Diario de los Asesinos: una hilarante aventura criminal, por Juan Mari Barasorda

Portada_Diario_de_los_Asesinos_prensa-8de53Juan Mari Barasorda

“Un misterio envuelve el Diario de los Asesinos, del que poco o nada sabemos. A lo sumo, una serie de datos que generan una fascinación que, en este caso, se encuentra plenamente justificada. Este periódico, publicado en Lyon en 1884, es una rotunda joya literaria de la que ignoramos la identidad real de esos redactores que se escondían bajo los nombres de infames asesinos…”

Es cierto que nos encontramos en un blog de reseñas sobre novela negra, policial y/o criminal en todas sus variedades, y parece que en ninguna de estas variedades encaja el Diario de los Asesinos. Órgano oficial de Acuchilladores y Ladrones que acaba de editar La Felguera en la colección Zodiaco Negro, una bellísima edición que contiene el original en francés (únicamente las portadas), con su correspondiente traducción (obra de Raquel Duato) y unas magníficas ilustraciones (de Mario Rivière), de “uno de los periódicos mas insólitos y salvajes de todos los tiempos”. Como encabeza este artículo, el misterio de quién lo escribió envuelve en un halo criminal y de suspense su historia. Diez números apasionantes, divertidos, inteligentes, mordaces, procaces, críticos, subversivos, delirantes, que este lector no francófono tuvo ocasión de disfrutar no ha mucho tiempo merced al traductor de Google. De marzo a junio de 1884 duro esta aventura literaria. Diez semanas en las que París (aunque La Felguera señala que se publicó en Lyon) amanecía en domingo con un journal dedicado al crimen y a los criminales. ¿Cuál es el contenido de estos diarios? ¿cuál su calidad y valía literaria? ¿son de interés para el lector policial?, y sobre todo, ¿podemos saber quién los escribió o se trata como narra la leyenda de un misterio insondable?

Antes de responder a estas preguntas contaré cómo conocí de la existencia del Journal des Assassins .Organe Oficial des Chourineurs et voleurs. Mientras escribía el segundo artículo sobre El nacimiento de la novela policial descubrí cómo en la revista argentina El Sur, Jorge Luis Borges y Roger Calliois habían mantenido un encendido debate sobre el nacimiento de la novela policial. A favor de la creación literaria de un escritor brillante (Poe primero y Wilkie Collins después, las letras británicas en definitiva) cuya imaginación le lleva a elaborar enigmas criminales para disfrute del lector -tesis sostenida por Borges- y a favor de un origen sociológico en la Francia del XIX, una sociedad que odiaba a la policía del estado y que admiraba y se dejaba seducir a partes iguales por el criminal inteligente y por el detective aficionado que lo descubre. Este último escenario es en el que reina en todo su esplendor el folletín por entregas. El folletín de Gaboriau en forma de novela (L’affaire Lerouge, 1865) y el folletín -mas primigenio aún- de las aventuras de Vidocq, el criminal detective (Mis Memorias,1828) o de Eugene Sue (Los misterios de París, 1842). Apasionante investigación de los años que siguieron al Terror. Y sin embargo este lector avanzando un poco más en la historia de aquel París de final de siglo llegó, casi sin enterarse, a otra época, casi otro mundo. Una época en la que triunfaba el ingenio y la creación literaria, el arte y el can-can, anarquista y dibujantes, pintores y literatos. El París que queremos recorrer los turistas con un mapa en la mano mientras ascendemos viejas callejuelas que ascienden al Sacre-Coeur. ¿Y qué fue de la novela criminal? ¿quién siguió la estela de Vidocq y de Gaboriau? ¿hubo siquiera aficionados a aquellas lecturas que mantuvieron viva la llama que ahora nos abrasa a quienes disfrutamos de la novela negra, criminal o policial?

La historia me llevó hasta un escritor casi olvidado: Jules Lermina, lector insaciable, “precursor de todas las modernidades literarias”, periodista como Gaboriau, escritor que crece entre las enseñanzas de la acerada pluma de su mentor Victor Hugo y las lecturas de Dumas padre, Eugene Sue y de Edgar Allan Poe. Creador de misterios, aventuras (roman d’aventures), libros de ocultismo y novelas policiales. Desde Los misterios de Nueva York (1874) inspirados en Sue y bajo el seudónimo de William Cobb a El hijo del Conde de Montecristo (1881) en Dumas, o las Historias increíbles (1885) en Poe, hasta la novela sobrenatural (La deux fois morte, 1895), la ficción científica de Pánico en Paris (1910) antecesora de El mundo perdido de Conan Doyle (1912) para terminar con la serie policial de Toto Fouinard, “el pequeño detective parisino”, saltimbanqui y prestidigitador (12 novelas entre 1908 y 1909) la obra de Lermina -incluyendo una obra ocultista sobre Los misterios de la vida y la muerte– es apasionante y merece no caer en el olvido (sirva de aviso a La Felguera). Pero además descubrí a otro Lermina. El periodista de sucesos. El especialista en horrorizar a los lectores parisinos con los crímenes reales más truculentos. Es Lermina quien da a conocer a través del journal Le Gaulois al todo París la historia de Jean-Baptiste Troppmann, el asesino múltiple.

