
Un viaje alrededor de la novela negra
Costa Este: Detroit – Cleveland – X-ville – Boston – Nueva York – Nueva Jersey – Baltimore – Washington DC – Richmond – Miami
Etapa anterior: X-ville
En octubre de 2024, se publicaba El lugar de los hechos. Un viaje alrededor de la novela, ensayo a cuatro manos escrito entre dos amigos y apasionados por el género negro: Jesús Lens y quien firma ahora estas líneas. Algo más de cuatrocientas páginas en las que visitamos tres continentes (Europa, Asia y África), treinta países y cincuenta y dos ciudades.
La aventura continúa, ahora en solitario y en otro soporte (esta vuestra revista Calibre .38), con la pretensión de recorrer América de norte a sur, Caribe, Pacífico y Antártida. Podrás seguir el recorrido en «cómodas entregas» -una por cada etapa del viaje- que recopilaré en un pdf de libre descarga conforme se vayan completando las diversas rutas en las que he estructurado el recorrido.
Buen viaje.
En 1958, un grupo de estudiantes del MIT fue tumbando a Oliver Smoot de una punta a otra de Massachusetts Avenue y dictaminó que el puente tenía una longitud de trescientos sesenta y cuatro smoots más una oreja. Esta medición, por la razón que sea, acabó convirtiéndose en un tesoro compartido entre Boston y Cambridge, y cada vez que restauran el puente vuelven a pintar las marcas de Smoot.
Abrázame, oscuridad. Dennis Lehane
A la cuestión filosófico-científica de si fue antes la gallina o el nuevo, nos permitimos en este punto introducir otro debate de índole más literario: ¿Qué fue antes, Boston o Lehane?
Porque si bien la ciudad, fundada en 1630 por colonos puritanos llegados de Inglaterra, es una de las más antiguas de los Estados Unidos, nadie la ha retratado jamás como Dennis Lehane -norteamericano de ascendencia irlandesa, con todo lo que eso supone-, nacido en Boston en 1965.
De la mano de Lehane y de su extensa obra -casi siempre ambientada en la capital de Massachusetts- podremos conocer la ciudad desde sus barrios portuarios a los situados en las colinas, desde los obreros de la confluencia de los ríos Mystic y Charles hasta su profundamente racial Dorchester, fielmente reflejado en las novelas protagonizadas por sus personajes más carismáticos, los investigadores privados Patrick Kenzie y Angela Gennaro.
Con Kenzie y Gennaro recorreremos las calles del Boston de las décadas de 1990 y 2000 pero, por aquello de empezar por el principio, queremos centrar nuestra atención en unos hermanos que nos mostrarán la ciudad de los años veinte a cuarenta del siglo pasado desde dos posiciones radicalmente enfrentadas: el joven policía Danny Coughlin y su hermano pequeño, Joe, quien hará carrera en el mundo del hampa.
Los Coughlin son los protagonistas de una trilogía integrada por tres obras maestras –Cualquier otro día, Vivir de noche y Ese mundo desaparecido-, la primera de ellas centrada en el Boston de finales de la I Guerra Mundial y en la vida del mayor de los Coughlin y, las dos siguientes, con el pequeño de los hermanos al mando, ambientada fundamentalmente en los paraísos del juego y la mafia de la época: Tampa y La Habana. Nos centraremos, pues, en la primera de la serie.
1918, el fin de una guerra aunque lo peor estaba por llegar.
Los periódicos auguraban una nueva recesión. Las industrias de guerra estaban cerrando y siete millones de hombres iban a quedarse en la calle. Otros cuatro millones regresaban de ultramar. Once millones de hombres a punto de entrar en un mercado de trabajo que estaba agotado.
En ese ambiente de miseria y racismo, con la Ley Seca y sus gangsters asomando la patita, en una ciudad repartida entre irlandeses, italianos y africanos en la que impera la corrupción -tanto en las calles como en sus estamentos oficiales-, Danny es el idealista primogénito del capitán Thomas Coughlin, de la comisaría del Distrito Doce, al sur de Boston. Y decimos idealista porque solo así se entiende su implicación en la fundación de un sindicato de policías cuando la palabra “sindicato” está siempre asociada con connotaciones muy negativas por no decir peligrosas, al anarquismo italiano -recordemos, por poner un solo ejemplo, cómo acabó el robo a mano armada y asesinato de dos personas atribuido en 1920 a dos inmigrantes italianos apellidados Sacco y Vanzetti.
El otro puntal en el que se sustenta esta auténtica epopeya americana es Luther Lawrence, un fugitivo afroamericano que llega a Boston en busca de una oportunidad de rehacer su vida y llegará a disputar un partido de béisbol frente a Babe Ruth -personaje real a quien Lehane le da también un papel importante en la novela-, una emergente estrella de ese deporte en los Boston Red Sox, una experiencia no muy agradable que Luther nunca podrá olvidar.
