Jorge Freire: “La escritura es una tentativa de autoconocimiento pero también puede servir para el autoengaño”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

Articulista y colaborador de El Mundo, Jorge Freire se está haciendo todo un nombre como biógrafo y así lo demuestra la buena acogida de su trabajo sobre Edith Wharton, Edith Wharton, una mujer rebelde en la edad de la inocencia (Alrevés, 2015), la primera que se ha hecho en español. Su segunda obra, Arthur Koestler, nuestro hombre en España,(Alrevés, 2017), un magnifico documento sobre la experiencia del escritor húngaro como espía de la Unión Soviética, ha repetido en buenas críticas. Apasionado de historia política e intelectual, a lo largo de esta entrevista hablo con Jorge sobre una de las figuras más fascinantes de la vida literaria contemporánea y sobre todo, acerca de uno de los grandes protagonistas del siglo XX y que llegó a convertirse en un testigo privilegiado de lo que se acostumbra en llamar “el drama de España”. Pero sobre lo que hablamos también fue sobre las grandes utopías, las dudas, las decepciones y la parte más oscura, en suma, más “Noir”, del ser humano.

Te iniciaste con un ensayo sobre Edith Wharton, pero ¿qué es lo que te resulta más magnético dentro de ese género biográfico en el que ya muchos reconocen tu excelencia?

La biografía me permite hacer muchas cosas: ensayo de ideas, polémica filosófica, meditación histórica, crítica cultural… Es decir, eso que se ha venido en llamar “no ficción”, que es el género que más me interesa.

Dentro de la “no ficción” da la impresión de que la biografía es la que más se acerca al género literario, en contraste con el lenguaje rígido y formalista del ensayo histórico o sociológico…

Existen muchos tipos de biografía y el mío es esencialmente literario. En lo tocante a las biografías, aunque no solamente, es importante el enfoque que uno adopta. Diría que las biografías se sitúan en dos polos, al menos, desde tiempos de los latinos. Por un lado están las Vidas paralelas de Plutarco, que tienen un fin edificante y que sirven de troquel a las hagiografías medievales, y por otro lado, en el opuesto, está Suetonio, que se limita a contar las vidas de los Césares desde la cuna a la tumba, sin disimular las aspectos feos y sin pararse a moralizar. El modelo edificante, por así llamarlo, es en buena medida responsable del descrédito de la biografía. En mi caso, habría resultado fácil convertir a Koestler en una especie de héroe. Por eso me alegra que algunos lectores me digan que el personaje les cae mal, que les parece atrayente pero moralmente obsceno. Al mismo tiempo quería evitar lo truculento, pues entiendo que el lector educado no encuentra delectación en la carnaza, y ha sido una tarea difícil porque la trama comienza con una matanza. Creo que esto de que al lector de biografías hay que tratarlo como un adulto lo aprendí de Janet Malcolm. De hecho, cuando empecé a escribir el ensayo sobre Edith Wharton mi modelo era The silent woman, un libro que algunos han motejado de “biografía posmoderna”, que es una definición como cualquier otra, y que a mi juicio sienta un precedente.

Parece que, a diferencia del mundo anglosajón, donde hay una larga tradición de género biográfico, en nuestro país lo cultivamos poco y lo que se publica falta a menudo de rigor y se queda en lo puramente anecdótico y superficial…

