De un asesinato, tres detectives y dos escritores. El nacimiento de la novela policial

Juan Mari Barasorda

E. A. Poe había conocido personalmente a la infortunada cigarrera Mary Rogers cuando, en 1842, escribió el segundo relato protagonizado por Auguste Dupin: “El misterio de Marie Roget”. Dashiell Hammett utilizó los casos que había conocido como detective para escribir sus primeros relatos. La realidad fue, ha sido y será, fuente de inspiración del escritor policial. El nacimiento de la novela policial también se basa en un asesinato real.

La División de Investigación Criminal de la Metropolitan Police en Londres (Detective Branch) fue creada el mismo año en el que Poe escribió “El misterio de Marie Roget”, y en 1860 se hizo cargo de la investigación del asesinato de Road Hill, un suceso que hizo correr ríos de tinta en los tabloides londinenses: el asesinato del pequeño Francis Saville Kent.

El 30 de junio de 1860, a las 7 de la mañana, un grito despertó a la familia Kent: Elizabeth Gough, la niñera, había descubierto que el pequeño Francis no estaba ni en su habitación ni en el resto de la casa. Su búsqueda terminó en las letrinas del servicio. Apuñalado. Su garganta estaba cortada de parte a parte. Su sangre, derramada en las baldosas.

Road Hill

Mr. Kent era un abogado de prestigio y era urgente encontrar al culpable, pero las investigaciones preliminares fueron infructuosas. Se buscaron huellas en pomos y ventanas -la del salón fue la única que apareció abierta de par en par aquella mañana-, se interrogó a los testigos… siempre bajo la presión de la prensa y del Comisionado de Kent. Al final, el Ministerio del Interior decidio asignar a sus mejores hombres al caso: el detective inspector Jonathan Whicher y los detectives sargentos Adolphus Frederick Williamson y Richard Tanner.

Whicher ya había conseguido una gran fama por la resolución de casos anteriores y era conocido por sus compañeros como “el príncipe de los detectives”. Tenía fama de inteligente y metódico -“era reservado y pensativo como si estuviera haciendo profundos cálculos matemáticos”, dijo de él Charles Dickens- y llegó a Kent House dos semanas después del asesinato, cuando muchas pistas se habían perdido, y solo con los interrogatorios que realizó y con su capacidad deductiva se atrevió a formular una acusación… Y no era contra la principal sospechosa para todo el mundo, la institutriz. Whicher tenía otra sospechosa: Constance Kent, una de las hermanas de la victima.

Constance Kent tenía carácter, ganaba al boxeo a los muchachos de su edad, se había fugado con su hermano menor dos años antes para escapar de aquel hogar que odiaba y, lo más importante, tenía un motivo: odiaba a su madastra. Pero la convicción de Whicher no era prueba suficiente y el magistrado archivó la causa. Constance se retiró a una institución religiosa y Whicher cayó en desgracia, retirándose tres años después del cuerpo de policia. Ni siquiera su admirador Dickens escribió un artículo en su favor.

Charles Dickens

Un año más tarde, Constance entró en Bow Street -sede de la magistratura en Londres- y confesó el asesinato de su hermano. Tenía 21 años, fue condenada a muerte y su pena conmutada por la reina Victoria. Whicher murió en 1881, nunca fue rehabilitado ni reconocido y se dedicó los últimos años de su vida a ser un detective privado. Constance salió de la cárcel 4 años mas tarde y simplemente desapareció. Cambió su nombre por el de Emily Kaye y empezó en Australia una nueva vida acompañada por su hermano William Saville-Kent, eminente zoólogo y naturalista que dejó un importante puesto en el Museo Británico para iniciar otra vida en las antípodas, allí donde nadie había oído hablar del asesinato de Road Hill. Nunca quiso abandonar a su hermana, una hermana que le adoraba, que tal vez reconoció un asesinato para proteger a su hermano pequeño que también odiaba a su madastra, una mujer que vivió dos vidas y que murió con cien años. Un pasado que desapareció de la memoria de quienes vivieron los acontecimientos, entre ellos dos escritores: Wilkie Collins y Charles Dickens.

