Reseña: “Los pecados de nuestros padres”, de Lawrence Block

Teresa Suárez

Una joven aparece brutalmente asesinada en su apartamento de Grenwich Village. Su compañero de piso, al que encuentran en la calle gritando y cubierto de sangre de la víctima, es detenido como presunto culpable. Antes de ser juzgado se ahorca en su celda. Carpetazo al asunto. A otra cosa mariposa. Caso cerrado.

Pero el padre de la chica no está conforme y acude a Matthew Scudder, expolicía reconvertido en un huelebraguetas sin licencia, que diría Sabina, solitario y alcoholizado a la manera clásica, para encargarle eso que tanto obsesiona a los americanos: buscar respuestas.

Scudder inicia sus pesquisas pero las pistas que va encontrando, empeñadas en “entrecomillar” la labor policial realizada hasta el momento, van destapando la auténtica relación existente entre la víctima y el supuesto asesino, convenciéndole de que algo no encaja.

Este detective, a quien el recuerdo de Estrellita Rivera (la niña fallecida durante un tiroteo por una bala suya que rebotó) lo incapacitó temporalmente para el ejercicio de su profesión habitual, divorciado, padre a tiempo parcial y amante ocasional, se gasta una moral un tanto atípica. Matt gusta tanto de dejar, cuando puede, limosna en el cepillo de la iglesia, como de untar, cuando lo necesita, a policías y soplones de todo pelaje que le hagan más fácil su trabajo. Algo similar ocurre con su sentido de la justicia. Sccuder se deja contratar con reservas. Busca, escarba, desentraña, presenta el informe de la investigación, sugiere y espera que el culpable, por sí mismo, haga el resto.

Amigo del bourbon cuando toca anestesiar la culpa y del café cuando se trata de estar medianamente activo, Sccuder es un adicto que cuando escucha la palabra “rehab”, al igual que la desaparecida Amy Winehouse (¿no es una ironía que con ese apellido muriera por exceso de alcohol?), rápidamente contesta “No, no, no”.

Atormentado por las dudas, perseguido por los remordimientos y siempre en el límite del bien y del mal, la única relación estable de Sccuder, su amor verdadero, no es una mujer sino Nueva York, la urbe por excelencia, la ciudad que nunca duerme.

New York, New York, nadie como Frank para poner letra, y sobre todo Voz, al sueño americano: “Si puedo conseguirlo allí, lo conseguiré en todas partes”.

Pese a sus seis temporadas y noventa y cuatro capítulos, que no me avergüenza confesar me tragué enteritos, Carrie Bradshaw, Miranda, Charlotte y Samantha, no consiguieron que Sexo en Nueva York  cambiara mi opinión sobre la City. Tampoco King Kong, el gorila más famoso de la historia del cine, desde los 381 metros del Empire State lo logró.

Ni siquiera la deliciosa, sofisticada e indomable Holly Golightly, a quien Truman Capote retrató como la joven sin pasado, sin futuro y con un presente plagado de fiestas absurdas y amigos superficiales, y Blake Edwards inmortalizó, con el rostro de Audrey Hepburn, tomando un café y un bollo frente al escaparate de Tiffany’s en la 5ª Avenida, el mejor lugar del mundo porque “cuando estás rodeada de lujo sientes que nada malo puede pasarte”, pudo cambiar mi visión de la Gran Manzana.

Para mí la ciudad, que solo puede entenderse en clave de thriller, no se divide en cinco distritos (Manhattan, Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island) sino en dos: buenos o malos, delincuentes o policías, dentro o fuera de la Ley.

Si vuelvo la vista atrás, el primer agente que asocio a la ciudad de los rascacielos es Sam McCloud. Era pequeña y supongo que me hacia gracia eso de ver como un sheriff de Nuevo México (un auténtico vaquero con su mostachazo, sombrero cowboy y pelliza de oveja) galopaba a caballo por entre el endiablado tráfico de Manhattan persiguiendo a malhechores de todo tipo.

Después llegó Canción triste de Hill Street (Hill Street Blues)  el día a día de una comisaría neoyorquina que marcó un hito por la complejidad de sus tramas y porque mostraba el lado más humano de unos personajes que nunca fueron héroes sino gente corriente, con sus miedos y flaquezas, que intentaba sobrellevar como podía la dureza de su trabajo. Cada episodio comenzaba, a una hora temprana, con el sargento Phil Esterhaus (poli de la vieja escuela irlandés, grandullón y buenazo), pasando lista y repartiendo las tareas a unos agentes medio dormidos, sin olvidarse nunca de advertirles “Hey, let’s be careful out there” (¡tengan cuidado ahí fuera!).

Con el detective Mac Taylor (CSI Nivel 3, Supervisor y Jefe del Laboratorio Criminal de NY) y su equipo de investigadores forenses recorrí los bajos fondos y aprendí, por ejemplo, que si eres mujer adentrarte en Central Park, sola y a determinadas horas, nunca es una buena idea.

Todo eso sin hablar de El padrino, Érase una vez en America, Gangs of New York, Donnie Brasco

Sí, mi imagen de Nueva York (¡no hay ciudad que conozca mejor aunque no la haya pisado nunca!), fascinante e inhóspita a partes iguales, es una crónica escrita en rojo sangre acompañada de una fotografía en blanco y negro criminal.

En una entrevista concedida a los medios con motivo de la presentación de su libro Noches sin dormir, Elvira Lindó, tras residir varios años en la Gran Manzana, aseguraba: “Es una ciudad para gente fuerte. Los débiles lo llevan mal allí. No es una ciudad para estar enfermo, para tener hijos y estar solo, para tener cualquier tipo de debilidad y no tener familia”.

Nueva York no es una ciudad para estar solo, no es una ciudad para estar solo, no es una ciudad para estar…

Scudder lo sabe, pero la adora tal cual es:

“La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre”, Poeta en Nueva York, Lorca.

Ella, posesiva y coqueta, se deja querer…

 

Los pecados de nuestros padres

Lawrence Block
RBA

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