“Heli”, por José Luis Muñoz

heli-cannes-posterJosé Luis Muñoz

La primera secuencia del film sitúa al espectador ante lo que va a ver: una desvencijada pickup, que circula por una pista de tierra, lleva en su zona de carga dos cuerpos ensangrentados, medio desnudos y amordazados que todavía respiran y a los que sus guardianes pisan en la cabeza; el vehículo se detiene junto a un puente y los que van en él se bajan y cuelgan uno de esos cuerpos moribundos que experimenta una sacudida mortal. Este es un macabro y habitual rito de los narcotraficantes mexicanos que utiliza Escalante como sintonía de ajuste de lo que va a ser su película, el reflejo de un México que no deja de horrorizarnos a través de lo que leemos en la prensa y de las imágenes de los telediarios.

Amat Escalante (Barcelona, 1979), formado como director en el Centro de Estudios Cinematográficos de Cataluña y con dos películas en su haber como director —Sangre y Los bastardos— aborda en Heli, por la que recibió en Cannes el premio al mejor director, la problemática de la violencia execrable que vive México como consecuencia de la miseria absoluta en la que vive una parte importante de la población y la impunidad de las bandas de narcotraficantes amalgamadas con grupos policiales.

Un adolescente aspirante a entrar en el cuerpo de élite de las fuerzas especiales, Berto, se hace con dos paquetes de cocaína que sus compañeros de filas han hurtado de la quema de un alijo y los esconde en el depósito de agua de la casa de su novia niña Estela (Linda González Hernández), la hermana pequeña de Heli (Armando Espita), el protagonista de la película. La búsqueda de la droga desencadena una espiral de violencia que protagonizan los mismos cuerpos especiales antidrogas e ignoran los investigadores policiales absolutamente corruptos e ineptos.

Heli habla de la violencia enfermiza y endémica que sacude México, fruto de la miseria, la corrupción y la incapacidad de sus gobernantes para ponerle freno, y de esa otra violencia social, menos mediática pero no menos execrable, que condena a una vida miserable a gentes como el padre de Heli, o el propio Heli, que se arrastran cada día de su miserable chabola a la fábrica de montaje de coches sin ningún tipo de aliciente ni esperanza de que vaya a mejorar en algún momento su vida.

Hay en la película una secuencia de tortura brutal, que nada tiene que ver con Tarantino y compañía, y es profundamente aleccionadora de la banalización del mal que sufre nuestra sociedad en general, y la de México en particular, una escena que tiene lugar en un hogar mexicano, no en un hangar abandonado, ante niños pequeños que dejan de jugar con sus máquinas electrónicas para asistir al martirio de la víctima en el que incluso toman parte, a invitación del verdugo adulto, presumiblemente el padre de alguno de ellos, mientras la madre prepara la cena y observa con curiosidad lo que sucede en el cuarto de al lado, escucha los gritos de dolor y los golpes. En esa secuencia, para nada gratuita, el director mexicano nacido en Barcelona expone en toda su crudeza la violencia que sufre México, su desorbitante crueldad que se asume en los ambientes del narcotráfico con naturalidad desde la misma cuna y que, por reiterativa, empieza a ser asumida como habitual y amenaza con formar parte del ADN de su nación.

heli

Heli es una película devastadora y tan árida como el paisaje quemado por el sol por el que se mueven sus protagonistas, un escenario de miseria absoluta que Amat Escalante recrea de forma muy realista, cuidándolo hasta en sus más mínimos detalles en el interior de esa casa zulo en la que viven sus protagonistas, en ese largo camino polvoriento que el padre recorre por la mañana y el hijo por la noche para ir al trabajo, o en el destartalado colegio adónde acude la niña Estela, pero es al mismo tiempo una película que destila una cierta poesía hija de sus silencios y de algunas de sus secuencias, como cuando la esposa de Heli (Andrea Jazmín-Vergara), después de que le lean la mano, entra en su casa asaltada con su hijo en brazos y sale desandando de espaldas sobre sus propios pasos para negarse la realidad, o Heli saliendo de su casa que tiembla, como sacudida por un terremoto, por la presencia amenazadora de un enorme vehículo policial, imagen que simboliza su insignificancia ante el poder.

Mucho se ha hablado en festivales de la secuencia de tortura de Heli, pero hay un plano secuencia del film que me parece aún mucho más aterrador: la cámara enfoca al padre, que llega agotado de trabajar, después de cruzar el extenso páramo que separa su chabola de la fábrica, y se sienta con una cerveza en la mano; permanece inmóvil un buen rato con la expresión de hastío de quien vive en pocos metros cuadrados con su hijo Heli, la esposa de éste, su nieto pequeño y su hija adolescente. Parece preguntarse si esta vida, la que le ha tocado en suerte, merece vivirse. Pues sí, se contesta el propio Escalante tras aterrorizar al espectador y llevarlo de la mano durante 105 minutos por ese calvario de páramos paisajísticos y morales en el que Heli se resiste a sucumbir a su destino: basta un abrazo carnal lleno de amor y deseo y una niña que acuna al bebé de los padres que se aman en el cuarto de al lado para que la vida, como el soplo de aire que entra por la ventana y sacude la cortina, se abra paso ante tanta muerte y desolación. Esperanza al final del túnel infernal.

Un comentario en ““Heli”, por José Luis Muñoz

  1. Muy cruda pelicula, no me agradó ver la realidad del país en una pelicula, para eso están los noticieros. Tampoco me gusta lo que dice el autor de la reseña sobre que esto puede pasar a formar parte de nuestro ADN.

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