“Claustria”, de Régis Jauffret, por Noemí Pastor

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Ni relato ni ensayo: novela

Claustria es una obra de ficción inspirada en un suceso; concretamente en el caso Fritzl, el monstruo de Amstetten, el septuagenario austriaco que tuvo a su hija encerrada en un sótano durante veinticuatro años y le engendró siete hijos, tres de los cuales vivieron también en tal encierro desde su nacimiento.

Hasta ahí lo real. A partir de ahí, Jauffret crea y recrea. Y, para que nos quede claro, comienza su relato hacia 2050, con un encuentro con el benjamín de los hijos-nietos de Fritzl, que se llama precisamente Roman; esto es, ‘novela’ en francés.

Jauffret fantasea y lo hace, además, porque no le queda más remedio, porque solo la imaginación puede concebir lo impensable, lo inenarrable de vivir veinticuatro años encerrada, violada y torturada y parir seis veces (un parto fue múltiple) en soledad. Nadie sabe cómo evoluciona un ser humano cuando pasa veinticuatro años en un agujero. No se puede comparar con nada; no hay datos, no hay referencias.

Se diría que Jauffret escribió una historia lineal, cronológica, sobre una pared de azulejos; luego la rompió a martillazos, la hizo añicos y volvió a colocar los pedacitos irregulares de forma azarosa y caprichosa. El relato está completo, pero fragmentado, en aparente caos.

Un país enclaustriado

El país encerrado en el título de la novela no sale nada bien parado. No me extraña que Claustria no haya gustado en Austria, pues Jauffret lo presenta como un territorio ciego y sordo, podrido por el nazismo, cuyos efectos no se volatilizaron el día que liberaron Matthausen. Es una tierra cruel devastada moralmente también por la misoginia, muy tolerante con la violencia hacia las mujeres (las acusaciones de violación son anecdóticas, le dice a Fritzl su abogado), pero que no perdona haber dejado morir a un bebé.

Jauffret defiende la tesis de que todo el mundo sabía qué pasaba en el sótano del caserón Fritzl: su esposa, sus hijos, los inquilinos de los apartamentos, los vecinos… Todos oían gritos, llantos y golpes en las tuberías, pero nadie hizo nada. Como sucedió con el nazismo, la solución final se venía venir, pero nadie la evitó.

Es más, el sótano de Fritzl es una alegoría del ideal nazi: allí funda una familia sin una gota de sangre mezclada, con la que jugar a líder único; funda un templo, como escribió Elfriede Jelinek, del cual era dios padre. He hecho un sueño realidad, dice, pero priva a su prole de comida cuando no cumplen sus órdenes y los amenaza con gasearlos.

La vulgaridad del monstruo

Ya nos lo advirtió Hanna Arendt cuando hablaba de la banalidad del mal. Los psiquiatras describen a Joseph Fritzl como un tipo sin profundidad ni vida interior, solo preocupado por sus finanzas y sus inversiones inmobiliarias.

Y no solo el verdugo carece de interés, sino que las víctimas son también decepcionantes: los mártires no son héroes, apenas tienen nada que contar y venden a los medios historias insulsas que hay que rellenar con imaginación morbosa.

Es también delicado el momento en el que estas víctimas se convierten en tiranos. Resulta casi inevitable cuando las plagas humanas son devastadoras; nos da a todos tanta vergüenza haber permitido que suceda, nos sentimos tan culpables, que queremos compensarlo arropando a las víctimas, nos plegamos a todos sus deseos, por bobos que sean, las entronizamos y acabamos creando otros monstruos: La palabra de la mártir acabó por ser sagrada. Su versión de los hechos se había convertido en la ortodoxia del affaire y nadie se atrevía a hacer notar inverosimilitudes ni contradicciones. A su salida del hospital, dirigía los satélites y las rotativas de todo el planeta.

Claustria
Régis Jauffret
Éditions du Seuil

4 comentarios en ““Claustria”, de Régis Jauffret, por Noemí Pastor

      • Creo, Noe, que no seré capaz de leerla, a pesar de que tus comentarios son muy lúcidos y sugerentes. Hay ciertos sufrimientos humanos -y sus consecuencias- que prefiero no imaginarlos siquiera. Y no pienso que sea por cobardía, sino por estómago.

      • Hola, Peke. Yo entiendo perfectamente lo que dices. Ya he escrito muchas veces que a mí me sucede algo parecido con todo lo referente al nazismo y el holocausto. Me invade un malestar físico. En mi caso sí es cobardía. El caso de los demás no me atrevo a juzgarlo. Un abrazo enorme, maestra.

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