“La isla mínima”, por José Luis Muñoz

La_isla_m_nima-276450591-largeJosé Luis Muñoz

España tiene una muy buena tradición de cine negro, incluso durante el franquismo con películas como Apartado de correos 1001 de Julio Salvador, Brigada criminal de Ignacio F. Iquino o Los atracadores de Francisco Rovira Veleta. En esa tradición se inscribe la película de Alberto Rodríguez, el realizador de Grupo 7 y Siete vírgenes, que se pone manos a la obra con un thriller asfixiante ambientado en las marismas andaluzas durante los albores de la democracia, cuando todavía no habían descolgado los retratos de Franco de las comisarías de policía.

Un torturador franquista de la terrible BIPS (al que Javier Gutiérrez, encarna con tanta convicción que se ha llevado el premio a la interpretación del festival de San Sebastián) y un policía expedientado (Raúl Arévalo) forman la singular pareja de policías que investiga las muertes de unas niñas que han sido previamente violadas y torturadas no sé sabe bien para qué oscuros fines en un territorio rural en donde impera la ley del silencio. Alberto Rodríguez se ha inspirado seguramente en uno de los crímenes más horrendos que se hayan cometido en España, el de las niñas de Alcasser, y ha tenido el acierto de ubicar su película en ese paisaje yermo y llano de las marismas andaluzas surcadas por brazos de mar y sobrevolado por gaviotas y flamencos constantemente y en un tiempo pretérito. El director sevillano conduce magistralmente este thriller oscuro —hay unas cuentas persecuciones por pistas polvorientas que en nada desmerecen a las made in Hollywood— que guarda alguna que otra coincidencia ambiental con la argentina Todos tenemos un plan. Uno de los grandes aciertos del director de Grupo 7, además de saber mantener la tensión hasta el final de la película, es hacer del paisaje un personaje más de su drama negro, y enfrentar a esos dos policías tan disímiles que no son precisamente colegas entrañables.

Reconoce Alberto Rodríguez influencias en su film de películas como Arde Mississippi de Alan Parker o Conspiración de silencio de John Sturges. Soy muy buen espectador de cine policiaco y un gran lector de novela negra y, además, teniendo en cuenta que es un género que refleja la parte más oscura y sucia de nuestra sociedad, hasta cierto punto es lógico que el cine negro siempre emerja en épocas de crisis, dice.

Perfectamente fotografiada, casi como una pintura tenebrista —cuando los policías interrogan a los padres de las víctimas interpretados por Antonio de la Torre y Nerea Barros, quizá demasiado sofisticada para su papel de tosca madre la elegante y bella actriz— Alberto Rodríguez se sirve de espectaculares planos cenitales aéreos que convierten el escenario cinematográfico, ese dédalo de canales, cultivos y pistas polvorientas, en un tapiz en el que los personajes no parecen más que diminutas figuras que pueden ser aplastadas en cualquier momento.

Los actores funcionan, son creíbles —ahí está, en papel de villano, Jesús Castro, el protagonista de El Niño, otro ejemplo de la buena salud de nuestro cine negro—; la ambientación de la época está bien conseguida; el misterio y la tensión planean desde la primera secuencia; y perfecto el guion del propio Alberto Rodríguez. La isla mínima es una de las mejores películas policiales del cine español. No se la pierdan.

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