Deducciones compartidas en pareja: reseñando “Carter & West”, de Ana Bolox

Juan Mari Barasorda

Cuando el lector se adentra en la lectura de las novelas de detectives de la Golden Age, la época dorada de la novela policiaca (de 1920 a 1950, por ejemplo), encontrará recursos y estilos que raramente se repetirán en las lecturas de las novedades noir (o menos noir según los gustos), o incluso en la novela de detectives americana de aquellas décadas (con excepciones, claro).

La lectura de los últimos días me sugiere compartir una reflexión sobre las “deducciones compartidas en pareja”. Obviamente, no entran en este debate las deducciones compartidas entre dos investigadores (en ocasiones investigador y forense o investigadora y perfilador criminal) que por necesarias se dan por supuestas y son habituales hoy día. El recurso a las “extrañas parejas” a veces puede resultar inadvertido para el lector que, sin embargo, ha encumbrado a la pareja a la categoría de icono detectivesco. Holmes y Watson, por ejemplo. Difícilmente son disociables… Watson es un recurso narrativo, un biógrafo, el narrador en primera persona de las aventuras de Holmes, y aunque sin duda debemos calificarlo como un hombre sagaz nunca alcanzara las deducciones de su compañero para resolver los casos.

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Holmes & Watson

Hay quien deduce de esta relación un perfil misógino en Holmes. Holmes admira únicamente a una mujer, Irene Adler, que en Un escándalo en bohemia le ha ganado con sus propias armas, por lo que la compañía de Watson pudiera leerse como la elección de un misógino, análisis que no comparto en absoluto. Quien sí representa a la misoginia en la literatura criminal de la Golden Age fue el inmenso Nero Wolfe de Rex Stout, que tenía todo un equipo masculino a su servicio, cocinero gourmet incluido.

Agatha Christie siguió el modelo: Hércules Poirot y el capitán Hastings –y aquí no cabe aplicar la propiedad conmutativa–comparten investigación en ocho novelas (de las 33 en las que Poirot investigó) y casi todos los relatos cortos de Poirot. Hastings representa al narrador y amigo, pero doña Agatha otorga al capitán un papel que aúna respetabilidad con una casi inexistente –¿torpe?– capacidad de deducción, a la vez que es el recurso que permite a la escritora introducir algunas líneas de comedia (pocas, eso sí) con las ironías de Poirot sobre las deducciones de su amigo. Sin embargo, doña Agatha inaugura un nuevo modelo de pareja. Tommy y Tuppence Beresford protagonizaron cinco novelas. En la primera (El misterioso señor Brown,1922) se conocen y se enamoran; y en la segunda, que en realidad son 15 historias cortas, (Matrimonio de sabuesos,1929) ya han puesto en marcha su agencia de detectives. Christie elude el juego de la seducción entre la pareja y nos los sitúa rápidamente 20 años mayores y con dos hijos. Una renuncia consciente que priva a los lectores de una época de pasión e investigaciones compartidas que podrían haber sido muy placenteras para los lectores a la vez que para los propios protagonistas.

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Poirot & Hastings

Mientras doña Agatha aquieta los ímpetus de sus personajes, al otro lado del atlántico Dashiell Hammett escribe El hombre delgado (1934), más conocida en su versión cinematográfica, La cena de los acusados. Nick es un detective retirado de la agencia Pinkerton y Nora destaca por su belleza y simpatía. Divertidos, alocados, con ellos Hammett crea una comedia criminal no exenta de la pátina hard boiled de su obra. Llevan a cabo su navideña investigación criminal entre guiños sexuales y copas de Dry Martini y llegaron a ser caricaturizados en la inefable (interpretación de Truman Capote incluida) Un cadáver a los postres.

Pero volvamos a whodunit de las islas británicas.

