Novela: “Estudio en lila”, de Maria Antònia Oliver

Teresa Suárez

Para reseñar este libro voy a tomar prestada, con permiso de la autora, la voz del personaje principal…

Llamarse Apolonia imprime carácter. Es un nombre recio, contundente, apegado a la tierra. Uno de esos que odias casi desde que aprendes a pronunciarlo y reivindicas, orgullosa, cuando peinas canas.

Pero al dejar Mallorca y trasladarme a Barcelona, con el olor a ensaïmades y mar prendido en el pelo y la memoria, ese nombre pesaba como una losa y constituía un obstáculo, por suerte salvable, para la nueva vida que pretendía comenzar (“peregrina perdida en el enorme ciudad”).

La metrópoli me engulló, casi literalmente, y tras una larga y pesada digestión (plagada de bastante ignorancia, algún que otro susto y mucho, mucho aprendizaje) me vomitó transformada en una urbanita llamada Lonia Guiu, “detectiva” que nada tenía que envidiar a Sabrina Duncan, Kelly Garrett y Jill Munroe (salvo, quizá, la melena rubia de ésta última que la convirtió en icono pop), esas tres “muchachitas” que, entre finales de los setenta y principios de los ochenta, fueron a la academia de policía de Los Ángeles, de donde las sacó un tal Charlie para apacentarlas, laboralmente hablando, sin mostrar nunca la cara.

Aunque debuté en 1983 con el relato ¿Dónde estás Mónica? y, hasta la fecha, he protagonizado otras dos novelas, Antípodas y El sol que engalana, si quieren conocerme les recomiendo que empiecen con Estudio en lila publicada, por primera vez, allá por el año 1985.

Estudio en lila no solo supuso mi primera incursión seria en este mundillo, sino que fue mi auténtica carta de presentación en un oficio gobernado por férreos y rancios códigos masculinos no escritos, pero tan rígidos y excluyentes que cualquier modificación, por pequeña que fuese, requeriría una mayoría casi imposible de alcanzar.

Tengo 35 años en canal, un genio importante, colecciono lápices de labios (como diariamente me veo obligada a codearme con tipos que no han superado la fase de neandertal, supongo que lo hago para alimentar mi lado femenino) y lo que más adoro de mi trabajo son las persecuciones. Conducir como una loca Vía Laietana arriba, lenta por la Diagonal y por la plaza Francesc Macià, más despejada, con cuidado para no ser descubierta… ¡Me apasiona “serpentear entre el alud circulatorio”!

Mi carrera profesional comenzó en la Agencia Marí, informes confidenciales y comerciales, allá en mi Mallorca natal. En Barcelona, tras una breve etapa en unos grandes almacenes vigilando a mujeres seducidas por el colorido y pequeño tamaño de bisutería de todo tipo que parecía invitar a cogerla sin pagar, conseguí la licencia “con la ilusión de la aventura, pero cuatro años más tarde la aventura se había burocratizado tanto como la oficina del señor Marí en Palma. Tenía un negociete que iba tirando, pero el trabajo resultaba tan monótono y aburrido como estar en un banco o en una cadena de montaje. Y yo ya estaba desencantada y además, harta”.

Y es que claro, ser una sabuesa en un mundo androcéntrico te deja pocas posibilidades de negocio. Entre mi clientela, no voy a mentirles, predominan las mujeres (¿cuántos machotes se sentirían cómodos pidiendo ayuda o contándole sus miedos o problemas a una fémina?). Por eso, además de espiar a maridos para encontrar pruebas de supuestas infidelidades, suelen requerir mis servicios para buscar jovencitas huidas del hogar, motivo por el cual “había decidido no aceptar ningún otro trabajo de aquella clase, porque mi despacho, más que una agencia de investigación, parecía un hogar para la infancia descarriada, y ya estaba cansada de actuar como niñera”.

En mi ya largo periplo por el universo detectivesco, nunca han faltado capullos de los que esperan que pagues su ayuda en especie (“¿A dónde quieres ir ahora? Me había cogido por el hombro y pude notar el tufo a Varón Dandy. Definitivamente era un hortera. Y me cagué en los hombres que después de hacerte un favor, siempre te piden lo mismo a cambio”, ni esos otros que cuando les plantas cara aseguran que lo que te falta es un buen polvo para que cierres de una vez la boca… ¡Já, como si supieran lo que es eso!

Acostumbrada a que tipos ridículos, auténticos mostrencos, invadan mi espacio vital con su repugnante cercanía y mi espacio mental con su verborrea machista (“Si fueras mi mujer, te aseguro…” o ”ya verás cómo esta melindrosa pateará a lo loco dentro de un rato”), tengo claro que el curso de defensa personal fue una de las mejores inversiones de mi vida. Además de a mi ayudante Quimet, en el gimnasio encontré la seguridad que toda mujer necesita para compensar la única diferencia real entre ambos sexos: la fuerza bruta. Después de que un energúmeno haya intentado propasarse contigo, nada como verlo retorcerse de dolor en el suelo tras propinarle un buen rodillazo en los cojones.

Es cierto que el paisaje urbano en el que transcurren mis andanzas ha cambiado, pero hay cosas, situaciones y comportamientos que, por desgracia, permanecen inmutables. Aunque han transcurrido más de treinta años, mi historia, la historia de muchas mujeres, mantiene una dolorosa vigencia.

Me llamo Lonia Guiu y María Antònia Oliver, mi creadora, gracias a mi se convirtió (sin olvidar dedicarle el correspondiente taconazo de respeto a Vázquez Montalbán) en una de las pioneras en esto de lo negro y criminal.

Si no les suena mi nombre, si no conocen su obra, ¡no sé a qué están esperando!

Créanme, lo gozarán.

Estudio en lila

Maria Antònia Oliver
Off Versátil

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Un comentario en “Novela: “Estudio en lila”, de Maria Antònia Oliver

  1. Pingback: 8 de marzo en clave criminal | Revista Calibre .38

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