Hay, por fortuna, unas cuantas excepciones. Se me vienen a la cabeza Un espía en la trinchera, de Enrique Bocanegra, el Semprún de Soledad Fox Maura o el Cervantes de Jordi Gracia. También son enjundiosas la biografía de Pueo sobre Jardiel, acerca de la que escribí en el periódico, o la de Cuenca sobre Marsé, aunque un poco desmesuradas. Coincido en que del mundo anglosajón nos llegan magníficos textos, como el Deshaciendo errores de Lewis, que es un portentoso ensayo biográfico e intelectual, pero también es cierto que algunos no nos llegan. La biografía de Shirley Jackson que ha publicado Ruth Franklin, por ejemplo. O la que ha escrito Claire Harman sobre Sylvia Townsend Warner, que es soberbia. Townsend es, bajo mi criterio, una de las cuatro o cinco mejores escritoras británicas del pasado siglo y, aunque Siruela reeditó el año pasado su novela más famosa, Lolly Willowes (supongo que vendiendo poquísimo), sigue siendo una desconocida, por lo que doy por hecho que tampoco esta biografía se traducirá. Y eso que su autora, Claire Harman, es una excelente memorialista que hace no mucho publicó una biografía de Charlotte Brönte. Dicho lo cual, déjame decirte que, en cualquier caso, mi modelo es estrictamente narrativo. Hay grandes novelas y relatos de no ficción que son ensayos biográficos, como Correr de Echenoz, Limónov de Carrère o Fin de poema de Tallón, y que me resultan mucho más inspiradores que las biografías al uso.

Hay muchas y grandes figuras extranjeras para las que la Guerra Civil marcó una etapa relevante de su trayectoria: Malraux, Hemingway, Orwell, Bernanos, Simone Weil por poner los ejemplos más emblemáticos. ¿Pero por qué Koestler, qué es lo que más te fascinó de él?

Me sorprendía que Koestler se callase su estancia en Madrid mientras que las hazañas de Hemingway o Malraux eran de sobra conocidas. ¿Qué había sucedido en realidad y por qué se empeñaba en ocultarlo? El sociólogo Simmel decía que el secreto ejerce una atracción social independiente de su contenido. Por eso, todo objeto que goce de un carácter secreto (que es, en esencia, lo que rodea a lo trascendente y a lo profundo) obtiene automáticamente un rango de altura, ¡aunque no contenga nada! En este caso, me interesaba lo que Koestler ocultaba, algo que se desvela en el libro, pero sobre todo me interesaba saber por qué lo ocultaba, lo que dicho ocultamiento revelaba sobre su persona. Ocioso es señalar que ahí se encuentra la clave de bóveda del libro.

La primera juventud vienesa de Koestler estuvo repleta de contradicciones internas y complejos y por lo que explicas eso condicionó en mucho su personalidad…

En el libro afirmo, entre bromas y veras, que comparte caso clínico con otros grandes escritores finiseculares como Rilke o Musil: un padre escurridizo y ausente, una madre voltaria y posesiva, una educación espartana y una serie de conductas que, a la luz de las teorías freudianas, conformaban un “psicoanálisis de la vida cotidiana” muy particular. Sumémosle a ello la frustración que ocasionaba al joven Koestler ser tan bajito y tener dificultades para pronunciar la erre. No había quien lo aguantase.

También cuentas que el escritor húngaro vendió una biografía que no venía corroborada por la realidad. ¿Koestler era un invento de si mismo, un mitómano?

Creo que en su predilección por la mentira había una cierta estrategia defensiva. Se emboscaba en las letras, echando al vuelo ciertas claves difíciles de percibir en un primer vistazo. La escritura es, en buena medida, una tentativa de autoconocimiento. También en el caso de Koestler, que diseminó a lo largo de su obra un sinfín de claves biográficas. Pero la escritura también puede servir para el autoengaño. No cabe duda de que trataba de escribir derecho los renglones torcidos de su familia, esbozando un árbol genealógico inexistente. Desconozco si eso le servía para paliar su desarraigo, escasamente disimulado de dientes afuera, pero la literatura existe para estas cosas.

