Novela: “Una maldita historia”, de Bernard Minier

Noemí Pastor

Buscaba una cosa y me encontré otra

Con esta novela buscaba una cosa y encontré otra.

Como es una novela de Minier, buscaba Pirineos franceses y me encontré con la imaginaria isla de Glass, frente a la costa de Seatle, en los Estados Unidos de América. La isla de Glass, según declara Minier en el epílogo de la novela, la ha construido él mismo con retazos de otras islas existentes y, sin embargo, tiene algo de pirenaico, como son dos topónimos vascos que también supongo nacidos de la imaginación de Minier: Agate Beach y Apodaca Mountain.

Buscaba cercanía geográfica y me encontré con otra cosa que me resulta cercana y familiar: mi fascinación por las islas, esos espacios fatalmente delimitados que dan tanto juego en las tramas criminales, hasta el punto de que hay quien defiende la existencia de un subgénero criminal que se denominaría thriller insular.

I like to be in America

Encontré también otra cosa que no buscaba y que no busco nunca: protagonistas adolescentes. Qué fatiga me provocan, qué pocas ganas de hormonas revueltas y tontería. Cuando descubrí que el protagonista era un chaval de dieciséis años, a punto estuve de aparcar la novela sine die, pero luego encontré un tratamiento spielbergiano de esos muchachos que acaban de abandonar la infancia (sobre todo muchachos y alguna que otra muchacha en muy segundo plano) y me dejé ablandar de ternura.

Spielberg y sus películas aparecen muy a menudo en la novela (¿sería también Tiburón un thriller insular?), junto con otras referencias (cine, música, literatura…) del mundo cultural juvenil, ya que los protagonistas son chavales que, sobre todo al principio, hacen cosas de adolescentes, un poco tontunas, que poco a poco se van convirtiendo en siniestras y nos traen ecos de las americanadas (benditas americanadas) de Gyllian Flinn.

Vuelvo al epílogo de la novela porque ahí confiesa Minier que Una maldita historia es un homenaje al thriller americano, sobre todo al cinematográfico, y no se molesta en ocultar el placer que le produciría ver su novela trasladada al celuloide.

Y veo también un aliento spielbergiano, unas gotas de su buenismo tan simple pero tan eficaz, en el único sentimiento verdadero y positivo que consigue ensalzar esta novela: lo único que se salva del desastre moral es la amistad entre muchachos que luego puede llegar a convertirse en amistad entre hombres o, al menos, en lealtad, en camaradería. Todos los demás lazos o no existen o no perviven o no son lo suficientemente fuertes.

Otros muchos ingredientes

Una maldita historia es una novela de seiscientas páginas con voluntad de complejidad: toca muchos palos, se cocina con muchos ingredientes y se salpica de escenas de acción, propias del thriller que es, a veces demasiado ralentizadas o precedidas por descripciones excesivamente prolijas, a las que no consigo ver otro objeto que el de rellenar papel.

En las cien últimas páginas, sin embargo, el relato adquiere otro rumbo y otro ritmo. Va virando, como cualquiera de los navíos que tanto aparecen en él, toma otra dirección, se acelera y se precipita hacia el final como una lancha rápida lanzada contra las rocas.

No se libra esta historia maldita de la recreación lenta en el cadáver de una mujer asesinada, un cadáver que aparece desnudo, además, y pertenece a una menor. Así que me acuerdo de todas esas escenas gore con las que comienzan muchas novelas, hago un cálculo mental de cuántos de esos cuerpos arrasados y violentados pertenecen a mujeres y me quedo dándole vueltas a una gran preocupación.

No resulta menos preocupante, por su realidad y su actualidad, uno de los personajes principales de la novela: un gran empresario americano, podrido de millones de dólares, que se adentra, con toda su podedumbre, en la política. Y triunfa, que es lo peor.

Y, para acabar con la mayor preocupación de Minier, tal como declara en el jugoso epilogo, os cito también otro de los temas recurrentes de Una maldita historia: las grandes empresas de cibervigilancia a la ciudadanía, el maldito gran hermano, el ojo que todo lo ve, las antenas que todo lo escuchan y las máquinas que todo lo registran ya están aquí. ¿Nos tenemos que preocupar? Minier dice que sí, que es el fin de la privacidad y una gran amenaza para nuestras libertades pollíticas y personales.

Yo, en cambio, me quedo bastante más tranquila: no soy tan importante.

Una maldita historia
Bernard Minier
Trad.: Mª Dolors Gallart Iglesias
Salamandra Black

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