Las vidas de ambos llegarán a confluir en esa ciudad inmersa en la discriminación racial y económica, una sociedad en la que las diferencias entre ricos y pobres se van acentuando cada vez más, una ciudad que vive las primeras huelgas tanto del mundo del béisbol como de la propia policía, una ciudad de mafias, tanto irlandesa como italiana.
¿Novela negra? Por supuesto, pero también histórica, con un Lehane en estado de gracia -lo normal en él- diseccionando con rigor un periodo clave en la construcción de la democracia estadounidense.
Una de esas cuestiones -el racismo- sigue siendo un problema de plena actualidad medio siglo después cuando, en el verano de 1974, un juez de Boston pretende acabar con la discriminación en la escuela trasladando forzosamente a parte del alumnado de los institutos de barrios blancos a otros de mayoría negra y viceversa. Así lo dispuso el juez W. Arthur Garrity Jr., ordenando el intercambio de alumnos entre los institutos Roxbury High School -negros- y South Boston High School -blancos.
Pero cuando hablamos de barrios blancos no estamos hablando de barrios acomodados sino de lugares como Southie -así lo llaman sus orgullosos habitantes-, con viviendas sociales y apenas equipamientos, con vecinos pobres, delincuentes en muchos casos, pero blancos. Donde “la mayoría de los niños salen del vientre materno con una cerveza Schlitz y una cajetilla de Lucky Strike en las manos”. Que siempre ha habido clases incluso en la miseria. Tal vez, especialmente en la miseria.
Y ese es el tema de Golpe de gracia, la última novela -por el momento- de Lehane. Una historia protagonizada por Mary Pat, una mujer con carácter que perdió a un hijo en Vietnam aunque le queda la chica, Jules. Una chica que desaparece -y ya está bien con perder a un hijo- sin que la policía le dé demasiada importancia: “cosas de jóvenes, ya volverá”.
Paralelamente, un joven negro que muere arrollado por un tren en la estación de Columbia Road, en el corazón del barrio pobre pero blanco. Y las mafias irlandesas, caldeando el ambiente:
Cada vez que la pandilla de Butler acude a pedir algo, lo que está ofreciendo en realidad es protección, aunque nunca lo digan abiertamente. Siempre lo disfrazan de algún motivo nobel: el IRA, los niños hambrientos de donde coño sean, las familias de los veteranos de guerra, y hasta es posible que parte del dinero vaya a parar a eso. Pero la causa contra el transporte escolar forzado, al menos hasta el momento, parece totalmente legítima.
Y pocos cambios hay en ese sentido -mafias, diferencias entre pobres y ricos, racismo- dos décadas después, cuando nos encontramos con la pareja a que hacíamos referencia al principio, esos Kenzie y Gennaro que han recorrido las calles de Boston -y en especial las de Dorchester, el barrio natal de Lehane- a lo largo de las seis novelas que han protagonizado.
Y es en esta serie donde se desata la capacidad descriptiva de Lehane, con un Kenzie siempre irónico y alegre a pesar de estar permanentemente rodeado de peligros: su padre era un bombero maltratador -a pesar de que la ciudad le consideraba un Héroe-, su compañera es nieta del capo de una de las familias mafiosas italianas y casi todos sus amigos de la infancia son sujetos violentos que, en ocasiones, rayan la psicopatía, como es el caso de su inseparable protector, el traficante de armas Bubba Rogowski.
Kenzie y Gennaro tienen la oficina en el campanario de la iglesia de San Bartolomé -no nos pregunten cómo llegaron allí, léanlo en la primera de la serie, Un trago antes de la guerra-, en el corazón de Dorchester y a poca distancia de sus respectivos domicilios. Porque son de barrio y nunca han pretendido mudarse a otro punto de la ciudad. Un barrio contiguo al antes citado de South Boston que tampoco ha cambiado mucho en los últimos veinte años.
Southie nunca deja de asombrarme. En gran parte es una zona pobre, abarrotada y completamente descuidada. Los complejos de viviendas públicas de la calle D son tan espantosos como los que pueden verse en el Bronx: están sucios, mal iluminados e infestados de vándalos furiosos que pululan por sus calles con ganas de pelea y bates de béisbol.
Pero ya hemos dicho que, en las crisis, los pobres salen más pobres y los ricos, más ricos. Así que hay zonas de la ciudad -como la de ese puente que nos servía para iniciar nuestra visita- que sí han experimentado importantes transformaciones en los últimos tiempos:
Downtown Crossing era el antiguo distrito comercial de la ciudad, antes de que hubiera grandes almacenes y centros comerciales, de cuando las tiendas eran tiendas, no boutiques. La zona se renovó a finales de los setenta y principios de los ochenta, al mismo tiempo que buena parte de la ciudad, y tras la apertura de algunas boutiques, los pequeños negocios volvieron a florecer. La mayoría son establecimientos dirigidos a los jóvenes, a ese tipo de chavales que se aburre en los centros comerciales o que son demasiado modernos o demasiado urbanitas para poner un pie en los barrios residenciales de las afueras.