jules_jouy_05_sepia

Jules Jouy

Pero ya volveremos a Troppmann y al Diario de los Asesinos porque no fue Lermina su autor, aunque tal vez sí alguien quien leyó a Lermina en Le Gaulois. Es en 1869 cuando los tabloides parisinos se vuelcan en el affaire Troppmann. En ese año Jules Jouy es sólo un adolescente de catorce años, todavía no se ha convertido en el periodista, poeta y chansonnier revolucionario que fue el alma palpitante de la rive gauche de París. Vivió solo 42 años, bebió absenta hasta que su mente comenzó a cabalgar alocada sobre mundos inaprensibles que solo él imaginaba, juerguista incansable (goguettier), amante del buen yantar, mordaz, procaz, pornógrafo recalcitrante, genio de pluma viperina cuyos sueños -¿delirios?- se repartían entre las ensoñaciones que el hada verde le producía y una declarada fascinación por la muerte y el asesinato. Jules Jouy , “el poeta asesino de Montmartre” (le poete choireneur) que no cometió asesinato alguno pero reverenció y cantó a los asesinos. Jules Theodore Louis Jouy, el hombre que creó el Journal des assassins. Organe official des choireneurs et voleurs.

En 1876, Jouy comienza a publicar sus textos cargados de ironía y sus canciones en Le Tintamarre, textos dedicados a la guillotina y a los más terribles y macabros asesinatos que se producían en París. En 1878 conoce a Emile Goudeau, el alma mater del Circle des Hydropathes de la rue Cujas, el club de los escritores “a los que el agua pone enfermos”. En aquellas nocturnas reuniones de los viernes comienza a crecer el Jouy poeta y subversivo. Esta época le marcara en los años venideros. Goudeau funda el journal L’Hydropathe, que se editará de 1879 a 1880. Poesias, duelos literarios, caricaturas… cada número del journal debía ser escrito por uno de los socios. Goudeau el poeta se hace cargo del nº 1; Andre Gill el caricaturista del nº 2; el nº 5 le corresponde a Jules Jouy, su bautizo en la colaboración en diarios irreverentes en los que dar rienda suelta a su inacabable creatividad; Alphonse Allais (el humorista del absurdo) se hizo cargo del nº 6; y así otros miembros del club -entre los que se incluía la gran Sarah Bernardt- como Charles Cros (físico e inventor de todo incluido el fonógrafo antes que Edison, además de poeta) o Frederic Coupée (poeta), etc… hasta un total de 32 números.

Jouy ya no puede parar. Se incorpora a otra “sociedad secreta”: Les Hirsutes (nombre sugerido por Goudeau) junto con los que serán sus dos inseparables amigos: Alphonse Allais, poeta también y pintor del monocolor antes que Rothko (La cosecha del tomate por cardenales apopléjicos en el mar rojo) y músico minimalista antes que Cage; y Eugenie Francois Bonaventure Bataille, conocido como “el ilustre Sapeck”, escritor y caricaturista… pero sobre todo anticlerical y subversivo, el líder de Les Fumistes (“le fumisterie” simboliza la moral crítica y caricaturizante). Son los tres amigos (les fumistes) quienes provocan la disolución del Circle des Hydropathes cuando un día de 1880 organizan una mascletá de petardos en el seno del club. El vínculo de los tres fumistes con los Hydropates se renovará en 1881 cuando Rodolphe Salis pone en funcionamiento el segundo cabaret más antiguo de París, Le Chat Noir, en el 84 del Boulevard Rechechouart. Jouy recalará con sus amigos y será Allais quien se convierta en el redactor jefe (“le chef”) del journal Le Chat Noir en enero de 1882 con Sapeck como su ayudante principal (“le grand maitre”). Pero Jouy pone en marcha sus propias aventuras literarias y reivindicativas. Crea el Órgano Oficial de Defensa de los Inquilinos (“les locataries”), compone la “marsellesa des locataries” y edita su primer journal del que es el único redactor: Le Journal des Merdoux. De este diario primerizo Jouy edita un solo número, dedicado en su totalidad… sí, lo han adivinado, a la mierda.

