“Tres días de agosto”, de Jordi Sierra i Fabra, por Ricardo Bosque

tres-dc3adas-de-agostoRicardo Bosque

Todo comenzaba en Cuatro días de enero de 1939, en una Barcelona a punto de ser ocupada por el ejército franquista, la hija de una prostituta asesinada y una buena mujer enfrentada a un cáncer en fase terminal, lo que impide a su marido, inspector de policía del gobierno de la República, huir del país lo antes posible como aconsejan las normas más elementales de prudencia.

A partir de ahí, algo más de una década resumida en 36 días de la vida de ese inspector al que conocimos con 55 años y que cuenta en la actualidad con 70 primaveras, viudo de Quimeta y casado en segundas nupcias con una mujer a la que dobla la edad.

Estamos, ya, en Tres días de agosto de 1950, en una jornada de calor sofocante que el matrimonio formado por Miquel Mascarell y Patro se disponen a pasar en la playa, pero ésta es secuestrada suponiendo el punto de partida del caso más angustioso en el aspecto personal para nuestro querido inspector: si quiere que su mujer sea liberada deberá resolver, en un plazo de tres días, un caso cerrado en falso doce años atrás.

Si algo caracteriza a esta serie escrita por Jordi Sierra i Fabra es la muy acertada ambientación de las tramas, esos escenarios, esas calles que el lector siente vivas, labor para la que -como reconoce el autor en los agradecimientos de varios de los títulos publicados hasta la fecha-, la memoria de otro escritor catalán, Francisco González Ledesma, resultó vital a la hora de obtener de primera mano tantos detalles que hacen de la serie un documento histórico excepcional a la hora de conocer o recordar nuestra historia más reciente.

Otro de los puntos fuertes de la serie son unas tramas bien trabajadas y desarrolladas con buen pulso, con naturalidad, facilitando al máximo su lectura, si bien en esta última entrega el lector podrá apreciar -así ha sido al menos en mi caso- una cierta dejadez, algo de precipitación, demasiada previsibilidad en cuanto a la resolución de un crimen cometido en un entorno muy cerrado -un grupo de seis amigos y las novias de algunos de ellos-, hasta el punto de que no hace falta demasiada imaginación para adivinar, demasiado pronto, tanto la autoría del crimen como a los implicados en el secuestro que obliga a Mascarell a investigar, implicados que van de la cabeza pensante al brazo ejecutor.

A pesar de ello, Tres días de agosto es, como las seis anteriores, una novela intensa, eficaz, dotada de buen ritmo y que se lee con suma facilidad. Una novela que, desde luego, hará las delicias de los incondicionales de Mascarell, un hombre del que en alguna parte he leído que se parece al citado González Ledesma. Es posible, no lo niego. Lo que está claro es que sin su memoria le habría resultado complicado a Sierra i Fabra componer una heptalogía -que supongo se ampliará en próximos años con dos entregas a resolver en uno y ocho días respectivamente- en la que los escenarios son tan o más importantes como las propias tramas, por otra parte sumamente adictivas.

 

Tres días de agosto
Jordi Sierra i Fabra
Plaza & Janés

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