Reseña: “Bajo los montes de Kolima”, de Lionel Davidson

kolimaNacho Borraz

Los servicios secretos británicos reciben un intrincado mensaje desde el oriente ruso. El doctor Rogachev, desaparecido hace años, está enviando por los medios más extraños llamadas a su colega oxoniense, el profesor Lazenby. Lazenby, como buen doctor de Oxford tiene contactos fluidos con los servicios de seguridad de su majestad y estos ponen manos a la obra junto con sus colegas de la CIA para desentrañar el misterio.

Rogachev les pide que se pongan en contacto con urgencia con un conocido suyo experto en lenguas (y en unas cuantas ciencias más) al que conoció hace años en Inglaterra. Se trata del profesor canadiense Johnny Porter, el Cuervo. Un antropólogo y biólogo canadiense, nativo gitksan, con múltiples talentos y no menos problemas a cuestas.

Encontrar a Porter en Canadá es complicado, pero convencerlo para que se desplace hasta los antiguos gulags soviéticos en aras de la seguridad mundial será todavía más difícil. Pero Porter no es un pusilánime y si un colega le suplica su ayuda desde miles de kilómetros, en medio del frío glacial siberiano, acabará aceptando.

Con argucias que dejan constancia de su temple se introduce en Siberia como marinero coreano, a partir de aquí cualquier ayuda exterior es imposible. Johnny deberá valerse de sus capacidades para establecer contacto con Rogachev y desvelar la causa de sus desvelos. Tan sólo cuenta con la cobertura de una personalidad robada de nativo chukchi conductor de vehículos pesados en las pésimas condiciones rusas. Sin embargo, incluso su tapadera estará en peligro cuando descubra que la oficial médico Komarova, que lo examinó a su llegada a Rusia como ciudadano coreano, es también la encargada de la salud de la empresa de transporte en la que Porter trabaja.

El tiempo apremia y los medios con los que cuenta Johnny Porter para acceder a la remota y ultrasegura base científica son, por decirlo de alguna manera, precarios.

Después de 16 años sin producción de novelas de espías Lionel Davidson publicó, en 1994, el que sería su último thriller, Bajo los montes de Kolima.

Davidson puso todo su buen hacer al servicio de una trama compleja que mantiene la tensión de principio a fin, con personajes vigorosos y cercanos. Quería demostrar a una nueva generación, que no había accedido a sus anteriores novelas, toda su capacidad. Basó su trabajo en dos objetivos: conseguir que sus protagonistas empatizaran con el lector y mantener una tensión argumental continua que fuera aumentando el suspense hasta el clímax.Por decirlo en otras palabras, que sea imposible dejar la novela hasta que no te la acabes.

Para lograr la empatía con el protagonista opta porque éste sea una persona normal, no un profesional de los servicios secretos, ni un arma de matar como los agentes de otros cuentos más burdos. El narrador apenas nos muestra sus sentimientos o sus opiniones personales (más allá de las primarias de miedo, dolor…), lo describe por su acciones.

Johnny Porter, por utilizar su nombre anglosajón, es un profesor universitario indígena gitksan del oeste canadiense. Un personaje externo del poder geopolítico del final de la guerra fría -igual de externo que lo es el lector-. Un protagonista cuyas principales virtudes no son las que se suponen a un agente de campo: no es un cuerpo y una mente modelados para el sufrimiento y el éxito sino un ciudadano medio bastante inteligente que debe sacar el mejor partido de sus talentos para no caer en la misión.

Desde luego, talentos tiene: es una especie de savant políglota que domina decenas de lenguas y dialectos y es capaz de adquirir nuevos idiomas con una facilidad pasmosa. Es, además, un actor consumado con una sangre fría admirable. Aparte de eso sólo cuenta con su tenacidad, su tesón y su capacidad de improvisación.

Lionel Davidson

Lionel Davidson

Davidson hace que todas las descripciones sean realistas: desde el montaje de un vehículo hasta el funcionamiento de una grúa o los efectos de un barbitúrico para que el lector se acerque a su personaje. Se detiene, sin que decaiga el ritmo, en pequeños detalles que ayuden a reflejar las dificultades cotidianas de su empresa.

De hecho, el que tenga que lograr su cometido sin ningún tipo de ayuda internacional externa es otro añadido más para plasmar la normalidad y soledad del personaje.

La ironía es que el personaje de Porter es tan singular, tan distinto del resto de sus colegas y contrincantes occidentales que a estos les resulta difícil identificarlo y se camufla con facilidad entre “los otros”, los orientales y las tribus nativas del este de Rusia, cuyos individuos parecen todos iguales a los ojos del “primer mundo.

El segundo objetivo, el de mantener el ritmo e ir incrementando la tensión lo obtiene Davidson obligando a sus personajes a alcanzar objetivos intermedios antes de que puedan continuar con su tarea: primero hay qué saber quién es la fuente de la llamada de socorro, luego a quién va dirigido el mensaje, más tarde cómo localizar a este receptor, cómo convencerlo, cómo introducirlo entre las filas enemigas… y así hasta el final. El interés del lector está asegurado conforme van superándose las diferentes dificultades. Incluso el mcguffin que pone en marcha la acción no será lo que hemos estado sospechando desde el primer momento.

Otro de los elementos que Davidson utilizó tanto para conseguir un alto grado de empatía de sus protagonistas con el lector como un clima de tensión permanente fue la localización. El inhóspito invierno del oriente siberiano se convierte en una amenaza para el que no tenga una enorme capacidad de supervivencia; y de ello es consciente continuamente el lector a través de la narración de Davidson.

Un thriller de espías cuya baza fuerte es la proximidad de sus personajes y la maestría para armar historias del que fue un referente en la novela de espías en el mundo anglosajón, poco conocido, hasta ahora, en nuestra lengua.

Bajo los montes de Kolima

Lionel Davidson
Trad.: Cristina Martín Sanz
Salamandra Black

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