El psicoanálisis y la cuestión de la sexualidad jugaron un papel importante también…

Su generación estuvo marcada por unos temas que hoy nos dejan algo perplejos. Un compañero de Koestler en sus faenas propagandísticas fue Wilhelm Reich, que personifica mejor que nadie el sopicaldo ideológico de su tiempo. Como es sabido, Reich publicó La función del orgasmo, donde se afirma que la frustración sexual del proletario menoscaba su capacidad revolucionaria, y fundó el Sex-Pol, el Instituto de Políticas Sexuales. Andando el tiempo desembarcaría en Estados Unidos, convertido en apologista del amor libre y en lumbrera del freudomarxismo, e idearía una caja de acero y chapa destinada a almacenar la energía cósmica de la libido, que es el artefacto que Woody Allen parodia en su comedia futurista El dormilón, el famoso “Orgasmatrón”. Al final sus libros terminaron en la hoguera y Reich fue una de las más codiciadas presas de la caza de brujas, mientras que Ginsberg, Kerouac, Mailer y todos los popes de la contracultura lo convertían en un héroe. Bien mirado, Reich y Koestler tejieron sus sistemas de pensamiento con los mismos mimbres, aunque con diferente pericia. Los dos son producto de la misma época y los dos picoteaban de un totum revolutum en el que había ingredientes de Marx, Nietzsche y Freud pero también de Otto Weininger, Timothy Leary y casi cualquier mercachifle que se les cruzase por el camino.

Cambiando de tema, el sionismo tuvo un lugar significativo en su juventud, pero parece que no le acabó de convencer. ¿Cómo vivió su condición de judío, era un “asimilado” o en realidad vivía en la ambivalencia y el desgarro respecto a la cuestión de la “Tierra prometida”?

Su camino hacia el Absoluto, por así decirlo, se vio jalonado por una serie de mojones, entre los que se contaba la “Tierra prometida”, pero también el positivismo y la lucha de clases. Pero, en la práctica, el sionismo fue para el joven Koestler un simple mecanismo de movilidad social. Con su irresponsable cerrazón, hasta llegó a defender la eugenesia a finales de los años 30, en un artículo que rezaba: “la utopía de hoy es la realidad del mañana”. No era consciente de la admonición que echaba al vuelo ni que, mientras volcaba negro sobre blanco sus divertidas teorías, los nazis las iban haciendo realidad. Todo indica que no prestó mucha atención a la cuestión judía hasta que conoció a Jabotinsky, que lo atrapó en su red como a un pescado en el salabardo.

Por cierto, ahora que hablas del nazismo, parece que Kostler se dio muy tardíamente cuenta de su significado, envergadura e imparable avance. ¿Qué pasó, le dominó su frivolidad y egocentrismo o en el fondo su inconsciencia ante el inquietante fenómeno fue el reflejo de la que estaban experimentando la sociedad alemana e incluso los propios judíos?

Se enteró del incendio del Reichstag en medio de una partida de cartas y no parece que le preocupase mucho. Para entonces, ya había experimentado otra de sus conversiones, y estaba convendido de que el contragolpe comunista triunfaría pronto. Que los camisas pardas se paseasen a diario por la avenida Unter der Linden no era más que una nota al pie en la incontenible marcha de la Historia. Mi intuición es que confiaba en la existencia de una gran Alemania silenciosa opuesta a Hitler, cuya existencia sigue puesta en duda, a pesar de lo que expresan historiadores como Ian Kershaw, y que a la vez sobreestimaba la fuerza del Partido Comunista. Esto se aprecia claramente en su campaña propagandística en torno al referendum de la Cuenca del Sarre, celebrado en 1935. Los nazis tuvieron que ganarlo con el 90% para que Koestler se percatase de la situación. ¿Egocentrismo? A manos llenas. ¿Frivolidad? Probablemente, pero es fácil enjuiciar en retrospectiva. A toro pasado, todos somos Manolete.

Apuesta con convicción por la Unión Soviética. ¿Cuál es el detonante de esa entusiasta adhesión?

