“Crimen”, de Irvine Welsh, por José Luis Muñoz

crimenJosé Luis Muñoz

El inspector de la policía de Edimburgo Ray Lennox viaja a Miami con su novia Trudi. Ambos atraviesan una situación sentimental difícil. Lennox huye de un caso de pederastia que le dejó muy marcado en Escocia: Britney, una niña de siete años desaparecida, es el fantasma que quiere dejar atrás. Una trifulca entre la pareja manda a Ray al bar de al lado. Allí conoce, entre copa y copa, a Starry y Robyn, dos chicas de vida desordenada. Y en el piso de ellas se encuentra con Tianna, hija de la segunda, una lolita precoz que le confiesa haber sido víctima de abusos sexuales por parte de un amigo de la madre. Inexorablemente el policía escocés sale de un caso de pederastia para entrar en otro. Parece su destino.

Irvine Welsh (Escocia, 1958), punk en su juventud, es conocido internacionalmente por Transpoiting, adaptada luego al cine por Danny Boyle y protagonizada por Ewan Mcgregor. Crimen, por su naturaleza, entra dentro de la literatura policial, en su vertiente hardboiled, con la droga y el alcohol muy presente en su historia, empapando cada uno de sus capítulos.

Dos jóvenes convertidos en sendos vegetales tras haberse pasado todo el día bebiendo en un piso: uno de ellos había apuñalado mortalmente al otro. Uno de los dos dijo algo y el otro se lo tomó a mal. A una amenaza le siguió una réplica y luego se produjo la escalada. Una vida concluía y otra quedaba arruinada. Todo ello en el tiempo que cuesta comprar un litro de leche.

Abundan en la novela las descripciones de un naturalismo descarnado, que crean ambiente sórdido alrededor de los personajes de la función, para que todo resulte más negro y oscuro.

Lennox se dirige al cuarto de baño; esta vez se fija en su orina, tan espesa que haría tenerse en pie a una cuchara, y que tiñe el agua de color oro anaranjado.

La novela de Irvine Welsh se dirige también a los sentidos, no descuida ninguno de ellos, para sacudirlos no para masajearlos. Podemos leer en sus frases cómo huele una estación de gasolina y cómo se mezcla ese hedor con el no más agradable de un restaurante de comida rápida.

Lennox se detiene en una gasolinera. El hedor de los efluvios de gasolina se mezcla con el olor a productos químicos de las freidoras del McDonald’s adyacente. Dado el calor que hace, probablemente sean más embriagadores que la cerveza de baja graduación que un letrero de neón azul le hace soñar con beberse.

En un alarde estilístico, Irwine Welsh emplea la narración en segunda persona, que implica de forma directa al lector en lo que narra y resulta tremendamente eficaz, en los capítulos de flash back que transcurren en Edimburgo, y el presente cuando regresa a Miami. Pero Crimen no es solo una novela centrada en un caso criminal de pederastia, o en varios casos criminales, porque los flash backs conducen constantemente al lector al pasado, sino que también es la historia de las difíciles relaciones de Ray con Trudi, su novia, que marcan parte de la novela y explican el comportamiento errático de su protagonista, porque en Crimen hay personajes de carne y hueso, como el policía Ray Lennox, rey de la función de este thriller tenso y violento, un tipo adicto a la cocaína. Prepara una gran raya encima de la cisterna. Parece buena farlopa. La corta más fina con su carné de identidad de la policía de Lothian and Borders; Trudi, la chica que quiere al policía a pesar de que sus desarreglos emocionales enturbien con frecuencia la relación; Robyn, esa madre que no cuida de su hija Tianna porque está más por sus relaciones esporádicas y sus adicciones; o Rennie Hamil, el desagradable pederasta que abusa de su nieta Britney. Y todo ello ambientado en la rutilante Miami, o en la sombría Edimburgo, los dos escenarios de la novela, y aderezado con algunas dosis de sexo y seca violencia que hacen de Crimen una novela modélica de lectura adictiva.

Crimen
Irvine Welsh
Trad.: Federico Corriente
Alianza Editorial

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