Reseña: “El matón al que engañaban las mujeres”, de Julián Ibáñez

Sergio Torrijos Martínez

“No era una “mujer”, era una señora. Estilizada y violentamente pelirroja aunque fuera una peluca. Esa mirada, esa mirada de gato, para la que ahora solo existía la jeta de Bellón, la pondría en el estante de las cosas especiales con las que me había encontrado en la vida, un estante medio vacío. Las dos crenchas no lograban ocultar las cejas, que no eran del todo curvas, algo circunflejas, porque estaba harta de ver curvas en el espejo. Cuello fino, frágil. Hombros de tenista rusa… Y adivinaba lo que vería cuando se pusiera en pie. Le calculé un par de años para encargar la tarta de los cuarenta“.

Así arranca el asunto. El maestro Ibáñez retoma el pulso con su última criatura, Bellón, al que vuelve a colocar en su hábitat natural, en el extrarradio, rondando los bares que distan escasa distancia de los polígonos industriales, también de esos clubes donde las mujeres venden… y los hombres compran… y también donde el comercio de carne se realiza al aire libre… y también…

Me quedo sin puntos suspensivos, aunque todo aquel que conozca algo de una gran ciudad se imaginará como rellenarlos.

Si alguien no ha seguido la última trayectoria del maestro no quiero adelantarles nada de Bellón, pero les puedo asegurar que esta es una de sus mejores creaciones. En esta pequeña joya aparece el Bellón más puro, más bestia, sin concesiones, un superviviente de los pies a la cabeza, todo ello sin ser demasiado cabrón o demasiado aprovechado con los demás, lo justo para poder subsistir. Si aparece el mejor Bellón es porque Ibáñez se entrega mostrando sus mejores armas que no son otras que esa humanidad que asoma por cualquier lado del relato y también esas tramas difusas, deletéreas que terminan por germinar en algo mucho mayor y siempre con el sentido acerado y esquivo de todo ámbito criminal.

Ibáñez levanta con muy pocos elementos una obra más que interesante, con muy poco comienza a ensamblar tramas, personajes y hechos dotándolos de una tensión notable, no se escatiman esfuerzos en cuanto los personajes se ponen en acción, todo es muy de Ibáñez, muy vivo, muy inquieto y con un cierto toque agresivo que ya le pertenece por derecho propio y entra en el terreno de lo inimitable.

La culminación de todo el artificio está a la altura del desarrollo, parece como si las piezas terminaran por encajar perfectamente cuando poco antes todo era confuso y tremendamente discordante. Ese es uno de los grandes méritos el autor, que es capaz de ver un poco más allá que otros adónde pueden llevarle las tramas.

La novela no es sólo interesante por seguir la trayectoria de un maestro en este difícil arte de la literatura criminal, sino también porque nos acerca a una visión arriesgada y potente del mundo poligonal del autor y que surge de las entrañas de este país, del mismo lugar donde se desahogan las pasiones más bajas y también de donde se encuentran trabajos, amistades o enemigos, es decir de los bares en toda la dimensión del término.

No se la pierdan.

 

El matón al que engañaban las mujeres
Julián Ibáñez
Cuadernos del Laberinto

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