“Crimen y castigo”, un análisis criminológico de la novela, por Teresa Suárez

libroTeresa Suárez

En el imaginario popular está extendida la creencia de que los crímenes más salvajes son cometidos por personas que sufren algún tipo de trastorno mental, pero las estadísticas criminológicas demuestran que no es así, y que la mayoría de los delitos violentos son cometidos por personas normales.

“La cosa fue así. Verás, yo quería llegar a ser un Napoleón y por eso maté (…) el poder se da únicamente a quien tiene el valor de inclinarse y tomarlo (…) Yo quise atreverme y maté (…) ¡Esa es la verdadera causa!”

Mucho antes de conocer los motivos que le han llevado a tomar esa decisión, nos introducimos en la mente de Raskólnikov para seguir sus elucubraciones en las que se entremezclan, sin orden ni concierto, ideas pasajeras y las dudas sobre si será capaz de llevar a la práctica aquello. Sorprende que en medio de la aparente turbación que sufre su espíritu sea capaz de registrar hechos y circunstancias que harán más propicio su plan o pueden llevarlo al traste como, por ejemplo, la necesidad imperiosa de pasar desapercibido (que se refleja en su inmediata consciencia de que debe sustituir su ajado, raído y llamativo sombrero por una gorra más corriente), percatarse del peculiar sonido que la campanilla de la puerta de la usurera produce al tocarla o grabar en su mente que su vecino alemán de rellano se está mudando.

Aunque Rodia nos aturde e intenta confundirnos haciéndonos pensar que aún no tiene decidido su crimen, a mí no me engaña. La mayoría de los actos delictivos no se programan y es el factor OPORTUNIDAD el que juega un importante papel a la hora de decidir si el delito se lleva a cabo o no. ¿Y que está haciendo Rodia desde las primeras páginas? Estudiando los detalles, buscando el momento justo: está PLANIFICÁNDOLO.

Al leer la descripción del horrendo crimen me percato de que Dostoievski se refiere a Aliona Ivánovna, la víctima, unas veces como la anciana y otras como la usurera o la vieja, según le interese recalcar la atrocidad del asesinato y movernos a la compasión (“La anciana se apartó asustada, quiso decir algo más, más pareció que no podía y se quedó mirando al joven con los ojos enormemente abiertos”) o justificar a Raskólnikov e intentar que entendamos los motivos que le llevaron a elegirla, predisponiéndonos de paso en su contra (“una pulcritud así solo puede darse en las casas de las viejas mezquinas y viudas”).

Cuando visita por primera vez la oficina del inspector de policía del barrio comienza el castigo: “Una sensación tenebrosa de soledad y aislamiento, infinitos y dolorosos, se manifestó de pronto con toda conciencia en su alma”. Rodia pierde el conocimiento y durante días se debate entre el delirio y la cordura, asistiendo como espectador inconsciente, aunque alerta, a las cavilaciones que, tanto sobre su estado de salud como sobre el crimen, hacen las personas que durante sus episodios febriles no se separan de su lado. Cuando recupera las fuerzas necesarias para revelarse contra ese permanente control, escapa de su cuchitril dispuesto ora a suicidarse ora a entregarse, hasta que su encuentro con la muerte del funcionario alcohólico, su familia y sobre todo su hija Sonia, le hacen replantearse su situación. A partir de ahí se siente renacer mentalmente, que no físicamente, hasta el reencuentro con su madre y hermana ante las que el castigo se vuelve a presentar con toda su crudeza: “se quedó de piedra, sin sangre en la venas; la luz de la conciencia, repentina e insoportable, le fulminó como un rayo”.

Así he llegado a la tercera parte.

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La dualidad del alma humana, Jekyll y Hyde en Rodia: “Pero a veces no es hipocondríaco, sino frío e insensible hasta limites inhumanos. La verdad, es como si se dieran en el dos caracteres contrapuestos que se suceden uno al otro”.

En escena Porfiri Petrovich quien lleva la causa del asesinato: fornido, alto, rubio de unos cincuenta años pero tan bien conservado que aparenta bastantes menos, desconfiado, escéptico, cínico, partidario del viejo método de las pruebas materiales y que conoce muy bien su oficio. ¡Alerta Rodia!

A destacar el artículo escrito por Raskólnikov titulado “Acerca del crimen” en el que defiende que las personas se dividen en ordinarias “(…) es decir, el material, son por su naturaleza conservadoras, ceremoniosas, viven en obediencia y gustan de ser obedientes. A mi modo de ver, están obligadas a serlo, porque tal es su sino, y en esta condición no hay nada humillante para ellas”) y extraordinarias (“personas que pasan por encima de la ley, son destructoras o están inclinadas a serlo, según su capacidad. Sus crímenes, como es natural, son relativos, y presentan muchas variedades. (…) si para el cumplimiento de sus ideas necesitan pasar, aunque sea por encima de un cadáver, han de derramar sangre, a mi modo de ver, en su fuero interno y sin remordimiento de conciencia han de permitirse pasar por encima de la sangre. (…) de todos modos no hay por qué inquietarse mucho: la masa casi nunca reconoce ese derecho a tales hombres, los decapita y los ahorca, y con ello cumple con justicia su función conservadora, lo cual no es obstáculo para que en las siguientes generaciones esa misma masa coloque a los decapitados en un pedestal y los venere. La primera categoría es siempre dueña del presente; la segunda, lo es del futuro”.

