sueño eterno (1946), de Howard Hawks, basada en la novela del mismo título de Raymond Chandler, no hace falta decir que el bueno de Boggie creó escuela en eso de los detectives privados.
De hecho, otros actores, que después de él se pusieron bajo la piel de Marlowe, lejos de apartarse de ese modelo de masculinidad que encarnaba Bogart no solo se abonaron a él sino que, incluso, lo acentuaron ayudados por su imponente altura. Valga como ejemplo Robert Mitchum (1,85 m) en Adiós muñeca (1975) de Dick Richards.
Ambientada en la década de los sesenta, Monsieur Spade, la miniserie de televisión neo-noir creada por Scott Frank y Tom Fontana, intenta capturar la esencia del cine negro de los años cuarenta y, siguiendo la estela de esos detectives, presta los zapatos de Spade a Clive Owen y sus 1,88 m.
Ayudado por los bucólicos paisajes, y una estética muy cuidada, Clive Owen, más alto y agraciado que sus predecesores, borda su papel de americano excéntrico, pagado de sí mismo, que fracasa en su intento de labrarse fama de hombre huraño porque, por su casa, entran y salen, a todas horas, los vecinos de la villa.
Seis episodios en los que Monsieur Spade, con más vino y menos whisky, la misma cantidad de cigarrillos, y una tos cada vez más chunga (las visitas al médico no tienen desperdicio), deleita al respetable con sus “ocurrencias”, como las llaman los franceses, y algún que otro desnudo de espalda que dan fe, sin necesidad de notario, de que, en su caso al menos, sesenta años no son nada.
Pese a que ni los chascarrillos de Sam ni los diálogos son tan ingeniosos como se pretende, gracias a su impecable factura, especialmente a esa lograda atmósfera de desencanto, la serie se disfruta. Eso sí, a ratos dispersos.
El problema viene del guion. Un batiburrillo en el que un misterioso monje, casi un ninja, el niño argelino al que todos persiguen, y representantes de todas las agencias de espionaje (MI6, CIA, Inteligencia francesa, CIA), sin olvidarnos del Vaticano, metiendo el cuezo en todo, hacen que la trama sea enrevesada y tediosa.
Los saltos en el tiempo, en los que se mezclan diferentes escenarios y momentos vitales que no están demasiado claros (especialmente los episodios relacionados con la guerra de la independencia argelina en la que participaron alguno de los personajes) tampoco ayudan demasiado.
Resumiendo, si te enfrentas a ella con unas expectativas no demasiado altas, considero que Monsieur Spade es una buena opción para los amantes del cine negro clásico.
Ustedes deciden.
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