“Un gramo de odio”, de Frantz Delplanque, por Sergio Torrijos Martínez

portada-un-gramo-odioSergio Torrijos Martínez

“Lee novelas sobre samuráis, come ostras, escucha rock y hace el amor en busca de la eternidad”.

¡Toma ya!

Para que luego digan que las sinopsis no valen para nada.

Que todos los lectores tengan presente que lo citado anteriormente va en serio, todo lo citado sobre el protagonista es así y más.

Más porque es un personaje, Jon Ayaramandi, es uno de los mejor construidos de los que he leído últimamente. Más por la gracia con que cuenta todo. Más por la ironía que está salteada por todo el relato. Más por el sentido del humor que el autor despliega. En definitiva, una novela como está mandado, de las que te obligan a leer sin cesar quieras o no.

La idea de un asesino profesional retirado, jubilado de su actividad, no es nueva, para nada, aunque a partir de ahí comienzan las novedades. No está en la Costa Azul o en el Caribe o en cualquier otro lugar que todo humano desea habitar: se ha quedado en el país Vasco Francés, su lugar de origen. Se ha afincado en una ciudad con pocos alicientes salvo el cercano mar y un paisanaje que tiene tela, Largos.

A la fauna autóctona se le suma Ayaramandi, que encaja como un guante. Tiene un amigo que regenta un chiringuito en la playa y que es amante del rock, con el que degusta ostras y atormenta con rock duro los oídos de las turistas que acuden a tomar un refrigerio a su establecimiento. Le peina una peluquera que, madre mía, usa a los hombres a modo de kleenex. Su vecina, Perle, es incalificable, probablemente el personaje que da cierta cordura y suministra la locura a todo el relato. Lo sé, es un contrasentido pero es así. Porque de ella emana toda la novela. Es más, de su novio que ha desaparecido y su búsqueda inicia el relato. Pero aún hay más, existen mujeres de mediana edad que luchan contra la apatía sexual del protagonista, hay cantantes desafortunados de rock que completan sus ingresos matando gente, hay asesinos profesionales y un buen sinfín de personajes que entran y se quedan en la trama, porque la novela parece un salón de té. Los personajes llegan y se quedan. Gracias a eso la trama de la novela va ganando en tensión y en tersura, se va poblando de muchas cosas y todas ellas entran en una profunda armonía entre sí, lo cual no sólo es difícil sino complicadísimo, pero el autor lo ejecuta a la perfección.

La trama… bueno lo cierto es que cada vez que recuerdo todo el argumento esbozo una sonrisa, porque la novela me ha hecho reír de verdad, nada de sonrisas complacientes, sino de carcajada. Lo que plantea Delplanque, cómo lo plantea y sobre todo cómo lo cuenta es divertidísimo. El humor está presente en cada párrafo, en cada rincón de la novela y compite con una ironía tremenda. La prosa, muy especial, ayuda a que todo funcione, porque es particular, diferente, simpática y juguetona.

La humanidad del protagonista que, recordémoslo, es un asesino profesional, impera por doquier, es el lado más humano de un hombre en el estío de su vida, tiene 68 años y escasa empatía por nadie salvo por ciertas personas. Lo cierto es que esa desidia del protagonista es lo que le da cierta gracia, porque de una forma u otra todo el relato va empujando al protagonista, sin que él lo quiera, casi obligándole a actuar, a meterse en harina que en el fondo es un paseo por su pasado, eso sí, acompañado de una banda sonora de categoría. Porque en la novela es muy importante la música, todo va al ritmo propio de una buena banda de rock.

A estas alturas queda claro que la novela me ha gustado, mejor sería decir que me ha encantado. Una auténtica sorpresa que recomiendo a todos. A los amantes del género les parecerá divertida y a los que no lo sean tanto también, es una muy buena novela y para cualquier lector será interesante. Es también una presentación del autor en toda regla y por todo lo alto, a partir de ahora soy un fan incondicional suyo.

Un gramo de odio
Frantz Delplanque
Trad.: Paula Cifuentes
Alfaguara

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