Isleña de Nueva Zelanda y una de las damas del crimen era Ngaio Marsh. Su inspector Roderyck Alleyn nace para la literatura policial en 1934, en plena Golden Age, y vivirá en 34 novelas. Alleyn responde al prototipo de policía gentleman. En su primer caso, la fantástica Un hombre muerto, reeditada por Siruela –mi más franca felicitación–, un Cluedo criminal de imprescindible lectura para familiarizarse con el whodunit de la mejor factura, está soltero, y a lo largo de su carrera tendrá ocasión de enamorarse primero y de casarse después con Agatha Troy, joven artista, relacionada con varios de los casos de Alleyn pero que no participa en las deducciones.

Otra reina del crimen, Marghery Allingham, creó un detective, Albert Campion, que se correspondía con el detective gentleman tan apreciado en la época dorada de la novela criminal. Está graduado en Cambridge, conduce un Bentley y su profesión es la de criminólogo. Extraño, inteligente, a veces ridículo, con miles de datos en su mente… Acaso portador del mal de Asperger (eso será para otro artículo) pero capaz y mucho más divertido que Poirot. Campion encontrará en su quinta investigación (protagonizó 19 novelas y 77 relatos), Dulce Peligro (1933), a Amanda Fitton en uno de los misterios campestres tan del gusto de Allingham (se retiró al campo para escribir a gusto), en este caso en el bucólico Pentisbright. Amanda aún no ha cumplido dieciocho y ya surge un interés mutuo entre la pareja. Tras novelas en las que sus destinos están separados, se casarán y compartirán deducciones ya que Amanda, como todas las mujeres de Allingham, es extraordinariamente inteligente.

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Wimsey & Vane

Y llegamos a Dorothy L. Sayers, la más académica de las damas del crimen. Su detective gentleman es Lord Peter Wimsey, criminólogo, educado en Oxford y acompañado siempre por su mayordomo Butler. Conoce en Veneno Mortal (1930) a Harriet Deborah Vane y se enamora. Harriet Vane representa a la mujer independiente e inteligente, aunque sumamente despistada, que seduce sin proponérselo y compite en las deducciones con Peter Wimsey. Graduada en Oxford también, bibliófila, lectora impenitente de libros, apasionada por la criminología y escritora de novelas policiacas (autora de The murderer’s Vade-mécum), en Un cadáver para Harriet Vane / El caso del bailarín barbudo (1932) es además la narradora de la historia, y en la fantástica Gaudy Night Lord Peter despliega todas sus armas de seducción. Soltera, vive con un hombre al que dejará por Lord Peter. De hecho, Harriet Vane es el alter ego indisimulado de la propia Dorothy L. Sayers, cuya tormentosa vida personal no es momento de incluir en este artículo. Dorothy L. Sayers borda el modelo de mujer independiente e inteligente. Una de las mejores colaboradoras de Lord Peter es Alexandra Katharine Kitty Climpsom, dueña de una agencia de taquigrafía y mecanografía que, gracias a sus contactos, suministra información al detective.

Si juntamos al Campion de Allingham con el tándem Harriet Vane / Kitty Climpsom de la Sayers el resultado sería algo muy parecido al nacido de la pluma de Ana Bolox.

Ana Bolox es licenciada en Filología Inglesa, profesora de idiomas y ha sido traductora. Dirige Ateneo Literario, una escuela online de escritura, donde imparte un taller de novela policíaca y forma parte del equipo de redacción de la revista MoonMagazine, en la que, además de su tarea como redactora, se hace cargo de una sección fija, dentro del Club Literario, titulada Construye tu novela con Ana Bolox. La pareja a la que Ana Bolox hace compartir deducciones se llaman Carter (Charles) y West (Kate), y con sus apellidos ha titulado un primer volumen de relatos (un relato pendiente de continuación y dos novelas cortas para ser más exactos) Carter & West (Medianoche Editorial, 2016) que nos lleva a la Inglaterra de la posguerra, la de los juegos de espías y los cadáveres que aparecen a los postres justo cuando se va a servir el pudding de navidad.

