“El alcornoque de los muertos”, de Fernando Roye, por Ricardo Bosque

alcornoqueRicardo Bosque

Aproximadamente un año después de su debut, llega la segunda entrega de las aventuras protagonizadas por el sargento de la Benemérita Carmelo Domíguez, ese hombre de desconcertante mirada negra y azul creado por Fernando Roye.

En El caso de la mano perdida, la novela que supuso la aparición del personaje, Roye hacía gala de un humor exquisito, sutil y por momentos incluso algo naíf para narrar de un modo soberbio las idas y venidas de la mano de un cadáver que, dentro del bolsillo de Domínguez, se recorre media Sierra Morena de los años cincuenta al tiempo que nos cuenta, con acertadas pinceladas, como era la vida cotidiana en una casa cuartel y un pueblo de provincias de la época.

En El alcornoque de los muertos, una obra más madura y elaborada que la primera, Fernando Roye prescinde en parte de ese humor que caracterizó su primer trabajo -aunque seguiremos encontrando toques que nos arrancarán una sonrisa- para centrarse más en el aspecto humano, en la dificilísima convivencia en entornos tan cerrados como el que representa una pequeña comunidad de varios cientos o miles de habitantes en los que el bando ganador del golpe de Estado de 1936 ha copado posiciones y está representado en todos los frentes, desde el alcalde al cura, desde el cacique al estraperlista de turno.

Convivencia más difícil, si cabe, por la endogamia que caracterizó en su día a estas sociedades -y en la actualidad, por supuesto, que raro es el pueblo de pocos habitantes en el que buena parte de ellos, incluso los unidos en matrimonio, no son familiares en mayor o menor grado- y que provoca que las tensiones interpersonales estén a la orden del día y puedan acabar del peor modo posible. ¿Se imaginan ustedes una cena de Nochebuena? Pues así, todo el año.

Arranca la historia con lo que parece una simple gamberrada: varios de los miembros de las fuerzas vivas del lugar aparecen colgados en el conocido como “alcornoque de los muertos”. Y digo gamberrada porque los ahorcados no son las personas de carne y hueso sino sus representaciones en peluche. Las fuerzas vivas -entre ellos el alcalde y el rico del lugar- presionarán a Domínguez para que descubra la autoría de lo que consideran un atentado a la autoridad tras el que podría encontrarse un legendario miembro del maquis local. Evidentemente, el sargento hará oídos sordos a tal sugerencia pero abrirá bien sus enigmáticos ojos para ver lo que otros no distinguen, máxime cuando, finalmente, sí aperece un cadáver real colgado del citado alcornoque.

Junto a él, los números a los que ya conocimos en la entrega anterior, con un Benito Viedma -el aficionado a las novelas policíacas- emulando al fiel Watson de Holmes y con una novela entre manos que quiere escribir y que lleva por título provisional Carmelo y la mano sin cuerpo.

En paralelo, y con el objetivo de mostrar el lado más humano del en ocasiones ausente guardia civil, una subtrama con los problemas que suelen dar los hijos, sobre todo cuando a los once años ya son considerados como el hombrecito de la familia, siempre por encima incluso de sus hermanas mayores.

Menos humor, por tanto, pero más profundidad en una segunda novela que confirma la calidad que ya se le adivinaba al personaje hace poco más de un año, una novela opresiva que retrata con fidelidad unos paisajes históricos de color intensamente gris tirando a negro.

 

El alcornoque de los muertos
Fernando Roye
Sinerrata

2 comentarios en ““El alcornoque de los muertos”, de Fernando Roye, por Ricardo Bosque

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