Tras leerlo, Porfiri se pregunta si jugará Rodia en la liga de los hombres extraordinarios.

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En 1866 Dostoievski ya adelantaba el núcleo de la idea del Superhombre (que Nietzsche desarrolló años más tarde en “Así habló Zaratustra”): una persona capaz de generar su propio sistema de valores identificando como bueno todo lo que procede de su genuina voluntad de poder. Los valores  tradicionales someten a las personas más débiles a una “moralidad esclava”, el “espíritu gregario” que provoca en ellos resignación y conformismo hacia todo lo que sucede a su alrededor. Esos valores tienen que desaparecer para que aparezcan otros nuevos que representen su arquetipo de hombre ideal.

Nietzsche se declara admirador de la capacidad de Dostoievski para analizar en profundidad los aspectos más oscuros del alma humana: El criminal y sus afines. El tipo del criminal es el de un hombre fuerte situado en unas condiciones desfavorables, un hombre fuerte que se ha puesto enfermo. Hubiera necesitado una selva virgen, una naturaleza y un modo de vida más libres y peligrosos, donde no hubiese habido más leyes que las armas de defensa y de ataque que adornan el instinto del hombre fuerte. Sus virtudes han sido condenadas por la sociedad; los instintos más enérgicos que son innatos a él se han mezclado pronto con las emociones depresivas, con el recelo, el miedo, el deshonor. Ahora bien, ésta es prácticamente la receta para degenerar fisiológicamente. Quien se ve obligado a hacer a escondidas, con una tensión, una previsión y una astucia mantenidas durante mucho tiempo, lo mejor que podría y que más le gustaría hacer, se vuelve anémico. Como lo único que obtiene de sus instintos son peligros, persecuciones y catástrofes, hasta sus propios sentimientos terminan volviéndose contra esos instintos, a los que considera como una fatalidad.

En nuestra sociedad domesticada, mediocre y castrada, un hombre que viene de la naturaleza, de las montañas o de correr aventuras por los mares, degenera fácilmente en criminal. O casi necesariamente ya que hay veces en que dicho hombre se muestra más fuerte que la sociedad: el corso Napoleón es el caso más célebre.

Respecto a esta cuestión reviste una gran importancia el testimonio de Dostoievski, el único psicólogo, dicho sea de paso, que me ha enseñado algo. Dostoievski ha sido una de las mayores suertes de mi vida, más incluso que mi descubrimiento de Stendhal. Este hombre profundo, que tenía todos los derechos para despreciar a un pueblo tan superficial como el alemán, quedó impresionado de muy distinta forma de cómo él esperaba cuando convivió durante un largo tiempo con los presidiarios de Siberia. Estos criminales, autores todos ellos de graves delitos y sin responsabilidad alguna de reinserción social, le parecieron individuos tallados en la mejor y más preciada madera del territorio ruso” (“El ocaso de los ídolos”, 45).

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El reparto del “Crimen y castigo” de Josef von Stemberg (1935)

 

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Comienzo la cuarta parte con un nuevo y misterioso personaje: Svidrigáilov, procaz, vicioso, corrupto, el Hyde de esta historia. Llega para saltarse las convenciones, las normas y al propio autor y su religiosidad nada encubierta.

Leí este libro hace muchos años y me estoy dando cuenta de que en esta segunda lectura no me está produciendo el mismo efecto que la primera vez. Pensando sobre cual podría ser el motivo, me he dado cuenta de que no se debe tanto a mi educación académica posterior sobre estos temas, que la ha habido, sino sobre todo a mi educación visual.

Vivimos inmersos en una cultura que ni condena ni escatima la violencia. Cualquier novela negra que se precie debe tener, como mínimo, dos o tres cadáveres, mientras que en las series o películas, se trate casi del género que sea, los muertos se cuentan por capítulos o metraje. Las noticias diarias muestran los efectos de las guerras, las plagas o el hambre en todo el mundo. Estamos tan acostumbrados a convivir con la muerte (como imagen lejana, no como algo que nos puede suceder a nosotros o a nuestros seres queridos) que un libro que gira alrededor de un solo crimen planificado, aunque acompañado de otro que no lo fue, no te impacta de la misma manera.