Quizá el primer latido se remontaba a su adolescencia, cuando vio desfilar por Budapest al conde Károlyi, convertido en inesperada figura revolucionaria, entre aclamaciones y racimos de crisantemos, o a la experiencia de la Comuna, que vivió con cierto romanticismo. Puede, incluso, que se remontase a su infancia, cuando su prima Margit se lo llevó a un curso de marxismo para obreros; fue entonces cuando dobló por primera vez en su interior una cierta conciencia de clase. Koestler afirmaba que la espoleta prendió cuando cayó en sus manos El Estado y la revolución, el librito que escribió Lenin desde su exilio finlandés, camuflado bajo una peluca y un gorro de obrero, dos meses antes de asaltar el Palacio de Invierno. Pero, en realidad, el detonante fue otro: un texto del corresponsal americano Knickerbocker, que más adelante sería uno de los valedores internacionales de Franco y a quien no llamaban “el rojo” por su ideología, precisamente, sino por su color de pelo. Koestler comprendió la disyuntiva que el panfleto de Knickerbocker planteaba entre una Alemania fascista y una Alemania comunista, pero llegó a la conclusión contraria: no había, en efecto, término medio; los tibios socialtraidores eran peores que los nazis y solo quedaba cerrar filas con Stalin. O César, o nada.

Justamente, cuando llega a España tiene que encontrar pruebas de la vulneración del Pacto de “No Intervención” por parte de los nazis. ¿Pero eso no era ya un secreto a voces?

En enero de 1937, un mes antes de la llegada de Koestler, los periódicos informaban de que Alemania no intervendría, al tiempo que hablaban del desembarco de varios miles de soldados italianos. Al cabo de unos días, el mariscal Goering ofrecía unas crípticas declaraciones que parecían desmentir esa supuesta no intervención alemana. Era un ruido de fondo. Entre líneas el mensaje se leía con facilidad y no trataron de disimularlo.

Hablando de su paso por España, Koestler tiene casi el mismo periplo que el mítico Kim Philby: se infiltra como periodista en el bando nacional, se burla de Queipo de Llano y Luis Bolín haciéndose pasar, al igual que el británico, por un simpatizante de los franquistas. ¿Pero qué había de común o separaba a estos dos hombres reclutados por la NKVD como espías de la Unión Soviética?

Tienen, en efecto, muchas cosas en común. Por de pronto, Philby llegó a Sevilla solo seis días antes que Koestler. Cuando el The Times londinense publicó la foto de Franco con un repeinado Philby a sus espaldas, sus camaradas en el partido debieron de morirse de la risa. Como Koestler, engañó a Luis Bolín con una socaliña bastante burda. Tanto Philby como Koestler llegaron con cartas de recomendación de Nicolás Franco y de Gil Robles, obtenidas en ocasiones diferentes, y con la acreditación de un diario conservador. La diferencia entre ambos es que a Philby, que supo engañar a Franco y también a su propio país, el disfraz de periodista le ayudaba a disimular, mientras que a Koestler, que era un pésimo espía, solo le servía para llamar la atención. Vaya par de dos.

Después viene Málaga, donde es testigo de la patética rendición de la ciudad ante los nacionales. ¿Por aquel entonces él ya era consciente que la República perdería la guerra y que la Unión Soviética se movía por intereses más o menos inconfesables?

En cuanto pisó Málaga y observó la falta de armamento y preparación de los milicianos republicanos, comprendió que se trataba de una misión suicida. Pero confiaba en que asistir a la caída de una ciudad de la República le conferiría la gloria periodística. ¿Solo eso? No, había algo más. Que se mantuviese firme en su atalaya de El Limonar frente a la llegada de los fascistas, que antes o después le echarían el guante y exhibirían su cabeza engominada como trofeo cinegético, se debía a motivos de otra índole. Se quedó al pie del cañón, como buen artillero, porque buscaba enmendar su bochornosa actuación en Madrid, algo que no dejaba de atormentarle.

