El minotauro (y 3). La Inglaterra profunda en los sixties y se acabó

Noemí Pastor

Puedes leer aquí El minotauro (2)

Kerstin, la narradora, reseña continuamente cuánto ha cambiado el mundo desde entonces a hoy, no sin dejar ver cierta nostalgia por una vida que era mucho más simple.

Dice, por ejemplo, que los Cosway habrían sido la familia más disfuncional del mundo si entonces hubiera existido la palabra “disfuncional”.

Lo cierto es que la Inglaterra rural de 1960 se parecía más a la de Austen que a la actual. Kerstin, como digo, no deja de llamar la atención sobre las diferencias entre entonces y hoy para llegar a la conclusión de que en cincuenta años la tierra ha dado más de cincuenta vueltas alrededor del sol. O al menos eso parece.

En la enorme mansión de Lydsted, por ejemplo, solo hay un teléfono, por supuesto que nadie tiene móvil y faltan lustros para que se conecten a Internet. Casi se puede hacer un meme, el meme de lo que no había en los sesenta y ahora sí hay, empezando, como decía antes, por las palabras: coged un periódico y mirad cuántos términos-concepto nacieron anteayer; un montón de ellos, además, pertenecen al campo de la salud y las enfermedades.

Además, Kerstin viene de Estocolmo; o sea, de otro mundo más urbano, más abierto y aconfesional. Tiene veinticuatro años y, sin embargo, las hermanas Cosway, que han cumplido todas los treinta y cinco, le parecen adolescentes inmaduras:

Me resultó extraño que una mujer de cuarenta años quisiera tener damas de honor y me pregunté si la boda sería uno de esos eventos infantiles e insustanciales con vestido blanco, velo, ramos de flores y coche cubierto de lazos.”

Como veis, no se corta un pelo y dice barbaridades de la sociedad rural inglesa: “Vivir en el campo estrecha la mente.”

Habla también, por ejemplo, de la terrorífica ausencia de anonimato social, sin el cual difícilmente existe la libertad individual.

Me hace gracia cuando flipa un poco con las costumbres religiosas, porque en la iglesia los feligreses de la aldea hacen cosas que he conocido yo de niña, en el País Vasco, en el pueblo de mi madre, como eso de regresar al sitio tras comulgar, arrodillarse y ocultar el rostro entre las manos, como si el haber recibido el cuerpo de Cristo los sumiera en un estado de arrobo o ensimismación.

Y acabamos con una cita: “Si no pervivieran ciertos prejuicios elitistas y ridículos sobre la literatura criminal, Ruth Rendell sería una de las más importantes novelistas británicas”, decía John Mortimer.

Con todos mis respetos, señor Mortimer, sobre todo porque está usted muerto; permítame añadir que también hay prejuicios sexistas.

Mucha gente está de acuerdo en que Rendell ha hecho añicos las presuntas reglas de la ficción criminal, pero se resigna a seguir siendo una escritora “de género” a los ojos del “establishment” literario.

En fin.

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