Teresa Suárez
Marzo de 2024.
En Morón de la Frontera (Sevilla), localidad conocida por el aeródromo militar (una de las mayores bases estadounidenses en el extranjero) y su famoso gallo (“Te vas a quedar como el Gallo de Morón, sin plumas y cacareando en la mejor ocasión”), a la sargento Lucía Gutierrez, de la Policía Judicial de la Guardia Civil (unidad encargada de auxiliar al órgano judicial competente, realizando tareas de investigación para esclarecer los hechos), se le acumula el trabajo.
A la desaparición de un joven de la localidad se une la de un soldado extranjero, lo que la obligará a trabajar con Magaly Castillo, teniente de la base americana, desplazada hasta el pueblo con la misión de encontrar al militar desaparecido.
Hijos sin padres reconocidos, matrimonios mixtos, locales propios, segregación por zonas… La serie refleja como la sociedad civil del pueblo se ve afectada por la convivencia de ambas culturas. En ocasiones parecen mezclarse, pero, bajo la superficie, no solo persisten las diferencias, sino que se protegen, casi con rabia, como forma de conservar la identidad por más que, como en el caso del sargento Andrew Taylor (¡Austin Amelio, para mí, es de lo mejor de la serie!), ésta fuera, con perdón, una mierda.
La práctica común de rituales y ceremonias lejanas, nexo de unión de varios de los protagonistas, no solo los hermanan en la diferencia, sino que, sus extraños códigos de conducta, que enfatizan el honor en cada acción, les proporcionan la paz espiritual y el sosiego que no encuentran en su vida cotidiana.
Si la alternancia de idiomas ayuda a situar los escenarios y a identificar a los personajes, la Semana Santa, con sus procesiones y su ambiente de recogimiento, imprime sobriedad a la historia… y lentitud. A fin de no desentonar, el ritmo pausado parece adecuarse al de la marcha procesional.
Mientras que la actriz cubana Mariela Garriga, ora en inglés ora en español, borda el papel de investigadora militar estadounidenses y, al reflejar el sexismo al que se enfrentan las mujeres que ingresan en el ejército (que deriva en estrés, ansiedad y problemas como la bulimia) logra humanizarla, Maribel Verdú, una de las actrices españolas que puede presumir de haber trabajado con los mejores directores patrios y de más allá de nuestras fronteras, en los primeros capítulos resulta demasiado envarada en su papel de miembro de la Benemérita.
Su lacónica forma de responder a superiores, subordinados, suegra e hija, su falta de gestualidad, su contención, provocan cierto rechazo. Bueno, rechazo no, desconfianza. No obstante, pronto te das cuenta de que esa rigidez es una parte importante del personaje y habla de la dificultad que entraña poder separar la faceta personal de las estrictas normas que debe acatar en el cumplimiento de su deber.
La miniserie de ocho capítulos, adaptación de la novela homónima de Sergio Sarria, empieza floja, pero a partir del capítulo que cuenta la infancia del Sergeant Andrew, el quinto creo, mejora considerablemente.
Desde el principio, el director introduce al espectador en una compleja trama en la que se mezclan tráfico de drogas, corrupción urbanística y supuestos abusos sexuales. Enfrascados en desenredar esa madeja, descubrir la verdadera naturaleza del crimen, y quien o quienes lo cometieron (algo que sucede antes del capítulo final), logra sorprenderte.
Cuando ya sabes el qué, el cómo y el porqué del delito, conseguir que la serie te mantenga en vilo ¡es de nota!
Y luego está la soledad…
Esa soledad que, cuando nadie los ve, acuna entre sus brazos a la mayoría de los personajes.
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