La contienda dio lugar a dos vergüenzas por parte de ambos bandos, Guernica y Paracuellos, pero en cambio parece que Málaga es una “vergüenza común”, dado que encarnó la cobarde deserción de los republicanos y la crueldad inútil de los nacionales…

La matanza de la carretera Málaga-Almería fue un abominable crimen de guerra del bando franquista. Que el bando republicano decidiese no menearlo mucho se debe a que, en el fondo, había permitido el derrumbe de Málaga la Roja, que era un foco de anarquistas y de comunistas que les ofrecía poca confianza, dejándola aislada y sin armas. El historiador Beevor, que accedió a los archivos de Moscú, cita en su libro sobre la Guerra Civil una carta del general Berzin en la que afirma que la caída de Málaga se vio precedida por la traición. Todavía hoy la Desbandá sigue siendo un episodio relativamente desconocido.

Y después de eso viene la cárcel y su lectura de Thomas Mann, que le hace enlazar con Schopenhauer, gracias a los cuales pierde el miedo a la muerte y cree en otra existencia. Por lo que narras, acomete dos tentativas de su suicidio después de la Guerra Civil. Yo la pregunta que me hago es sí Kostler creía de verdad en esa “otra vida” o si todo respondía a un meollo psicológico autodestructivo provocado por sus complejos.

El libro de Schopenhauer, que lee el patriarca de los Buddenbrook antes de su muerte, afirma que la muerte no es el final, sino una especie de transición a una existencia impersonal en el todo. Supongo que esa confianza en la unificación en el cosmos, similar a la henosis de los estoicos y que es en puridad una religación, hace de Koestler una persona religiosa.

Se libra de la cárcel y de la pena de muerte gracias a una figura, el famoso piloto franquista Carlos del Haya. ¿Se sabe ya lo suficiente sobre este enigmático héroe del bando nacional? ¿no habría que dedicarle algo más de líneas a su trayectoria?

Durante mucho tiempo ha dado nombre al hospital regional de Málaga y allí, mal que bien, es conocido; no tanto en el resto de España. Es cuestión de tiempo que alguien le dedique una biografía. No seré yo. Este libro me ha obligado a pechar con más de un año de documentación en torno a un tema –la Guerra Civil Española– que deja mal sabor de boca, y ahora me toca escribir algo más luminoso.

Por fin viene la ruptura con el comunismo en medio de las purgas estalinistas, pero el interrogante es si ese fue el verdadero motivo de Koestler o si en el fondo es la actitud de un hombre constantemente en búsqueda de si mismo y siempre decepcionado e insatisfecho con el credo que abraza.

Durante meses despachó las noticias de las purgas como mera propaganda occidental. Y eso que fue el propio Koltsov, corresponsal del Pravda y mano derecha de Stalin, quien le hizo sabedor del destino aciago que aguardaba a viejas guardias del partido como Muralov o Piatakov. Lo que finalmente despertó sus sospechas fue descubrir que hasta Karl Radek, hombre de confianza de Münzenberg, estaba en la lista. De todos modos, hasta que no le tocó el turno a Yagoda, que fue quien inició las detenciones al despuntar la Gran Purga, muchos no se percataron de que la cosa iba en serio.

¿Ese anticomunismo que le caracteriza tras la Segunda Guerra Mundial es el del típico renegado impregnado de resentimiento o la del hombre en la eterna disidencia?

A diferencia de sus primeros años, ahora Koestler ya no hablaba de oídas y era, por decirlo con el verso de Kavafis, rico en saber y vida. Otra cosa es que, movido por su odio a los comunistas, cerrase filas con los peores reaccionarios, como afirmó Simone de Beauvoir.

Hay una parte de su periplo muy interesante, la de los años 50, que es cuando se mueve entre la alta Intelligentzia parisina fascinada por el comunismo, pero con la que pronto se va a enemistar por motivos políticos y a raíz de El Cero y el infinito y su declarada hostilidad a la URSS. No sé si Koestler fue en París el equivalente literario de Raymond Aron, que se convirtió en una “bestia negra” tras la publicación de aquel alegato anticomunista que fue El opio de los intelectuales.

