Novela: “Mis rincones oscuros”, de James Ellroy

Teresa Suárez

“¡Dame algo tuyo, Los Angeles! Ven a mi tal y como yo voy hacia ti, con los pies en tus calles, ciudad preciosa a la que tanto amo, flor triste enterrada en la arena, ciudad preciosa”. Pregúntale al polvo, John Fante

Fiebre del oro. California y sus sueños. Aunque con ley, el Lejano Oeste sigue siendo un territorio habitado por gentes violentas. L.A., segunda ciudad más poblada de Estados Unidos, sin apenas esforzarse, consigue alzarse con el papel protagonista en este relato de supervivientes urbanos.

¿Han oído hablar de las historias de vida? Se trata de una técnica narrativa, utilizada en disciplinas como la terapia ocupacional o la sociología, que consiste en evocar y estructurar la vida de una persona a través de sus recuerdos. En las historias de vida no solo se recogen datos objetivos (nombres, fechas o lugares) sino, y sobre todo, datos relativos a los sentimientos, emociones, relaciones familiares, valores y sueños.

Normalmente, la historia de vida se construye entre dos personas: el protagonista del relato y un terapeuta o investigador que, a través de una entrevista oral, ordena el relato y le da forma.

En Mis rincones oscuros, una auténtica historia de vida, James Elroy (premio Pepe Carvalho 2018 de novela negra) se entrevista a sí mismo, escribe el relato como terapia exculpatoria e inicia una investigación sobre el asesinato, uno de tantos sin resolver, de la mujer más importante de su vida (con permiso de Elizabeth Short, alias La Dalia Negra) que marcó su infancia y con ello su vida entera.

Siempre me han gustado las historias de vida.

Debo decir que he visto L.A. Confidential, de Curtis Hanson, y La Dalia Negra, de Briam de Palma, pero, hasta ahora, no había leído nada de Lee Earle Ellroy, por eso me ha pillado desprevenida la contundencia de las descripciones y su intensidad narrativa.

La pelirroja

Distancia emocional. Crudeza.

Aunque por el título pudiera parecer lo contrario, ella solo es una actriz secundaria en este capítulo. De hecho, se produce una cosificación brutal de su persona ya que el cadáver es juzgado por el físico, manera de vestir y comportamiento que se le supone en vida, algo que, lejos de dignificarla, la etiqueta a ojos de la sociedad como mujer ligera de cascos o costumbres licenciosas que encuentra lo que se merece.

El libro empieza de manera bastante árida. Atestado policial sobre el hallazgo del cuerpo, descripción del escenario del crimen, nombres de policías de diferentes agencias y localidades (a quienes el cadáver de una mujer blanca, joven y guapa, los atrae como a moscas) y preguntas a los cientos de curiosos que se concentran en el lugar. A partir de ahí la investigación pura y dura, sin escamotear ni una llamada de cuantas se reciben, ni la sucesión de interrogatorios a personas de todo tipo que nunca conducen a nada. De tan cercana a lo que debe ser el trabajo policial diario (perseguir pistas, pistas y más pistas, que suelen ser falsas) resulta francamente tedioso por lo que, en más de una ocasión, sientes deseos de abandonar la lectura.

Solo los enfrentamientos entre el sheriff Gene Biscailuz (descendiente de vascos e ingleses a partes iguales) y William Parker (que tomó el mando del Departamento de Policía de los Ángeles en 1950), por sus dos maneras de entender la Ley, tan diferentes a la hora de aplicarla pero tan idénticas, por su sentido del espectáculo, cuando de publicitarlas se trata, proporciona algunos momentos hilarantes que, todo hay que decirlo, en esta parte se agradecen.

El niño de la foto

Vértigo y provocación. Literatura del desorden la definió alguien.

Ya en primera persona, Elroy, el niño de la foto, toma la palabra para narrarnos los episodios anestesiados de su infancia (“Era consciente de que debería llorar. La muerte de mi madre era un regalo, y sabía que debía pagar por él”), la fiera rebeldía de la adolescencia (“Me expresé a favor de la bomba atómica, contra John Kennedy, contra los derechos civiles y contra la vergüenza del muro de Berlín”) y la juventud, sumida en el consumo de alcohol (“bebía solo y durante horas daba rienda suelta a mis fantasías criminales y de delitos sexuales”) y drogas (“Fumé brutalmente. La marihuana añadía un punto surreal a mis fantasías”), para huir de una realidad que no desea afrontar, recluido permanentemente en un mundo de fantasía en el que da rienda suelta a los deseos más ocultos, libera sus demonios, supera los miedos y se va forjando una personalidad ficticia que, con el tiempo, acabará reclamando su lugar como la única posible y verdadera (“Vivía en dos mundos. Mi mundo interior estaba regido por fantasías compulsivas; el mundo exterior se entrometía demasiado a menudo en él. Nunca aprendí a contener mis pensamientos y reservarlos para momentos privados. Mis dos mundos chocaban continuamente”).

Narración brutal y desbocada. Busca escandalizar.

Stoner

El más cercano.

“Se llamaba Bill Stoner. Tenía cincuenta y tres años y era detective de la Brigada de Homicidios en la Oficina del Sheriff del condado de Los Ángeles”.

Detective vocacional, marcado por toda una sucesión de crímenes a lo largo de su carrera profesional (“todos sus fantasmas eran mujeres”). Unos resueltos, otros no.

“Se iba intacto. No era un borracho ni había engordado a fuerza de alcohol y hamburguesas. Llevaba más de treinta años con la misma mujer y juntos habían pasado épocas difíciles. Nunca había tomado el camino bifurcado que seguían muchos polis”.

Mi favorito.

Geneva Hilliker

Cuando estoy escribiendo esta reseña aún no he llegado a ella. ¿Por qué no espero entonces? Porque ella es, por sí misma, un misterio para desentrañar individualmente, sin injerencias de ningún tipo.

Es lo menos que puedo hacer por todas aquellas mujeres cuyo papel en la novela negra, más allá de la fantasía masculina de la mujer fatal (dura, fascinante y sexualmente insaciable) ha sido, y sigue siendo, el de hermosos cadáveres brutalmente tratados.

Este libro va por ellas.

Mis rincones oscuros

James Ellroy
Literatura Random House

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