Por cierto, si visitan ustedes Downtown Crossing para verificar lo acertado y preciso de esta guía de viajes criminales, no estaría de más que se acercaran a la confluencia de Boylston St. con Charles St. y retratarse junto a la estatua de Edgar Allan Poe en su ciudad natal -le reconocerán por la maleta que lleva en la mano, el cuervo que le acompaña y la multitud de fotógrafos que le rodean permanentemente-. Y será la primera de las paradas en una ruta que, en lugar de denominar como Costa Este, podríamos haber denominado “Ruta de los lugares en los que vivió Poe”, como podrán comprobar según vayamos avanzando en el viaje.
Eso sí, transformaciones urbanísticas que, en ocasiones, han seguido unos gustos estéticos francamente cuestionables, como describe el bueno de Kenzie con su proverbial ironía valiéndose de un personaje de lamentable actualidad que ya era hortera en su juventud.
Yo invertí media hora en Eddie Bauer y otros veinte minutos en la sucursal de Banana Republic del centro comercial Copley Place. Pero enseguida empecé a sentir que se me revolvía el estómago en esa recargada atmósfera de cascadas de mármol y escaparates enmarcados en oro puro, como el de Neiman Marcus, donde se exhibían calcetines de rombos a ochenta y cinco dólares el par. Si Donald Trump vomitara, probablemente le saldría algo muy parecido a Copley Place.
Novelas tremendamente callejeras y, para contrariedad de Kenzie, cargadas de una violencia que él nunca querría ejercer, pero si no queda más remedio…
Calles estrechas, avenidas amplias donde abundan los bares en los que emborracharse junto a uno de sus pocos amigos “legales” -el inspector de policía Devin Amronklin-, los centros comerciales, los Dunkin’ Donuts, los almacenes abandonados -y las pandillas de jóvenes que también lo parecen-, que les aconsejamos recorrer a bordo de un clásico Crow Victoria marrón de 1986 -con su radiocasete extraíble escupiendo temas de los Stones, Dire Straits, Chieftains o Springsteen- o de la joya de la corona, el único capricho que se ha permitido en su vida el bueno de Kenzie: un Porsche Roadster del 59 que oculta con celo en un garaje de Cambridge Street.
Pero, ¿en serio se pensaban que íbamos a abandonar Boston sin darnos un paseo por las orillas del río Mystic?
Evidentemente, no. Evidentemente, una visita a Boston estaría incompleta sin referirnos a ese combo novela-película en el que no podemos decir si es mejor el libro o la fidelísima adaptación cinematográfica a cargo de Clint Eastwood y con un trío protagonista imbatible compuesto por Sean Penn, Tim Robins y Kevin Bacon en los papeles de Jimmy Markum -Marcus en la novela, una de las pocas licencias que se permitió el director-, Dave Boyle y Sean Devine respectivamente.
Damos por supuesto que todo aficionado al género negro ha visto la película o leído la novela que narra la historia de estos tres amigos de la infancia, uno de los cuales queda traumatizado por un suceso acaecido en 1975, veinticinco años antes de que sus vidas se reencuentre, ya de adultos, cuando Sean Devine -ahora policía- debe investigar el asesinato de la hija de Jimmy siendo el principal sospechoso el tercero de la lista, Dave.
Una historia de amistad, de violencia, de cadáveres que aparecen abandonados en las aguas del Mystic, a cuyas orillas se extiende el barrio obrero que vio crecer a sus protagonistas. Una novela con diálogos maravillosos casi reproducidos palabra por palabra en la película. Una película con escenas portentosas como algunas conversaciones entre Sean Penn y Tim Robins -ambos ganadores del Oscar a mejor actor protagonista y mejor secundario respectivamente- o esa en la que quince policías reales -una idea del director para dar mayor realismo a la escena- inmovilizan a Jimmy en el momento en que descubren el cadáver de su hija, escena que culmina en un plano picado inolvidable por su concepción y dramatismo.
Ahora, sí; ahora seguimos camino al sur pero queremos dejarles un bonus track a modo de deberes que les mandamos: Boston es casi inabarcable literariamente hablando y queremos pedirles -de rodillas si es preciso- que se hagan con un ejemplar de Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins, una de las mejores novelas negras de todo el siglo XX que, si bien no destaca por la descripción de las calles y edificios de la ciudad -como es uno de los objetivos de este libro de viajes- contiene una calidad en la construcción de los personajes fuera de lo normal y unos diálogos, alrededor del sesenta por ciento del total del texto según hemos leído por ahí, por los que cualquier escritor del género sería capaz de matar.
Si la edición es de Libros del Asteroide disfrutarán ustedes, además de un elogioso prólogo a cargo de Dennis Lehane, lo que nos parece un estupendo modo de cerrar este círculo criminal.
Próxima etapa: Nueva York







Pingback: El lugar de los hechos. Costa Este: X-ville | Revista Calibre .38