Novela: «Muerte en el Carlton», de Javier Sagastiberri

carltonNoemí Pastor

En un principio pensé subtitular esta reseña “Agatha Christie se pasea por Bilbao”. Luego cambié de opinión y me decidí por “Agatha Christie en la plaza Moyua”. Más tarde se me ocurrió “Agatha Christie en el Botxo”. Y al final, cuando tuve que elegir un solo subtítulo, me vi incapaz, porque todos eran igualmente ciertos y válidos; todos me encajaban y me servían.

Y es que “Muerte en el Carlton” recorre todos esos registros y, como veremos luego, también algunos más.

Comienza con un planteamiento tan clásico como atractivo: un crimen people, de esos que llenarían horas y horas de televisión morbosilla con tremendas cifras de audiencia. Un empresario vasco, Juan Artolabe, es asesinado durante una fiestuqui con más de cien invitados en el hotel Carlton, en pleno centro de Bilbao.

Por si alguien no conoce el hotel Carlton, diré que, además de ser probablemente el más famoso y céntrico de la capital vizcaína, es también un monumento histórico, ya que en sus sótanos alberga un búnker que fue la sede del primer Gobierno Vasco durante la Guerra Civil española.

Después de este excurso histórico, volvamos a la novela y concretamente a la víctima, para recalcar que es una de esas que dan juego mediático y revuelven asuntos de dinero, negocios turbios, rencillas, incluso odios y, en definitiva, enorme salseo. Desde la primera página sabemos que hay un muerto, que se llama Juan Artolabe, y que no es un muerto cualquiera, sino un capullo con muchos enemigos y, en consecuencia, con muchos sospechosos de habérselo cargado, casi todos ellos reunidos, además, en un salón de celebraciones. Pero, tal y como el autor confiesa que ha pretendido (y logrado) hacer, adquiere mayor interés saber quién es el muerto que saber quién es el asesino. Así, confiesa también Sagastiberri, homenajea al mismo tiempo a Orson Welles y “Ciudadano Kane”, y lo homenajea tanto que en un principio incluso pensó titular su novela “Ciudadano Artolabe”.

Como decimos, en su intensa vida, Artolabe se ha portado mal con mucha gente, empezando por su propia esposa, a la que abandona y maltrata económicamente; siguiendo por sus h¡jos, sus colaboradores más estrechos, gentes del pasado relacionadas con los orígenes turbios de su fortuna… Hay muchos sospechosos: los asistentes a la fiesta y alguno más, quienes, con apellidos vascos de grafía simple y sin demasiados problemas ortográficos, van desfilando uno a uno ante la policía y el narrador los va destripando, les saca toda la grandeza y toda la miseria, presente, pasada y hasta futura.

En esta primera parte de la investigación policial ya destaca la figura de la agente protagonista, Ana Larburu, suboficial de la Unidad de Investigación Criminal de la Ertzaintza, un personaje también clásico del policial, con una vida difícil y problemas laborales, personales y familiares.

Así, la primera parte dela novela viene a ser un puzle temporal con un registro exacto de las horas en las que tienen lugar los hechos. Resulta muy de serie televisiva contemporánea y reune una sucesión de homenajes, confesados por el autor, tanto cinematográficos como literarios; entre estos últimos, uno a Honoré de Balzac, que,al igual que Sagastiberri, acostumbraba a rescatar personajes de novelas anteriores.

De tal manera, entre homenaje y homenaje, nos deslizamos agradablemente hasta la segunda parte de la novela, más centrada en descifrar la vida anterior de Juan Artolabe, aquello que hizo hace décadas y que lo condujo hacia su propio asesinato.

Sin más, me apetece terminar esta reseña con otro homenaje (este es mío) y una pregunta. El homenaje es para un personaje secundario, María Azkoitia, que me sirve para recordar a todas esas bellas muchachas de ficción esposadas con un anciano adinerado y amantes más o menos platónicas de un apuesto jovenzuelo más o menos canalla. Quiero homenajear aquí, pues, a la Neleta de Blasco Ibáñez, a Gilda, a la Ingrid Bergman de Notorious y a tantas más que tacharon de zorras y pérfidas y que nunca replicaron porque los narradores no les dieron voz. Seguro que todas ellas tenían una buena razón para hacer lo que hacían.

Y aquí viene la pregunta. Ana Larburu y Beltza son personajes de “Muerte en el Carlton” a los que se les adivina un cierto futuro y que bien pueden persistir en otras novelas. Así que, puestos a recorrer los iconos turísticos bilbaínos, ¿habrá una Muerte en el Guggenheim, en el Arriaga o en la Alhóndiga?

Muerte en el Carlton
Javier Sagastiberri
Erein

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