Reseña: “La capital del mundo”, de Gonzalo Garrido

bilbaoRicardo Bosque

Ertzainas, cocineros, profesores de universidad, jerarcas del partido (y cuando digo partido digo PNV, claro), jueces, cirujanos plásticos, programadores culturales del BBVA, alcaldes, directores de empresas públicas, etarras arrepentidos y de los otros… Nadie, nadie en Euskadi o incluso Euskal Herria si me apuran se libra de la mirada mordaz y la lengua viperina de Ricardo Malpartida, detective privado que ya desde el nombre, qué quieren que les diga, me ha caído bien.

Gonzalo Garrido, quien ya diera un buen repaso a la sociedad bilbaína de principios del siglo XX en la excelente Las flores de Baudelaire, se queda ahora en el Bilbao contemporáneo para ponerlo patas arriba en su última novela, La capital del mundo, cerca de 300 páginas de puro disfrute, de investigación calmada pero sin pausa en la que autor y detective no dejan títere con cabeza en la bien y malpensante sociedad vasca.

La excusa, el hallazgo del cuerpo sin vida de un científico de relumbrón descubierto en un céntrico apartamento cuando el edificio es derruido con todos los medios de comunicación pendientes del evento. Diagnóstico oficial: suicidio, algo que su viuda no está demasiado dispuesta a aceptar, al igual que Malpartida, detective contratado al efecto que considera que las fuerzas vivas de la ciudad se han dado demasiada prisa por echar tierra sobre el cadáver a pesar de las evidencias que invitan a pensar que ha sido otra mano la que ha apoyado el arma en la sien del investigador.

Ayudado por Francisco -portero del decadente rascacielos en que el detective tiene lo que considera su oficina-, por un policía de Comisiones Obreras y un abogado que no hace ascos a nada que huela a dinero, Malpartida irá dando tumbos mientras trata de conocer a fondo el entorno del finado, no tan ilustre ni tan admirado o respetado como podía parecer en un principio.

Quijote sin remedio en el fondo aunque diga que sólo el dinero le mueve, la investigación de Malpartida irá dejando bajas a su alrededor que le confirman que no va mal del todo en sus pesquisas. Incluso le afectará personalmente, animándole esta circunstancia a seguir removiendo la mierda incluso cuando la viuda decida prescindir de sus servicios, dando por buena la versión oficial.

Como colofón, a modo de traca final, un desenlace delirantemente divertido, inesperado y ácido que demuestra que el sentido del humor inteligente comienza por saber reírse de uno mismo y Garrido, desde luego, lo borda.

Bilbao is Wonderful, dice el eslogan publicitario institucional de la capital del mundo. La capital del mundo, también. Y esto lo digo yo.

 

La capital del mundo
Gonzalo Garrido
Alrevés

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