Koestler venía de cosechar un éxito resonantísimo con El cero y el infinito, que se había convertido en el libro más vendido en Francia desde Los miserables. No fueron políticos, en realidad, los motivos que lo llevaron a discrepar con Sartre, sino meros líos de faldas. Eran dos gallitos ególatras que antes o después tenían que enseñarse los espolones. La novela fue saludada por la Inteligentzia francesa como un gran acontecimiento y fue Simone de Beauvoir, que se la leyó de una sentada en una noche, quien lo invitó a formar parte del cogollito cultural. Koestler se barruntaba que antes o después le darían la patada, como así fue, porque es lo que le llevaba sucediendo toda su vida. Siempre fue una presencia incómoda.

Marx decía que la religión era el “opio del pueblo”, ¿pero el marxismo fue efectivamente el “opio de los intelectuales”, por retomar la famosa expresión de Aron?

Ese libro de Aron, publicado solo cinco años después del Congreso por la Libertad de la Cultura, acierta en su crítica a la pereza intelectual de les mandarins, que preferían decantarse por soluciones redentoristas que resolviesen los problemas de golpe antes que tener que mancharse las manos y verse inmersos en el tráfago de las cosas mundanas, con sus zonas de grises y sus matices. Me gusta que cites ese libro porque, a mi juicio, Aron lo escribió después de darse de bruces con la realidad. Se le había muerto una hija y la otra tenía problemas, de modo que no estaba para andarse con tonterías. Y después de hartarse de ver a los mandarines agitar el señuelo de la revolución venidera, cantando alegres los tonificantes efectos de las purgas (Maurice Duverger sostenía que eran beneficiosas para la militancia, pues mantenían los nervios en vilo) y la conveniencia del Ribbentropp-Molotov, decidió combatir al militante con las armas del militante, en este caso liberal-conservador. Cabe, sin embargo, someter a crítica algunas de sus premisas. Sin ir más lejos, la religión como opio del pueblo, según lo expresa Marx en su libro sobre la filosofía del derecho de Hegel, no refiere a un agradable narcótico suministrada por una casta sacerdotal ni alude a la cachaza de los filisteos y los biempensantes. Esa frase, malinterpretada por tantos, afirma que la religión es el opio del pueblo y, también, el suspiro de la criatura agobiada, el último dique de contención del espíritu castigado frente a la miseria.

Hay dos “Koestler”, el convencido comunista al servicio de la NKVD y el del Congreso Para la Libertad Cultural, que a la inversa emprende una lucha intelectual a muerte contra la URSS. A mi esas dos etapas del húngaro me parecen igual de fascinantes, ¿pero cuáles fueron las luces y sombras de ambas?

Contaba con un poderosísimo motor interno que le permitía surcar las aguas a contracorriente: la fe del converso. Nunca dejó de plantar cara a sus oponentes y jamás desaprovechó una oportunidad de descender a la liza. Se habría convertido en un perfecto sectario de no haber sentido la punzada de una insatisfacción interna que lo acompañaba desde la infancia, una destemplanza que lo volvía ajeno al mundo y le impedía verse absorbido del todo por el vórtice de los dogmas y las certidumbres. Es como si la falla interior que le había amargado la juventud le previniese también de la tentación totalitaria. Incluso en sus momentos de mayor contumacia, sus textos dan muestra de su falta de sustento; como si, en el fondo, fuese consciente de que su sino era mantenerse perpetuamente errabundo y distraído. Daba tumbos, desentonaba y perdía comba, pero era eso lo a la postre lo salvaba del dogmatismo.