cabaret-assasins-1872-lapin-agile

Cabaret des Assassins. Au Lapin Agile

Llegamos a 1883. Jouy, a la vez que entra en contacto con los círculos anarquistas de París a través de Jules Valles y del journal Le Cri du Peuple toma una decisión vital: crear su propia “sociedad secreta”. En uno de sus paseos nocturnos por las sinuosas callejuelas de Montmartre hace una parada en el 22 de la rue des Saules. El hada verde le susurra al oído algún ritual mágico y Joey entra a pedir una absenta en el más antiguo de los cabarets de Montmartre, una antigua casa de comidas conocida como Au rendez vous des voleurs (La guarida de los ladrones) y que desde 1869 se había reconvertido en cabaret. Es el famoso Au Lapin a Gill -en honor de una pintura realizada por el caricaturista Andre Gill de un conejo con chistera escapando de una cazuela- que ya había transmutado su nombre a Au Lapin Agile.

Jouy estaba fascinado por el lugar desde que lo conoció. Esa noche, entre verdes efluvios, pregunta al dueño por el nombre del local y el dueño cuenta la historia de aquella caricatura y de cómo el cabaret había tenido otro nombre cuando se inauguró en 1869 y hasta 1875: Le Cabaret des Assassins. El poeta asesino, siempre seducido por las historias de macabras muertes y asesinos terribles, sabe que ha encontrado su propio santuario no lejos del Sacre Coeur al que peregrinan los parisinos. El dueño le acompaña al viejo comedor y le enseña los viejos cuadros que engalanaron el lugar desde su creación, todos ellos representan a los más terribles criminales de la historia de Paris. Allí esta Ravaillac y, por supuesto, Troppmann.

Ladrones y asesinos le miran con respeto. Jouy sabe que tiene una misión, un reto, más que eso, un deber moral. Debe ser la voz de aquellos hombres en una sociedad corrompida en la que muchas de sus fechorías no son peores que las que curas, políticos y burguesía cometen a diario. Pero Jouy necesita un plan. En el París de “las cenas semanales” de las sociedades gastronómicas (sí, algo así como los txokos que conocemos hoy en día) que se acababan de poner de moda (de nombres que van de lo metafísico a lo irónico: Le Dîner des Sansonettes, Le Dîner des Têtes, Le Dîner des Villains-Bonshommes… o la mas modesta Le Dîner de la Marmite), Jouy decide convertirse en el anfitrión de su grupo de amigos irreductibles (por algo son galos… perdón por la licencia) y funda en setiembre de 1883 Le Banquet-Gogette de la Soupe et le Boeuf (algo así como La cena-juerga de la sopa y el bistec). Con la cena inaugural propone su idea. Primero se deben constituir en un Órgano Oficial (a semejanza del Organe Official des Locataries). Jouy tiene un nombre pensado: Organe Officiel des Choirineurs (asesinos) et Voleurs (ladrones). Sus amigos alaban la calidad de la sopa y aplauden la idea. Allí están Adolphe Allais y Sapeck y Rodolphe Salis y Adolphe Willette y el magnífico dibujante y decorador Henri Riviere y alguno más. En realidad todos los que acababan de elaborar una candidatura para las elecciones municipales en el XVIII Arrondissement (Quartier Montmartre) proponiendo la autonomía de Montmartre del resto de París con Rodolphe Salis como cabeza de la lista electoral. Pero Jouy necesita más. Necesita que París conozca las historias de aquellos hombres cuyos retratos adornan el viejo comedor y propone editar su propio journal. Será el Journal des Assassins que será dirigido por le feu Troppmann. Solo que Troppmann es Jouy y Jouy es Troppmann.

Certificado

Certificado de “Asesino” expedido por Le Journal

Una última guinda en el pastel. Crear un señuelo. Un engaño para la policía. El señuelo es la Lanterne des cures, un diario tan irreverente como lo fue Le journal des merdoux, un homenaje a sus amigos aficionados a la fotografía (Cros,Allais, Sapeck…). La Lanterne des cures era el nombre las series de fotografías que representan “momentos de la vida clerical” y se visionan tras una linterna de luz. La Lanterne des cures caerá pronto bajo las garras de la censura y será prohibido por pornógrafo. Le Journal des Assassins durará diez irreverentes números. El primero de ellos contiene La Marsellesa de los Asesinos, compuesta por Jouy. Se incrementa su afición desmedida por la absenta (Gouedeau, hidropata militante, pagaba con absenta gratis a quienes colaboraban en su Café, y se dice que Jouy había sido el mayor colaborador). El hada verde le guiaba e inspiraba en cada numero, en los que también colaboraban sus amigos. Hay pistas para saber quiénes colaboraban con Jouy. En cada número siempre hay una referencia en broma a “los que subvencionan el periódico” o los que “subvencionan el monumento a Troppmann”, o los protagonistas de un folletín… Cada una de estas “reseñas” contiene una maniobra de distracción (el nombre de Victor Hugo por ejemplo), pero ahí están también los nombres, de los que han colaborado esa semana en la elaboración del journal (Allais, Salis, Velles, Leon Bloy ,Raoul Ponchon, Henri Riviere…). Sin duda, el bromista Alphonse Allais está detrás de la idea.