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Quinta parte. Me han impresionado, por lo actuales, estas palabras referidas a Andréi Semiónovich, compañero de piso de Piotr Petróvich, pretendiente despreciado por Dunia: “Formaba parte de la legión numerosa y diversa de espíritus vulgares, de abortos encanijados y déspotas a medio instruir, que se adhieren a la idea más en boga para adocenarla al instante, para convertirla en caricatura en un santiamén, lo cual algunos hacen, a veces, con la mayor buena fe del mundo”. No he podido evitar relacionarlas, sin ánimo de ofender a nadie, con lo que ahora está ocurriendo con esa adhesión abnegada, desprovista de toda capacidad de crítica y reflexión, que demuestra gente de lo más variopinta hacia algunos fenómenos políticos de nuevo cuño.

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Sexta parte. Con frases como “Quien sabe si no es lo que Dios espera de usted. Además, la condena no es una cosa eterna”, “¡No es usted un miserable sin remedio!” o “el sufrimiento también es una cosa buena. Sufra usted”, Porfiri Petróvich, quien siempre supo de la culpabilidad de Rodia, impele a éste a confesar su crimen y entregarse. “¿Acaso no lavarás la mitad de tu crimen al aceptar el sufrimiento?” le insiste su hermana en los mismos términos.

Pero Rodia no se arrepiente: “¿Mi crimen? –gritó él, de súbito, en un repentino ataque de furor- ¿El que haya matado a un piojo nocivo, asqueroso, a una vieja usurera que no hacia falta a nadie? Por matarla habían de perdonar la mitad de los pecados (…) ¿Por qué me repiten todos, de todas partes: “tu crimen, tu crimen”? Solo ahora veo con claridad cuan absurda ha sido mi cobardía, ahora que ya me he decidido a pasar por esta innecesaria vergüenza”.

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Epílogo: Siberia. Raskólnikov en presidio, condenado a tan solo ocho años de trabajos forzados de segunda categoría. El testimonio de diferentes psicólogos (que atribuyeron el acto criminal a una locura pasajera, a una “enfermiza monomanía de asesinato y robo, sin ulteriores objetivos y cálculos interesados”) y de amigos y conocidos (que hablaron al tribunal de sus buenas obras) han contribuido a la benevolencia de la misma. Él sigue sin demostrar arrepentimiento.

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Conclusiones:

El protagonista no padece ningún tipo de patología mental, sino que se trata de un hombre lúcido que cometiendo el crimen, de paso que libra a la sociedad de una persona a la que considera un parásito, intenta demostrarse a sí mismo si, como él se considera, realmente es un hombre superior a la media para quien las leyes y normas sociales están hechas para saltárselas en aras de un fin superior que escapa a la comprensión del común de los mortales.

El crimen no responde a un impulso patológico incontrolable, sino que es obra de un asesino organizado que lo planifica cuidadosamente desde el principio.

El protagonista no se arrepiente de haberlo cometido: “¿Por qué mi acción les parece tan vituperable? –se preguntaba- ¿Por qué es un crimen? ¿Qué significa la palabra crimen? Mi conciencia está tranquila. Naturalmente he realizado un acto condenado por el código penal; naturalmente, he violado la letra de la ley y ha vertido sangre; bueno, tomad mi cabeza por la letra de la ley y…, ¡basta! (…) en lo único que reconocía su crimen: solo en no haber llegado hasta donde se proponía y haberse denunciado a si mismo”. Únicamente cede a la presión del resto de personajes que, de una u otra manera, lo van empujando hacia el desenlace.

Acepta el castigo para expiar su delito como la forma más cómoda y fácil de seguir adelante con su vida: “Si me decido es solo por vileza e incapacidad, y quizá por el beneficio que reporta, como me propuso ese… Porfiri…”

En ningún momento el autor cuestiona la elección de la víctima, sino que nos condiciona con sus calificativos y observaciones sobre la misma (siempre es la vieja o la usurera, en contadas ocasiones se refiere a ella como la anciana). Ninguno de los personajes considera aberrante haber matado a la vieja, como mucho se duelen de que haya sido asesinada su hermana, un daño colateral, dando con ello la impresión de que la asesinada, por cobrar intereses elevados por sus prestamos mereciese la muerte (¡ja, ni un banquero iba a quedar ahora!). Pero no olvidemos que Raskólnikov no es una persona sin recursos ni formación, sino todo lo contrario. Recibe ayuda de su madre y hermana, tiene la posibilidad de dar clases y su amigo le propone hacer traducciones de libros con lo que sacaría suficiente para vivir y pagarse los estudios.

De la noche a la mañana la inteligencia superior de Rodia cede ante el poder del amor incondicional de Sonia que lo redime de su culpa, auxiliada por la religión. El epilogo, después de capítulos verdaderamente soberbios por el contenido y pioneros en la forma, resulta excesivamente simplón, edulcorado y sentimentaloide.

En cualquier caso, más allá de cualquier pequeña debilidad que pueda presentar, esta es una novela que todo amante de lo negro y criminal debería leer porque, como afirma Harold Bloom, crítico y teórico literario estadounidense, en su ensayo Cómo leer y por qué: “Ciento treinta años después de su publicación, Crimen y castigo sigue siendo la mejor novela de asesinato que se ha escrito”.

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