Reseña: “Mi nombre era Eileen”, de Ottessa Moshfegh

Francisco J. Ortiz

Más que negra, negrísima

Una metáfora no es solo una comparación, o un símil (por emplear una terminología más precisa); mucho menos una mera asociación de dos conceptos. La metáfora establece una relación entre dos ideas, llamémoslas A y B; pero también genera una tercera idea, totalmente inédita y a la que podemos denominar C, a partir de dicha relación. El ejemplar “los dientes son perlas”, tan socorrido en las clases de literatura de Educación Secundaria, no solo alude a las posibles similitudes entre dientes (A) y perlas (B), sino que da pie a una nueva imagen en la mente del lector que consiste en una abstracción que no es ni diente ni perla, pero que al mismo tiempo es ambas cosas a la vez (C).

Toca, pues, hablar de relaciones conceptuales en el presente texto crítico sobre la novela Mi nombre era Eileen, pero empezar con esta breve lección de teoría literaria (y lingüística) no se debe a las asociaciones promulgadas por la crítica especializada para enjuiciarla; una serie de vínculos a cuál más extraño y sorprendente: Raymond Chandler + Flannery O’Connor, Nathaniel Hawthorne + Raymond Carver… o mi favorito, Vladimir Nabokov + Lena Dunham (y si no recuerdan ningún libro de esta última, no se extrañen: es la creadora y protagonista de la serie de HBO Girls). Más apropiada, aunque con matices que expondré después, me parece la feliz correspondencia formulada por John Banville, seudónimo del escritor de narrativa policíaca Benjamin Black (¿o era al revés?): “Si Jim Thompson se hubiera casado con Patricia Highsmith (imaginen el hogar) podrían haber conspirado juntos para concebir algo como Mi nombre era Eileen”. Arrancar con semejante disquisición se debe más bien a que esta obra de la escritora norteamericana Ottessa Moshfegh -que debe tan exótico nombre a sus padres, él iraní y ella croata- no se me antoja una novela negra (C); al menos, no es desde luego un texto que podríamos considerar canónico del género y emplear por tanto de forma ejemplificadora. Pero, en cambio, no cabe duda de que estamos ante una novela (A) -faltaría debatir esto, a estas alturas-, y tampoco puede discutirse que sea negra (B). En realidad es negrísima (B+).

Entonces, ¿puede una novela (A) ser negra (B), incluso negrísima (B+), y no ser una novela negra (C)? Creemos que sí. Y dicho esto, ¿por qué consideramos que Mi nombre era Eileen no es una novela negra stricto sensu? Al margen de que, volviendo a las palabras de Banville / Black, deba más a la narrativa psicológica de Highsmith que a la literatura pulp de Thompson -aunque seguro que el autor de Los timadores habría disfrutado con su lectura-, no encontramos en sus páginas la descripción colectiva, la mirada sobre una sociedad de la que se pretenda denunciar sus males idiosincrásicos, rasgo este fundamental del género. Del valiosísimo legado de Thompson, Moshfegh recupera principalmente la narración en primera persona por parte de un personaje complejo: de hecho, la novela se lee como si del diario íntimo de la protagonista se tratase (aunque no recurra a la construcción formal de este subgénero de la no ficción), y su título original es un sencillo y al tiempo muy sugerente Eileen que en su remedo nacional roza peligrosamente el spoiler. Pero si los males de la sociedad de la que formaban parte el Lou Ford de El asesino dentro de mí o el Nick Corey de 1280 almas habrían seguido ahí aunque el lector no los descubriera a través de las miradas de estos dos personajes, tan desquiciados ambos, el universo en el que transcurre la ficción urdida por Moshfegh se nos revela como negro en la medida en que es un sujeto determinado, en este caso la Eileen Dunlop que la protagoniza, quien lo observa y describe a su manera. Así pues, en Mi nombre era Eileen la negritud -y perdónenme el uso de un término que en el ámbito literario se emplea para aludir a otra cosa bien distinta- está en el ojo del que mira. Por ello, durante la lectura del libro no nos acordamos tanto de Thompson, no digamos ya de los popes del hard boiled Dashiell Hammett y el citado Chandler, como de Highsmith… a la que ni siquiera hace falta haber leído para recordarla si se conocen sus mejores adaptaciones a la gran pantalla: leer algunos pasajes de esta novela y evocar de inmediato los fotogramas de la reciente (y espléndida) Carol es inevitable.

