“La memoria de las sombras”, de Sergio Pereira, por José Javier Abasolo

la memoria de las sombrasJosé Javier Abasolo

Hay dos tópicos que, en mayor o menor medida, prácticamente todos los lectores compartimos: si en la novela que estamos leyendo aparece un chaval de catorce años como uno de los protagonistas más importantes, pensamos automáticamente que es una novela juvenil. Y si además se trata de una primera novela, solemos sonreír comprensivamente, como si le perdonáramos la vida al autor, mientras consideramos que “no está mal, pero se nota que es una primera obra, habrá que leer algo más para ver si ese chico tan prometedor merece la pena o es tan sólo flor de un día”.

Pues bien, La memoria de las sombras, de Sergio Pereira está protagonizada, junto a otros personajes a cual más interesante, por un chaval de quince años. Martín Olaeta es un joven despierto e inquieto, lector infatigable y amante de los libros que, al cumplir precisamente los catorce años, tiene que dejar de estudiar y ponerse a trabajar. Nos encontramos en el año 1945 y los perdedores de la Guerra Civil no es que tengan pocas oportunidades, es que no tienen ninguna. Aún así algo parecido a esa oportunidad prácticamente inconcebible en su entorno se le aparece a Martín, ya que en lugar de tener que buscarse la vida en la pesquera de su pequeño pueblo guipuzcoano, como sucede habitualmente con los chavales de su edad, entra como secretario y ayudante de un reconocido escritor, Arturo Calderón de Basarte, que pese a ser afecto al régimen, personalmente es más liberal y tolerante que la mayoría de quienes profesan sus ideas.

Martín, cuyo padre ha tenido que exiliarse a causa de sus ideas políticas y que suele recibir con ilusión las postales que éste le envía desde la lejana Argentina, pronto se quedará intrigado por el misterio de una casa vacía que se encuentra junto a la de su jefe y decidirá investigar qué ocurre en ella. Para ello encontrará la inapreciable ayuda de una chica de su edad, Isabel Mendoza, hija del comandante del acuartelamiento de Loiola, en Donostia, un militar franquista que estuvo en la División Azul y con el que está habitualmente enfrentada, no ya por chocar políticamente, aún no se ha planteado ese tema, sino vitalmente, ya que no aguanta su carácter hosco y autoritario y el modo en que les trata a su madre y a ella misma.

Ya está, diremos los lectores resabiados, los mimbres clásicos del cesto de la novela juvenil. Dos adolescentes que se atraen y una casa misteriosa con un enigma que resolver. Pues no, vuelvo a negar la mayor, porque esos mismos adolescentes están inmersos en un mundo adulto tan hostil como asfixiante. Martín pronto comprenderá la injusticia del exilio de su padre, perseguido no por ser un delincuente sino por defender unas ideas contrarias a las de quienes salieron vencedores de la guerra, e Isabel, que intuye pronto que su padre quiere “regalársela” a uno de sus oficiales, es el único baluarte de su madre enferma.

El joven Martín no sólo echa en falta a su padre, sino que es acosado por su causa. Un inspector de policía, amante del alcohol y la violencia y, sobre todo, ávido de venganza, será su sombra permanente convencido, como está, de que gracias al hijo podrá llegar hasta el padre. Tan sólo su obligación de investigar el asesinato de otra adolescente, en circunstancias muy extrañas, hará que olvide momentáneamente su persecución. Pero sólo momentáneamente.

Junto a esos dos hilos narrativos el autor recurre a otros dos, menores en extensión de páginas, pero no en importancia. Por una parte un antiguo combatiente contra los nazis, que fue salvajemente torturado en un campo de exterminio, iniciará una venganza contra sus antiguos torturadores. Y por otra un profesor de Historia del Arte de una universidad madrileña, al que no le gusta mucho la situación política, pero que se ha acomodado a ella, pone en peligro no sólo su carrera profesional, sino su vida, al hacer un descubrimiento que, por la importancia económica que puede llegar a tener, será codiciado por gente con más poder e influencia que la que él jamás llegará a tener en su vida, ni aunque viva varias seguidas.

Y ahora es cuando nos enfrentamos al segundo tópico, el de las “primeras novelas”. Y este tópico también se nos derrumba. Porque si sabemos que La memoria de las sombras es la primera novela de Sergio Pereira, eso se debe tan sólo a que lo hemos leído en la solapa del libro. Y es que pronto nos olvidaremos de esa circunstancia tan nimia en el fondo, cuando nos enfrentemos a unos personajes tan bien descritos y con unos caracteres que trascienden la figura de los personajes para asimilarse a personas vivas, auténticas, que podríamos haber conocido si llegamos a vivir esa época, que parecen salidos de un escritor veterano. Y también cuando comprobemos que el autor consigue enlazar con pulso firme e innegable maestría, cerrándolas todas y haciendo de la novela un corpus coherente, sin que queden lazos sueltos, unas historias aparentemente disímiles, como lo haría un experimentado autor de género negro.

En fin, es cierto que uno (o dos si somos generosos) de sus protagonistas es un adolescente, lo que no la convierte, lo repito por si no ha quedado suficientemente claro, en una novela juvenil. Y es cierto también que estamos ante una primera novela. Pero desprendámonos por una vez de los típicos y disfrutemos de La memoria de las sombras como de lo que es en realidad, una excelente novela.

La memoria de las sombras
Sergio Pereira
Ttarttalo

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