El largo adiós. Henning Mankell (1948-2015)

Henning Mankell (1948-2015)

Teresa Suárez

Mi primer amor detectivesco, ese que nunca se olvida, fue el inimitable Holmes. Me enamoró su inteligencia, esa capacidad suya para resolver los casos más difíciles empleando la observación y el razonamiento deductivo.

Tras mi largo romance con Sherlock cruce el charco y desembarque en L.A., donde me esperaba Philip Marlowe, un detective cínico, solitario, desencantado, tierno y honesto, cuya labia (“tantas pistolas rodando por la ciudad y tan pocos cerebros”), su mejor arma, se ganó todo mi afecto.

Pasado un tiempo, ávida de nuevas experiencias delictivas, abandoné la gran ciudad para conocer la América profunda. Primero fue Potts Country, un pequeño pueblo del sur de EEUU, donde el sheriff Nick Corey, de apariencia inofensiva y actitud holgazana, me enseñó que nada es lo que parece.  Le siguió Central City, localidad petrolera al oeste de Texas, donde la vida transcurría aburrida y tranquila hasta que otro representante de la ley, el sheriff adjunto Lou Ford, en apariencia de pocas luces, un buen día liberó toda la violencia que llevaba dentro dejando a su paso un reguero de sangre y muerte, demostrando a sus vecinos que, contrariamente a lo que creían, lejos de ser un hombre afable y tranquilo en realidad llevaba El demonio bajo la piel. En mi huida de tanto loco llegué a la frontera con México donde, tonta de mí, me creí a salvo, pero un intercambio de drogas fallido, en un rincón perdido del desierto donde los cadáveres se contaban con ambas manos, me convenció de que aquel no era país para viejos y salí de naja.

Henning Mankell … 'Now the counterattack against my tumours will begin.' Photograph: Felix Clay for

Como mi regreso al viejo continente no mitigó mi atracción por policías y detectives de todos los pelajes, decidí explorar nuevos territorios y animada por mi amigo Juan, gran admirador de su obra, viajé hasta el Norte de Europa para conocer a Henning Mankell, mi primer sueco.

Reconozco que su Kurt Wallander, inspector de policía en la pequeña y encantadora Ystad, cerca de Malmö, fue un remanso de paz después de tanta crudeza americana: tranquilo, cansado, tan melancólico como la niebla persistente de su Suecia natal. Devoré de un tirón todas las novelas de la serie excepto La pirámide (cronológicamente la primera porque relata pasajes de la vida de Wallander anteriores a los narrados en el resto de las novelas) y Huesos en el jardín, la última de la saga.

Nuestro idilio, corto pero intenso, desde el principio estuvo condenado al fracaso. ¡Demasiado frío y contenido para mi impetuosa naturaleza, siempre dispuesta a husmear en asuntos peligrosos, mejor cuanto más sórdidos!

La corriente nórdica arrastró hasta la orilla de mi rincón de lectura a otros autores venidos del frío, pero ninguno de ellos, ninguno, consiguió lo que Mankell: que durante todo un verano le fuera infiel con sus novelas a los escritores americanos que siempre han gozado de mis preferencias en esto de lo negro y criminal.

Henning Mankell ha fallecido a los 67 años en Gotemburgo.

Constantino Cavafis pone letra a mi despedida:

Con todo no podía eso durar mucho. La experiencia
de los años me lo muestra. Pero sin embargo un tanto abruptamente
vino el Destino y lo detuvo.
Breve fue la hermosa vida.
Mas cuán intensos fueron los perfumes,
en qué maravillosos lechos nos acostamos,
a qué placer nuestros cuerpos entregamos.
Un eco de los días del placer,
un eco de aquellos días vino hasta mí,
algo del ardor de nuestra juventud;
volví a tomar en mis manos una carta,
y leía una y otra vez hasta que me faltó la luz.
Y salí al balcón melancólicamente,
salí para cambiar de pensamientos mirando al menos
un poco de la ciudad amada,
un poco del movimiento de la calle y los negocios”.

Descansa en paz Henning.

Henning Mankell nació en 3 de febrero de 1948 en Estocolmo (Suecia) y falleció en 5 de octubre de 2015 en Gotemburgo (Suecia).

Un comentario en “El largo adiós. Henning Mankell (1948-2015)

  1. Muy emotiva despedida, Teresa. Emotiva e inteligente. Hay pasión en ella. Además, en pocas palabras, sabes decir mucho. Tal vez una escapada por Maputo para contemplar sus obras de teatro, tal vez una escapada por Palestina, a la que Mankell apoyaba contra la vorágine, mayor y real de los crímenes en ambos lados de los muros, que en esos otros de papel…, tal vez se echa de menos. Tal vez, digo. Pero ese menos no quita que haya fuego humano en la despedida, tanto en Cavafis como en Teresa. Eso sí, Wallander, con sus miedos y sus blandenguerías, nunca desaparecerá, como tampoco desapareció Carvalho con su cinismo, don Quijote con su idealismo… y tantos otros. Esa es la grandeza de la literatura sin etiquetas.

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