“La sombra del minotauro”, de Antonio Lozano, por Alexis Ravelo

Alexis Ravelo

La sombra del minotauro, la última de Antonio Lozano, es una novela esperada desde 2006, cuando apareció Preludio para una muerte, la primera protagonizada por José García Gago, un detective que ha logrado dejar atrás sus orígenes de clase alta y se mueve por ahí en el taxi de su amigo Martín o en un Renault 5 del año del gofio. Si en aquella primera novela García Gago viajaba a un municipio sin nombre de las Medianías del Sur de Gran Canaria para investigar un viejo crimen olvidado por casi todos, esta transcurre en una ciudad perfectamente reconocible: Las Palmas de Gran Canaria, donde el detective transita entre los salones de la oligarquía local y los antros prostibularios de la zona portuaria.

A José García Gago lo contratan los hijos de un pez gordo de la industria cárnica (tan antipáticos como su padre), para averiguar quién es la joven dominicana por la que el octogenario anda perdiendo la cabeza. Poco después, la chica en cuestión aparece violada y estrangulada, así que su investigación vendrá a confluir con la del inspector Márquez, un policía escéptico que intenta resistirse a un alcoholismo que le va ganando la batalla. Por supuesto, a partir de ese planteamiento las cosas van a complicarse con manos negras, organizaciones criminales, falsos culpables y falsos inocentes, conformando un laberinto en el que García Gago, un Teseo sin vocación, deberá internarse para acabar con la Bestia.

La sombra del minotauro se presenta como una buena historia de género y su lectura no traiciona las expectativas, porque hay en ella todo aquello que buscamos los amantes de la novela negra: buenos giros y cliffhangers sabiamente colocados; persecuciones, seguimientos, engaños y violencia; una ficción verosímil como imagen especular de lo cotidiano; un inteligente manejo de la intriga novelesca, que hace que la novela se lea prácticamente de un tirón; personajes ricos y ambiguos, llenos de claroscuros y sumidos en la duda constante, porque en un mundo del que Dios ha dejado de ocuparse no hay forma de saber exactamente cuál es la forma correcta de actuar.

Claro está, Lozano no es ningún principiante. Desde Harraga, que obtuvo el Premio Novelpol, no ha parado de cosechar un éxito tras otro y de llevarse premios y elogios merecidos con novelas que transitan por distintos aunque cercanos territorios del género, pero siempre con una clara preocupación por los más desfavorecidos: desde Donde mueren los ríos, en la que utiliza las voces de varios inmigrantes para construir una historia coral sobre marginación y redes de explotación sexual, hasta El caso Sankara, un thriller político en torno al magnicidio perpetrado en Burkina Faso en 1987, cuando no solo se acabó con Thomas Sankara, sino con una clara vía de progreso para esa nación y, quién sabe, si para todo su entorno geográfico. Su novela más reciente, Las cenizas de Bagdad, está construida a partir de las vivencias reales de un militante de izquierdas iraquí y narra las últimas décadas de ese país que hemos arrasado entre todos.

En este sentido, La sombra del minotauro no es una excepción. Por un lado, explora la conducta habitual de las clases privilegiadas insulares, ese mestizaje entre oligarquía caciquil venida a menos y nuevorriquismo inculto y soberbio, muchos de cuyos miembros continúan ocupando primeros puestos en la cúpula del poder político y económico del Archipiélago. Por el otro, reflexiona acerca de las modernas formas de explotación sexual, el uso de la carne humana e inmigrante (mayoritariamente femenina) como objeto y mercancía, una realidad que una sociedad que presume de promover la igualdad continúa soslayando mediante el silencio interesado o el comentario frívolo. Y, de alguna manera, el lector acaba intuyendo que todos los fuegos son el fuego, que los poderosos y sus víctimas son los mismos en todos lados y que ambos asuntos se presentan como dos caras locales de una moneda global, porque, como se dice en algún momento de la novela, “las mismas leyes que gobiernan los negocios legales sirven para los que no lo son”.

Así pues, no estamos simplemente ante una novela amena, de esas que nos producen placer y se leen de un tirón, sino frente a un texto para pensar en aquello de lo que nos habla, porque se parece demasiado a lo que vemos cada día en la calle de al lado y, sin embargo, nos negamos a mirar directamente, quizá porque hacerlo resulta demasiado incómodo.

En cualquier caso, es una novela de Lozano (y la experiencia me ha enseñado que no hay que perderse ninguna) y, además, una historia con García Gago, un personaje que va creciendo y volviéndose más de carne y hueso en cada novela, junto con su mundo de taxistas curiosos, cocineros joviales y mujeres como Margarita, su amiga con derecho a roce, quien suele razonar más lógicamente que él y es la única dispuesta a ponerle las pilas cuando se hace necesario. En conclusión: 241 páginas de novela negra genuina, de la que mira hacia la realidad, de la que no se saca conejos de la chistera porque los argumentos consistentes y bien desplegados no necesitan de prestidigitaciones de última hora.


La sombra del minotauro
Antonio Lozano
Almuzara

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