Novela: “El hombre de los círculos azules”, de Fred Vargas

Teresa Suárez

Acabo de conocer a Frédérique Audoin-Rouzeau, Fred Vargas, y debo decir que estoy muy lejos de compartir ese unánime entusiasmo (calificativos como original o única así lo atestiguan) que parece apoderarse de sus muchos lectores. ¿Motivo? No soporto la vaguedad y que la frase favorita de su abanderado en la lucha contra el crimen, Jean-Baptiste Adamsberg, comisario en París en el distrito 5, sea un sempiterno “No lo sé”, me crisssspa.

La propia autora explica perfectamente porque ni Camille, una enamorada tan indefinida como el propio Jean-Baptiste, ni yo, podemos amar a tipos como él: “Es demasiado difícil. Me destroza los nervios. Nunca se sabe dónde estás, por donde vaga tu alma”.

Hasta sus propios compañeros detestan al lento y cansino Adamsberg con su voz sedante y su ciencia infusa (”No pegas ni golpe (…) Estás ahí vagando, soñando, mirando a la pared, haces dibujitos deprisa y corriendo sobre las rodillas (…) y luego un día, te presentas lánguido y amable y dices: hay que detener a…”).

Desesperante este arrogante Rappel galo que, sin posibilidad de error (“Ni una sola vez me he equivocado respecto a alguien, y siempre he sabido si estaba de pie, tumbado, triste, si era inteligente, falso, si estaba destrozado, si era diferente, peligroso, tímido, todo eso, ¿entiende?, ¡ni una sola vez!”), ve rezumar la maldad y la culpa en cualquier ser humano. Atormentado por su asombrosa capacidad o don para saber de antemano lo que alguien va a decir, se castiga a sí mismo y, cual Jesucristo en el Huerto de los Olivos, suplica: “Quíteme ese conocimiento. Líbreme de él, es todo lo que espero”. Como se dice en mi zona, ¡baja Modesto que sube Jean Batiste!

Pero no es el único.

La novela está plagada de personajes de esos que cuando tú vas, ellos vuelven de allí y viceversa. Una famosa oceanógrafa pirada que, habiendo hecho de la observación su modo de vida, cuando no persigue peces persigue personas. Un ciego malvado que a través de sus ojos sin vida ve mucho más que el común de los mortales. Una vieja poco agraciada, de dientes afilados, que ansía un novio a toda costa. Y por último el analítico inspector Adrien Danglard (contrapunto perfecto al impreciso comisario), un alcohólico nada anónimo que en sus ratos de sobriedad hace gala de una lucidez que para sí quisiera cualquier investigador que se precie, al que Adamsberg, pese a que “no parecía muy fiable después de las cuatro de la tarde, y a veces antes”, define como “real, muy real” ¿???

Empecé leyendo Que se levanten los muertos, primero de los tres volúmenes que componen la serie de los evangelistas: Mathias especialista en prehistoria, Lucien en la Gran Guerra y Marc (con una irritante manera de razonar sin método que recuerda a la de Adamsberg) en la Edad Media. Tres historiadores de 35 años que mientras arreglan el desvencijado casoplón que comparten, y siguen con unos estudios que no progresan, resuelven casos criminales aplicando sus conocimientos académicos. Más allá a la derecha, segunda novela de la saga, la dejé cuando iba por la mitad, algo poco habitual en mí.

Historia, filosofía, psicología… ¡Mon Dieu!, más que policíacas las novelas de Fred Vargas parecen capítulos de L’Encyclopédie o Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers.

Lo siento, pero tanto la falta de pasión de la autora a la hora de escribir como del comisario en su manera de hablar y relacionarse, me impide empatizar con ellos.

Es más, ambos me aburren mortalmente.

 

El hombre de los círculos azules

Fred Vargas
Siruela

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2 comentarios en “Novela: “El hombre de los círculos azules”, de Fred Vargas

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