“La mejor oferta”, por José Luis Muñoz

lagranofertacartelJosé Luis Muñoz

Me acuso de no ser demasiado entusiasta de la filmografía de Tornatore y de no conocerla en profundidad, como la de tantos otros, y de que, al contrario de muchos otros espectadores, su oscareada Cinema Paradiso me pareció un pastel sentimentaloide que no me emocionó en lo más mínimo porque estaba llena de trampas y guiños para que el espectador derramara la lagrimita en los momentos marcados, pero vi años más tarde, en el 2000, una película suya, Malena, que me impactó ─ y su protagonista Monica Bellucci, que siempre me impacta ─ y me congració con el realizador italiano por la pasión que pone en lo que hace, que no siempre es bueno, de la misma forma que Baaria, su penúltimo film, de tintes autobiográficos, me pareció espantosa.

Fui al cine, con esos antecedentes, bastante escéptico a ver su última película, La mejor oferta, y no lo hice por su director sino por su intérprete, Geoffrey Rush, un grandioso actor, uno de los mejores del momento, y me encontré con una de esas raras películas subyugantes que van fagocitando al espectador sin remedio y lo implican en su trama alambicada sin soltarlo un solo instante.

Tiene La mejor oferta, una historia de amour fou entre un obseso de la belleza femenina en forma de arte, el maestro de subastas Virgil Oldman (Geoffrey Rush) que guarda en una cámara acorazada los retratos femeninos más excelsos de la historia de la pintura universal, y una desvalida muchacha, Claire (Sylvia Hoeks) que sufre agorafobia y no sale de su desvencijado palacio, connotaciones de algunos de los maestros del cine de suspense ─ el Hitchcock de Vértigo; el mejor Polanski claustrofóbico de Repulsión o El quimérico inquilino─. Consigue Tornatore, con indudable maestría cinematográfica, meternos en esa relación imposible entre un más que maduro y misógino amante del arte que, en su aversión por el contacto físico, tiene un ropero ingente de guantes, y esa chica que no conoce la realidad porque estuvo encerrada entre los tabiques de su casa desde los quince años. Y lo hace sin estridencias, aunque con algunas trampas, mostrándonos esa relación enfermiza entre un hombre que, de pronto, descubre el amor y la pasión con un ser real, y no con las mujeres que cuelgan de las paredes de su pinacoteca privada, y una chica que podría ser casi su nieta.

En estos tiempos de no guiones, o de guiones fallidos, el de Tornatore de La mejor oferta, aunque su desenlace sea previsible y algunos de sus meandros sean discutibles (el personaje de Jim Sturgess, contrapunto joven de Rush e improbable consejero sentimental, reconstruyendo el autómata me sobra), es un baño de luz en la penumbra. El film de Tornatore, una historia en la que se entremezclan falsificadores y falsificaciones, ensoñaciones y realidades y fobias de distinta naturaleza, nos retrotrae al mejor cine de los años cincuenta que manufacturaba Hollywood cuando era una fábrica de sueños, a películas como La mujer del cuadro de Fritz Lang, por ejemplo, Laura de Preminger o Rebeca, del maestro del suspense, ese género que aunaba misterio y romanticismo en sus imágenes, pero también al Buñuel de Ese oscuro objeto del deseo.

Sólo dos salvedades que a mí me rechinaron durante toda la proyección. La primera, que los protagonistas hablen en inglés cuando la historia transcurre en Roma (quizá podría haberla ambientado el director de Malena en algún lugar de la brumosa Escocia o en Londres); la segunda es la elección de Sylvia Hoeks ─ y volvemos a Buñuel, porque su físico me recuerda a Carole Bouquet de Ese oscuro objeto de deseo y Oldman, como su apellido indica, es un más que maduro varón como Fernando Rey ─como la misteriosa dama agorafóbica Claire, a la que no me acabo de creer, aunque quizá ése sea un guiño astuto de Tornatore. Y cuenta el film con un artista invitado de lujo, un Donald Shuterland de aspecto patriarcal, y con la banda sonora, como siempre magnífica, del anciano Ennio Morricone que acompaña las imágenes sin impostarlas.

De todas las bellas secuencias del film, muy cuidado en su aspecto formal, me quedo con una: Virgil Oldman esperando en el café de los relojes de Praga. Quizá la mejor oferta de la cartelera de verano sea este thriller romántico y misterioso, sin más cadáveres que los sentimentales y con aroma de déjà vu que no es una obra maestra pero sí una película solvente, y eso es mucho en tiempos de cine idiota.

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