Novela: «Los penitentes», de J. E. Álamo

los penitentesTeresa Suárez

Sinopsis:

«Un asesino despiadado, conocido como el Segador, está torturando y matando a párrocos en el interior de sus iglesias; firma los crímenes con una cita bíblica escrita con sangre, y luego prende fuego a los cadáveres. Un ritual cuyo fin aparente es desatar el caos.

Acompañado por el agente Erik, Javier Aguirre, detective de la Brigada de Intervención Especial, asiste impotente a un asesinato tras otro. Después de mucho tiempo sin lograr recabar una sola pista, Aguirre topa con Baldo, un anciano que ha presenciado el último crimen. Sin embargo, su interés por este testimonio atrae la atención del Segador, y el detective y sus allegados se convierten en su nuevo objetivo.

Ahora Aguirre debe enfrentarse a un criminal que amenaza con devorar todo lo que significa algo para él. Y comienza a tener la sensación de que solo es un peón en un juego cuya dimensión no acaba de comprender».

La primera vez que oí hablar de J.E. Álamo fue a raíz de una serie de novelas protagonizadas por un tal Tom Z. Stone. Probablemente, entre la maraña de detectives que pueblan el panorama literario, el tal Stone no hubiera captado mi atención si no hubiera sido por una característica que lo hace titilar por encima del resto de colegas: es un zombi. Bueno, en realidad aún no.

Parece ser que, debido a un extraño fenómeno (no se si extraterrestre, paranormal o pandémico), los muertos disponen de un bonus track de cordura (durante cuatro años pueden seguir caminando sobre la tierra con todas las prestaciones humanas) antes de convertirse en los renqueantes y poco razonables zombis de toda la vida. Tom es uno de esos. Un ZIR (Zombi Interno Residente) que debe graduarse antes de incorporarse a la plantilla fija de autómatas sin cerebro y hambre voraz.

Como friki reconocida, tal premisa captó de inmediato mi curiosidad por J.E. Álamo, escritor que no conocía. Cuando me enteré de que, diez años después de que viese la luz, Obscura Editorial recuperaba y rebautizaba, en una nueva y cuidada edición, su novela Penitencia, decidí que debía hacerme con un ejemplar.

En Los penitentes hay policías normales y otros especiales. Hay un asesino despiadado con una misión («el tiempo nunca me ha preocupado demasiado. Ahora sí, porque tengo un propósito: encontrar a los enemigos, acabar con ellos. Segarlos. Él cuenta conmigo»), una bruja («nació vieja, torcida y con la semilla del rencor en el alma»), un engendro («el rostro era un cumulo de carne plegada sobre sí misma en el que se distinguía un ojo. La boca era una hendidura informe») y un camarero mal encarado («Gregorio odiaba la profesión, odiaba a la gente que le hacía ir de un sitio para otro, odiaba tener que entablar conversación con ellos, aceptar sus miserables propinas y darles las gracias por ello, y, más que nada, odiaba a su padre por haberle metido en ese mundo»). Hay alguna que otra aparición hostil («él ya está aquí»), un porrón de potenciales víctimas donde elegir y cadáveres destazados a lo bestia («La desdichada debió de pasar por un infierno. Todo el despiece de su hijo muerto, ella lo sufrió en vivo. Quien lo hizo procuro retrasar el final todo lo posible, y todo lo posible había sido muchas horas. Para colmar el vaso de los horrores, faltaban varios órganos y miembros de la madre») o achicharrados con banda sonora incluida (la de sus gritos, ya que los asan estando aún vivos). Pero, sobre todo, hay sangre, muuuuuucha sangre.

Todo lo anterior convierte a Los penitentes en un desfile de monstruos.

Un cuento gore.

Mientras los pecados capitales, uno tras otro, van haciendo acto de presencia, la violencia se expande, los muertos aumentan (curas, ancianos, mujeres y niños) y el resto, perdonen la expresión, se caga literalmente de miedo («sintió la orina deslizarse por sus muslos empapando el pantalón hasta el calcetín de su pierna izquierda, y por el olor dedujo que mearse encima no era lo único que había hecho»), el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal se recrudece.

Capítulos cortos, divididos en apartados que van precedidos por el nombre del personaje que sale a escena. Por su ritmo rápido, y esa forma secuencial de narrar, Los penitentes recuerda a los comics. Las excelentes ilustraciones de Alberto Góngora (@GngAlberto), que acompañan al texto, ayudan a que el traje de novela gráfica les siente tan bien a estos penitentes de J.E. Álamo:

DETECTIVE AGUIRRE 2

El detective Aguirre, cortesía de Alberto Góngora

Escrita para el simple y puro entretenimiento del lector, y capaz de estomagar a lectores no prevenidos tanto como hacer disfrutar a quienes saben a lo que se enfrentan, Los penitentes es una novela evasiva para leer sin pensar demasiado ya que, de hacerlo, no pararíamos de encontrar pegas que nos impedirían disfrutar del espectáculo.

En el mejor sentido de esa expresión, Los penitentes es una auténtica novela palomitera.

Pasen y lean.

Los penitentes

J. E. Álamo
Obscura Editorial

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