Charles Dickens, de quien este año se cumple el 200 aniversario de su nacimiento, tenía una afición que fue creciendo con su calidad como escritor. En el victoriano Londres de 1850, Dickens gustaba de vagar por las noches como un fantasma. Un escritor, una sombra, sumergido en la niebla, al igual que Poe cuando seguía los pasos del asesino de su bella cigarrera. Un Dickens que recorría callejones y tugurios y se internaba en fumaderos de opio. El Londres victoriano más oscuro, negro y criminal, en el que por las noches Dickens podía cruzarse con Thomas de Quincey fumando opio y disertando sobre el asesinato como una de las bellas artes y a la mañana siguiente asistir a la multitudinaria ejecución por asesinato del matrimonio Manning. Dickens escribió un ensayo sobre aquellos paseos, que tituló “Night Walks”. Incapaz de dormir por las noches en aquel Londres oscuro por cuyas solitarias calles deambulaba, sus paseos le permitieron descubrir a los personajes que adornarían su mundo literario: ladrones –pickpockets-, prostitutas, fumadores de opio, huérfanos sin techo, criminales sin alma como los Manning. Era su mundo.

Inspector Charles Frederick Field

Aquel submundo lo recorrió Dickens con dos amigos que le hicieron compañía. Uno fue Charles Frederick Field, recién nombrado Detective en Jefe de la División de Investigación Criminal de la Metropolitan Police, un hombre increíble al que únicamente podríamos comparar con Vidocq (pero esta sera otra historia), no solo por su afición al disfraz sino por ser respetado por el submundo criminal que habitaba entre la niebla que surgía del Támesis. Dickens se refería a Field como “uno de mis guías nocturnos” y le dedicó su mayor respeto en un articulo que publico en 1851 en su periódico, el Household Words: “Oh Duty with Inspector Field”. Field le contaba casos criminales a Dickens y éste los contaba a su vez en su Household Words, relatos en los que los que escribía de Field o del propio Whicher, al que admiraba por su capacidad deductiva, unas lecturas que sin duda cayeron en las manos de un tal Conan Doyle años mas tarde.

1851 fue también el año en que Dickens conoció a Wilkie Collins. Ambos recorrieron juntos aquellos callejones y se hicieron habituales fumadores de opio, en el caso de Wilkie Collins para mitigar los dolores de su gota reumática. De aquel mundo imaginado y de la pasión de Dickens por la investigación surgió una gran novela. No una novela policial en sentido estricto, pero sí una novela que contenía un whodunit perfectamente planteado y un detective que inauguraba un género en Inglaterra. La novela era “Casa desolada” (Bleak House, 1852), una narración de tramas cruzadas en la que el enigma policial es casi una anécdota y en la que aparecía el inspector Bucket, un detective de la Metropolitan Police en el que Dickens refleja a su amigo Field, al igual que refleja a la asesina Maria Mennig como Hortense, la doncella. Un guiño, tal vez un juego.

Tras Bleak House, la afición de los dos escritores por la investigación criminal crece. Siguen el crimen de Road Hill no solo por los periódicos: Field les mantiene informados, se entrevistan con Whicher, recopilan toda la información del juicio, debaten sobre quién puede ser el asesino. En 1868, en un viaje a París, Dickens y Collins descubren las primeras novelas de Emile Gaboriau: “El caso Lerouge” y “El dossier nº113” y, con ellas, a Monsieur Lecocq, el detective de la Sûreté al que Gaboriau dio vida basándose en la figura de Eugene Vidocq.

Era un reto, tal vez una simple mecha que se había encendido unos años atrás. Wilkie Collins escribe en 1868 “La piedra Lunar”. En palabras de T. S. Elliot “la primera y la más perfecta novela policial jamás escrita”. Dorothy L. Sayers, en 1944, volvió a calificarla como la “mejor novela policial”. Una novela excepcional donde se cuenta el enigma de la desaparición de un diamante que cambia de color –Moonstone– y en la que aparece un detective inmortal: el sargento Cuff, un enamorado del cultivo de las rosas, uno más entre la galería de maravillosos personajes que nos regala W.Collins en su “romance” -como él mismo lo denominó-. La primera novela británica de detectives, una novela en la que Collins recrea una mansión y un universo de personajes que toma prestados del caso de Road Hill. No es casualidad que muchas de sus ediciones mantengan el apéndice que W. Collins consideraba indispensable para entender el “clima” de su obra: el sumario del juicio de Road Hill.

