“Tras la pista del espejo de Buda”, de Don Winslow, por Sergio Torrijos Martínez

 budaSergio Torrijos Martínez

Segunda novela de la serie dedicada al peculiar personaje Neal Carey. La primera, Un soplo de aire fresco se apreciaba que era obra de un autor en proceso de maduración, pero ya presentaba algunos elementos que la hacían interesante.

De esta novela se puede decir algo parecido. El autor va madurando, lentamente, aunque todavía está lejos de obras posteriores. Muy lejos de El poder del perro o de El invierno de Frankie Machine, aunque algunos elementos que serán propios de su pluma ya se pueden apreciar. Pero no nos precipitemos.

El protagonista, Neal Carey, está exiliado en la campiña inglesa, tiene cierta tendencia a hurtarse de la humanidad y pasar el rato con autores ingleses del siglo XVIII, lo cual es un amplio contrasentido con lo que se supone que es o con lo que se supone que hace, no por algo es un buscavidas callejero.

El toque culto no se explota, se habla sin cesar de Smolett o de Twain, cuando podía, al menos, contar alguna jocosa anécdota de los autores que menciona, y las tiene a paletadas. A Carey le sacan de su exilio para llevar a cabo una misión: un químico, Robert Pendelton, ha huido con una mujer asiática, Li Lan, por lo que en principio es un sencillo caso de corregir, una imprudencia o un momento de debilidad que se resumiría en asuntos de cama y fluidos.

Carey trabaja para unos señores que tienen vínculos, de todo tipo, con importantes industriales, banqueros y, por supuesto, con resortes del poder. Dicho lo cual no solo elevará el asunto a un lío de faldas sino a algo más, porque Pendelton y su trabajo, crecimiento de productos agrícolas, tiene un margen de aplicación que sobrepasa al de una sencilla industria química.

La trama pronto se traslada de San Francisco a Hong Kong y la entrada en Asia marca un hito en la obra. Los bajos fondos del mundo asiático son incomparables a los nuestros: la pobreza, precariedad, violencia… no tienen parangón. Ese mundo, muy bien retratado por Winslow, diferencia la obra de una buena novela a algo mayor. La sensación que recrea de los bajos fondos de Hong Kong tiene mérito, se puede sentir la sensación de peligro, angustia, masificación y podredumbre en cada recodo de la narración. También hay que señalar que la obra está ambientada a finales de los 80 del siglo XX, y eso nos pone en una situación muy diferente: Hong Kong era una colonia británica, en China mandaba el partido comunista y el país estaba colectivizado, existían bloques y la guerra fría era una realidad.

La inmersión en los asuntos del gigante asiático son un punto débil en la obra aunque puedan parecer algo novedoso. Winslow, al igual que muchos de sus paisanos, tiene la costumbre de hacernos pasar verdades precarias por absolutas. Tópicos y más tópicos cercanos a la propaganda occidental sobre la República Popular China, lo cual demuestra que existe una imprudente falta de respeto por sus lectores. No digo que tenga que convertirse en un experto en política china, pero al menos dotar de algo más de profundidad a sus conocimientos. Es increíble que ni por un momento se haya planteado que “El gran salto adelante” tenía un trasfondo mayor al de condenar a muerte a 80 millones de chinos. O que la “Revolución cultural” fue un capricho del Gran Timonel, ¡por favor! Así crearemos un tópico sobre tópico que no conduce sino a la repetición de algo que ya es de por sí increíble. Buena idea sería replantearse qué haría Mao si levantara la cabeza y observara en que ha devenido su obra.

Aparte de todo ello, la novela tiene un ritmo endiablado y despierta un interés elevado simplemente por el hecho de las mañas que Winslow se da como autor. Recrea con mucha habilidad hechos y acontecimientos, lo cual le da un plus como escritor. La novela tiene mucha acción y el lector lo agradece porque así le otorga mucha viveza a todo el relato. Una obra de lectura interesante y de gusto muy agradable.

Tras la pista del espejo de Buda
Don Winslow
Trad.: Óscar Palmer
Random House Mondadori, Roja & Negra

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