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Carter & West

Ana Bolox, como el algodón, no engaña. Muestra sus cartas desde el título, ya que no es habitual en la novela criminal, ni siquiera en la época de la Golden Age, titular una novela con los apellidos de dos protagonistas… Especialmente cuando una de ambos –Kate West– no es detective ni testigo del crimen sino la dueña de la agencia de mecanógrafas que ha transcrito la última novela del asesinado, además de aficionada a la lectura de novelas policiacas (sólo recuerdo una recopilación de tres novelas de E. R. Punshon llamada, casualmente, Carter & Bell). En el tercer relato del libro –La muerte viene a cenar– el asesinado es un escritor de novelas de misterio y el triángulo compuesto por su editor, su mujer y su amante delimita el puzzle que debe desentrañar el inspector de Scotland Yard Charles Carter entre sospechas, deducciones y galanteos con Kate West. El juego de la sospecha es gestionado magistralmente por Ana Bolox en la misma medida en la que adereza el relato con la pimienta necesaria para que el lector aprecie tanto la dialéctica deductiva –suministrada en las dosis apropiada para que la novela discurra a través de una investigación que no tiene fisuras ni en los planteamientos ni en las pistas suministradas, hasta llegar al perfectamente razonado desenlace–, como en el galanteo educado y picante –aunque sea con la tímida propuesta de citar una película de Hitchkock– que demuestra que una novela criminal de calidad no está reñida ni con la utilización del modelo de la Golden Age de la novela policiaca ni con el romanticismo sutil imperante en la época.

La época en que transcurren los relatos, la Inglaterra de la posguerra, exige una cuidada ambientación de lugares, actitudes, sentimientos o convencionalismos sociales (relaciones laborales, la relación de la aristocracia y la servidumbre, el papel de la mujer en la sociedad…) en los que el escritor avezado debe demostrar su oficio y Ana Bolox lo demuestra aunque se trata de un relato primigenio. Los personajes atraparan sin duda al lector que gusta de la novela de detectives inglesa. No encontrara fuegos de artificio, detectives que resuelven el crimen sin salir de su habitación, oscuros pasados, presencias sobrenaturales, pistas imposibles o deducciones incomprensibles. El lector lo agradece, como agradece la riqueza de los personajes secundarios de los que espera, como en el flirteo entre Carter y West, que tengan un mayor desarrollo en futuros proyectos… Especialmente la tía Mary (si se puede pedir).

En los dos relatos adicionales de la novela aparece el recurso a la novela de espionaje de la Golden Age: una investigación inacabada el primero de ellos (Destino inexorable) más en la línea de la sensation novel de Wilkie Collins combinando las referencias a sueños oníricos de La dama de blanco y las complicadas relaciones entre los habitantes de una lujosa mansión al estilo de La piedra lunar; y aunque el relato se desarrolla bajo la cobertura del relato “de espías”, parece, a criterio de este lector, que hubiera sido mejor completar la historia para exprimir todas las posibilidades del mismo. El lector ha encontrado en este experimento literario el recuerdo de la novela serializada publicada por entregas –como las citadas de Wilkie Collins o las Sherlock Holmes en The Strand– pero no parece que sea el mejor de los caminos a recorrer.

Aracne sirve de introducción al detective Carter y opta por ilustrar una “tela de araña” de espionaje con robo de documentos y el MI5 en escena. Es, sin duda, otro excelente trabajo literario tanto en ambientación como en la articulación de la trama y la credibilidad de los personajes. Me ha recordado a los relatos de Somerset Maugham.

Ana Bolox ha iniciado un camino que debe recorrer hasta el final. Pasar del relato a la novela y mantener sus personajes y ambientaciones con la calidad con la que ha construido estas primeras entregas. La inmersión en la Inglaterra de la posguerra como lo ha conseguido la escritora no es tarea fácil y es un atractivo indudable en manos de los lectores que gustan de la novela policial clásica de Agatha Christie, Marguery Allingham o Dorothy L.Sayers.

Carter & West debe ser el punto de partida.

 

Carter & West

Ana Bolox
Medianoche Editorial

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