“La palabra se hizo carne”, de Donna Leon, por Herminia Luque Ortiz

Herminia Luque Ortiz

La novela comienza con una imagen impactante, muy al estilo de las series televisivas con médicos forenses dentro: un cadáver en la sala de autopsias del doctor Rizzardi. Pero un cadáver con una peculiaridad: es el de un hombre con la enfermedad de Madelung, una dolencia que deforma el cuerpo con increíbles acúmulos de grasa en la parte superior del cuerpo.

Lo extraño es el poco juego que le da a la novelista esta rarísima enfermedad. Como mucho, le sirve para que el comisario Brunetti identifique a la víctima, que ha aparecido en unos de los canales de la ciudad de Venecia con tres heridas incisas en la región lumbar y sin documentación encima, por supuesto. Y más extraño aún resultará, cuando el buen hombre tenga nombre y apellido y se empiece a conocer datos de su vida, que tuvo una recentísima aventura con una bella mujer, a causa de la cual llega, incluso, a separarse de su esposa…

La novela va cabeceando como una góndola en las aguas muertas de los canales, (aunque por Foa, conductor de lanchas de la comisaría, sepamos que las aguas no están tan muertas en realidad y tienen mareas que hacen que los cadáveres arrojados a ellas no se estén quietos del todo). La novela se estanca, quizá en demasía para los que hemos leído ya las veintiuna novelas de la serie dedicada al comisario Guido Brunetti. Conocemos ya, como si fueran de nuestra familia, a los personajes habituales y no surge nada nuevo al respecto: la señorita Elettra siguen hecha una elegante hacker –no como otras: en vez de aros en la nariz lleva elegantes vestidos amarillos…–, los hijos de Brunetti ya creciditos pero tan estupendos como siempre, la esposa Paola, fidelísima y avezada cocinera, con sus intrigas en la universidad –no todo va a ser Henry James–, el vicequestore Patta tan fatuo y tan servil con el poder como no podía ser de otro modo…etcétera.

Es verdad que luego la novela gana interés, cuando sepamos de las tareas profesionales del hombre muerto y veamos una de las actividades propias de nuestra sociedad contemporánea, no necesariamente ilegal –aunque aquí sí propicie la ilegalidad y el crimen– y cuidadosamente oculta al común de los ojos (y las narices) de los mortales…Non olet habría que decir al estilo sanchezferlosiano: el asunto huele mal pero no el dinero contante y sonante que produce…

Lo que no me cuadra es el título de la edición española. Si en el original inglés es Beastly things (no olvidemos que Donna Leon, aunque veneciana de adopción, nació en New Jersey, Estados Unidos, y la lengua en la que escribe es el inglés), en español aparece como La palabra se hizo carne. Para el lector medianamente culto, medianamente impregnado de tradición religiosa, esa frase posee inequívocas resonancias cristianas. Que son amplificadas por una portada en la que aparecen dos objetos de cristal, uno de los cuales puede confundirse con un cáliz, y borran por completo esas alusiones a lo bestialmente inmundo, a lo terriblemente asqueroso que nos debía de sugerir el título y que encontraremos dentro (no debo destripar el argumento, el lector deberá encontrar qué cosa sea eso).

Una novela, en fin, interesante aunque echemos de menos algún elemento sorpresivo, algo nuevo en este escenario teatral que ya conocemos. Venecia sigue idéntica a sí misma, bella y corrupta, con esa plaga más terrible que la de las palomas que son los turistas, esperando a ser engullida por las aguas de la laguna, sin que el proyecto MOSE o las críticas implacables de Donna Leon –eso son al fin y al cabo sus novelas y por eso la autora impide que sean traducidas al italiano: acerbas diatribas contra las miserias de la política y la criminalidad, indiscernibles las más de las veces– detengan lo inevitable.

La palabra se hizo carne
Donna Leon
Seix Barral

2 comentarios en ““La palabra se hizo carne”, de Donna Leon, por Herminia Luque Ortiz

  1. Me llena de curiosidad la cantidad de «novelas» de factoría que circulan en el mercado. Ésto no es nuevo, obviamente, y forma ya parte de una tradición paralela al Arte, de la que Warhol se moría de la risa pero que, con inmensa seriedad, llegó a hacer colindar con el Arte de vanguardia. No sabría decir cuántos cientos de miles de títulos endosados por John Doe y sus secuaces andan circulando hoy por las calles (quizás millones)… Creo que el asunto se transforma en «inconveniente mayúsculo» cuando la mayoría de las editoriales trabaja con sucedáneos; saber escribir de manera correcta no es suficiente adjetivo como para convertirte en escritor destacable ¿o sí? Igual, si tienes un un pelín de vuelo imaginario, será cuestión de mudarse a una ciudad aún más literaria e intrigante que Venecia y hacer migas con un abogado local o, mejor aún, con el ufólogo de turno. Visto el panorama ¿cómo le explicas a un recién iniciado qué es la Literatura? Por supuesto no todo está perdido; siempre es mejor que se imprima algo a que no. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde; lo penúltimo será la Novedad en sí. Digo yo… Saludos. 🙂

  2. Lo que más me gustó de esta novela -¿Lo único?- fue el funeral lleno de animalitos. ¿Sueño del comisario? No sé si en Venecia permiten entrar al templo con perritos y loros. Imagino que en España no, como no sea en San Antón el 17 de enero. Gusta reencontrarse co Brunetti, Elettra, Vianello y hasta Patta pero se echa en falta el atractivo de otras peripecias más antiguas. De todas formas, hay que agradecer a Donna León que siga interesándose por sus entrañables personajes.

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