Ottessa Moshfegh

Pero dejémonos ya de comparaciones y centrémonos ahora en quién es (o era) Eileen Dunlop y en quién es (y será) Ottessa Moshfegh. La primera, en la Nueva Inglaterra del año 1964 en que se desarrolla el grueso del relato, es una joven que vive con su padre, un ex policía alcohólico de quien se ocupa a regañadientes; al mismo tiempo, trabaja como administrativa en un centro correccional de menores al que van a parar los elementos disruptivos del sector más joven de la sociedad. Por tanto, en su devenir cotidiano -claustrofóbico hasta en los espacios abiertos, como podrán imaginar- reparte la mayoría de su tiempo entre un domicilio que está muy lejos de ser un hogar ideal y un reformatorio donde se acoge, o mejor dicho se encarcela, a muchachos cuya situación de inadaptación social no es en la mayoría de casos muy distinta de la que sufre ella misma… aunque la mantiene en privado confiando sus más íntimos sentimientos y emociones a lo que podría parecer un diario personal y que no deja de ser la propia ficción que nos ocupa.

Este planteamiento de base, por supuesto, necesita de algún punto de inflexión, una suerte de conflicto narrativo, si de construir una trama cercana a la literatura de género se trata. Y, de hecho, la novela cuenta con dos… Pero Moshfegh atrasa la aparición de ambos considerablemente y prefiere ocuparse de describir con morosidad y de forma descarnada el universo en el que se mueve uno de los personajes más complejos y fascinantes de la literatura (negra o del color que sea) reciente, capaz de despertar la admiración y la repulsa del lector en una misma página de forma intermitente. Decisiones estas, las de recurrir a un ritmo sosegado y a un personaje principal que ni mucho menos facilita el siempre grato proceso de identificación, que revelan el admirable grado de osadía de la escritora. En cuanto a estos dos giros argumentales a los que aludíamos, no vemos problema alguno en revelar que el primero es la aparición de un nuevo personaje, Rebecca Saint John, la recién nombrada directora educativa del correccional donde Eileen trabaja, y que tras tan hitchcockiano nombre esconde también sus propios secretos. Del segundo, todavía posterior, mejor no desvelar nada… Aunque es de justicia señalar que nuestra discreción no se debe a que esta sea una de esas novelas tramposas que ocultan información de forma gratuita y que nos quieren dar gato por liebre. Y es que nada más lejos de esta autora que esos escritores que más bien parecen prestidigitadores, pues nada tienen que ver los recursos lícitos empleados por la primera con los trucos con humo y espejos del espectáculo circense que constituyen la mayoría de bestsellers al uso.

Y ahora que mencionamos a la autora, recordamos que habíamos dejado en el aire una última cuestión: quién es (y quién será) Ottessa Moshfegh. Al margen de los datos ya mencionados, cabe señalar que nació en Boston, como Edgar Allan Poe o Dennis Lehane; que es colaboradora de la revista The Paris Review; y que además de algunos relatos ha publicado otra novela más, también de título conciso: McGlue. En cuanto a Mi nombre era Eileen, debemos subrayar que la publicó en 2015, cuando tenía solo treinta y cuatro años (una edad insultantemente joven para una novela tan madura como esta, en contenido y forma), que le supuso el Premio PEN/Hemingway al mejor debut literario en 2016 y que fue finalista del prestigioso Man Booker Prize ese mismo año. Todo esto es Ottessa Moshfegh, y lo que será es una autora cuya obra futura seguiremos con muchísima atención, al margen de los géneros que cultive o los padrinos literarios que críticos y lectores le quieran endosar, porque a la luz del valor intrínseco de Mi nombre era Eileen no merece menos.

 

Mi nombre era Eileen
Ottessa Moshfegh
Trad.: Damià Alou
Alfaguara

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