Wilkie Collins

Si Wilkie Collins quedó subyugado por el asesinato de Road Hill, lo mismo le sucedía a Dickens. Tras leer la novela de su amigo afirma que puede escribir otra historia y mejorar la trama. Como Dickens explicó, “una novela policial de trama rigurosa y final inesperado”. Una novela “muy difícil de elaborar” según le contó a su biógrafo. Así, empieza a publicar “El misterio de Edwin Drood” en abril de 1870. Pero el 9 de julio de 1870, después de escribir seis de las doce entregas de las que iba a constar la novela, Dickens muere. La novela queda inconclusa, pero en las entregas publicadas ya se percibe la huella del crimen de Road Hill: los hermanos Landless recuerdan a los hermanos Kent (se habían fugado de casa como aquellos y Helena se disfraza de chico). “El misterio de Erwin Drood” ha permitido a lectores y escritores (Dan Simmons, por ejemplo) imaginar su solucion, desde el culpable más obvio -el fumador de opio Jaspers- al más imposible. La pasión por el juego, por descubrir la trampa que Dickens tenía preparada, tal vez que Edwin Drood no está muerto y se oculta bajo un disfraz: el del detective Datchery … G. K. Chesterton afirmó en el prologo de “El misterio de Erwin Drood” que Dickens era quien había inventado la novela policial. Y añadió: “es en eso en lo que la novela policial difiere de cualquier otra novela: el novelista común no quiere que sus lectores se aparten del tema; el novelista policial, como Dickens, quiere desviarlos continuamente. Cualquier cosa escrita por Dickens puede significar lo opuesto a lo que dice, y aun si descubriéramos la solución correcta no sabríamos que lo es. Edwin Drood pudo o no morir, pero seguramente Dickens no murió. Nuestro detective -así califica a Dickens- vive, porque un cuento cumplido puede dar la inmortalidad al escritor, pero un cuento inconcluso sugiere otra inmortalidad”.

Con “El asesinato de Road Hill” (2008), Kate Summerscale consiguió el premio a la mejor novela británica basada en hechos reales, aunque la historia de aquella investigación ya había sido contada en un libro escrito por el medico de la familia Kent, Joseph Whitaker Stapleton, en 1861: “El gran crimen de 1860”. Kate Summerscale lo leyó y creó una obra personal, escrita desde la perspectiva del detective inspector Whicher quien, con su intuición, descubrió a la asesina y cavó su tumba profesional. La escritora incluso formula su propia deducción: fue el inspector Whicher el modelo tomado por Dickens para su inspector Bucket y por Wilkie Collins para su inmortal sargento Cuff.

Pero a mí también me gusta investigar. No tengo duda en que el modelo de Dickens había sido su amigo Charles Frederick Field, tanto o más que Whicher. Tal vez cabía pensar que el modelo del sargento Cuff podía ser también no solo Whicher. Sabemos que Whicher se tuvo que retirar en 1863, luego difícilmente podía haber asesorado a Wilkie Collins durante los años previos a la publicación, en 1868, de “La piedra lunar”. Sin embargo, Collins sí se refiere a un inspector W. que le fue de suma ayuda. ¿Quién? Cuando Whicher abandona el servicio deja a dos hombres al frente de la Detective Branch, a los que propone para el cargo de inspectores. Son los sargentos Richard Tanner y Adolphus Frederick Williamson. Adolphus (Dolly) Williamson era su protegido, su mejor hombre, el más sagaz e inteligente. Le llamaba “el filósofo”. Es Adolphus Williamson, más tarde famoso por el caso de Jack el Destripador, quien será recordado siempre en la Detective Branch como el más brillante de los detectives de dicha División. En 1867 es nombrado Inspector Jefe, y Superintendente en 1870. Y era, además, un apasionado del cultivo de las rosas. Así pues, parece que Wilkie Collins quiso homenajear a la vez a dos hombres a los que tenía gran aprecio.

Y así termina esta historia de detectives y asesinos y de escritores que quisieron rendirles un homenaje. Escribir, descubrir, leer… Tal vez todo sea la misma enfermedad. Como diría Betteridge, el viejo mayordomo de “La piedra lunar”: “¿Sentís una sensación extraña en la boca del estomago? ¿Y un martilleo en la cabeza? ¿Aún no? Os acabará atrapando, es la fiebre detectivesca.”

Continuará…

8 comentarios en “De un asesinato, tres detectives y dos escritores. El nacimiento de la novela policial

  1. … y todavía apasionan a quienes los leen. Cuando no había tecnología, ni CSI, ni huellas digitales. Cuando ser policía de homicidios era más un desafío intelectual y de paciencia que cualquier otra cosa, estos magos de la escritura dieron vida a personajes eternos. Chapeau!

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