Nuestra historia intelectual nos ha brindado ejemplo de muchas deserciones ideológicas por parte de antiguos socialistas y marxistas que se convirtieron después en un símbolo del pensamiento conservador durante la Guerra Fría, como el propio Aron, Malraux, Revel, Popper o el mismo Koestler. Sin embargo nunca perdieron el respeto de sus antiguos compañeros de viaje. Me pregunto qué es lo que cuenta de verdad, si la profundidad de nuestras convicciones ideológicas en una etapa dada o nuestra estatura ética y moral más allá del sentido de nuestra ideas.

La profundidad de una creencia es difícil de medir y por sí misma no sirve de garantía. Ortega decía que el ser humano es como un banco que vive a crédito: de vez en cuando conviene dejarse caer por los sótanos y echar un ojo a las cajas fuertes, para revisar el valor efectivo de las reservas de oro. Por supuesto, Ortega no vivió el derrumbe del sistema Bretton Woods y el fin del patrón oro, pero la metáfora viene a cuento. El conocimiento heurístico y el fiducial no tienen por qué estar enfrentados. Dicho de otro modo, no viene mal contrastar con la realidad nuestras convicciones, aunque sea de vez en cuando. Una cierta cautela es siempre recomendable, cuanto que en el mejor de los casos “lo que sé, lo creo”, como diría Wittgenstein. Y en cuanto a la estatura moral en épocas convulsas, supongo que son las generaciones ulteriores quienes la juzgan. Es imposible verse recto en un espejo curvo.

¿Siempre se tiene que haber sido un izquierdista indómito para llegar a convertirte en un conservador “decente”?

En España es preceptivo haber sido maoísta, como mínimo, para militar de mayor en la derecha conservadora, cuando no reaccionaria. Hay ejemplos a porrillo. El primer capítulo de Sobre el olvidado siglo XX, de Tony Judt, se titula “El intelectual ejemplar”. Recomiendo su lectura para comprender hasta qué punto su itinerario político describe unos caminos más familiares de lo que pudiera parecer.

Mira hasta qué punto fue un sueño ilimitado que el mismo Proudhon decía que cuando llegase el socialismo los hombres lograrían medir tres metros… ¿El comunismo ha sido la gran utopía , pero también la última pesadilla de la humanidad?

También Fourier creía que en sus falansterios seríamos muy altos. Rebasaríamos los 150 años, el trabajo sería agradable y las mujeres contarían con esposos, amantes y reproductores. Contaba también con que superaríamos los tres mil millones, así que podríamos decir que el peor de sus augurios –la sobrepoblación– es el único que se cumplió, y eso que se quedó corto. Una utopía desopilante es la del sastre Wilhelm Weitling, que fue uno de los fundadores de la célebre Liga de los Justos, de la que Marx llegó a formar parte antes de convertirla en la Liga Comunista. Weitling creía que, en cuanto asaltase el poder con un ejército de cincuenta mil delincuentes, la utopía vendría de suyo. En su Edén sin clases, todos vestirían las mismas ropas y, naturalmente, él se encargaría de confeccionarlas. No cabe duda, en fin, de que entre los teóricos del socialismo utópico se encuentran ideas delirantes, pero no por ello cabe hacerlos responsables del Gulag.

¿Se puede decir que la propia evolución de Koestler encarnó todas las ilusiones y decepciones colectivas del siglo XX?

Paul Valéry decía que no se puede pensar en serio utilizando palabras terminadas en “ismo”. Sin embargo, no hay causa en la que Koestler no militase –positivismo, sionismo, comunismo; esoterismo, antisionismo, anticomunismo– y de la que no saliese escaldado. Es el siglo XX encarnado.

Para terminar, ¿te has planteado alguna vez convertir en ficción la vida de algún personaje importante de nuestra historia política e intelectual?

Tengo varias ideas rondándome la cabeza, pero no sé si las llevaré a término. No tengo ganas de hacer otra biografía. Mi próximo libro será diferente.

Pues suerte, entonces, en ese nueva aventura con la pluma…

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