En todas las biografías de Jouy el año 1884 aparece en blanco. Jouy el incansable no hizo nada ese año… Pero no, llevó adelante su proyecto mas personal. Todo París lo sabía y por eso empezó a ser conocido como “el poeta asesino”, “le poete choireneur”. Los destinatarios de sus ataques serán los policías, jueces, banqueros, burgueses, políticos… y sus defendidos, los mineros, trabajadores, artistas y asesinos. Jouy clama en las calles a asesinar a los burgueses y políticos que se aprovechan del pueblo. El Jouy mas macabro ya reina en Montmartre y compone poemas como L’Incineration ofreciendo “consejos para los asesinos que quieren desprenderse de sus cadáveres” y La Veuve contra la guillotina. Todo París conoce su devoción por los asesinos (Raoul Ponchon le dedica en 1888 un poema describiendo las hazañas de Jack el Destripador: L’Amateur d’uteres). Cuando acaba la aventura de Le Journal des Assassins sigue colaborando con Rodolphe Salis en Le Chat Noir, y con Aristide Bruant en Le Mirliton, y crea otra sociedad: La Goguette (La juerga) y escribe la letra de nuevas marsellesas como “La marsellesa de las prostitutas”, y nuevas canciones dedicadas a asesinos. Con su inseparable amigo Allais revoluciona el “Café de los Incoherentes” de Jules Levy, el centro del París modernista y se vuelca en su vena mas artística abriendo en 1894 el Café de los Decadentes.

Allais sigue a Jouy en su último cabaret: Le Chien Noir (El perro negro). En 1895 es internado en la clínica psiquiátrica de la rue Picpus. Muere el 17 de marzo de 1897 con 42 años cuidado por su hada verde. Fue enterrado en Pere-Lachaise y todos los chansonniers de Montmartre le cantaron en su despedida sus chansons abracadabrantes como él las llamaba. Aristide Bruant cantó La Veuve en honor a un Jouy al que la guillotina de la parca le había llegado, como siempre suele pasar a los grandes poetas -aunque sean irreverentes- demasiado pronto. Fue el entierro más multitudinario de París. Poetas, artistas, bailarinas de can-can, músicos, pintores, rateros y camareros. Nadie faltó a la cita. Ni siquiera los asesinos a los que Jouy cantó y defendió.

absinthe_04

Publicidad de la absenta en el París que vivio Jouy

Los lectores criminales estamos seducidos a la par por la buena literatura y por el crimen y el asesinato. Nuestras lecturas pueden ir del libro de bolsillo a la novela por entregas y al éxito editorial. Difícil será que perdamos la ocasión de encaminarnos al reparador descanso nocturno sin hurtarle unas horas en las que crimen, asesinatos y detectives y asesinos no nos acompañen. El Diario de los Asesinos no es una obra de novela negra y no por ello deja de ser sugerente. Infinitamente más amena y divertida que las Memorias de Vidocq. La pátina de ironía y humor negro es difícilmente igualable en aquella edad de oro de journals descacharrantes o en épocas futuras como aquellas en las que aullaba nuestro feroz Hermano Lobo. El Diario es un ejemplo de irreverencia escrita con inteligencia. Una crítica sagaz y feroz a políticos y burgueses (la “Sociedad de los Explotadores Legales y Oficiales” como la califican en el último número). La novela negra -la buena novela negra- ha sido y es muchas veces vehículo de denuncia social, y ahí tenemos a Petros Márkaris y a su comisario Jaritos como ejemplo. La novela como canal del escritor para describir una sociedad y sus defectos. Como el propio Márkaris afirma, el género policiaco es hoy día más que nunca novela social. Y eso es lo que este Diario de Asesinos representó en los estertores de siglo XIX.

Entre poemas irreverentes, chistes y chanzas -difíciles de entender, lo reconozco, para el lector actual- conoceremos las historias de los asesinos: como Troppmann, uno de los asesinos mas despiadados del s XIX; Walder, el asesino que escapo de la Sûreté; o Campi, el asesino misterioso que no quiso confesar su nombre real para no avergonzar a su familia. Todos ellos no son sino parte del aderezo de este guiso irrepetible. Pero no son los únicos, porque Jouy -investigador de criminales injustamente ajusticiados- esconde entre los colaboradores del diario a otros “asesinos” casi desconocidos como Marquelet, Masquelin o el “hermano Leotade”. Frere Leotade se llamaba Louis Bonafous y fue condenado (muriendo en prisión) por el asesinato de una joven ayudante de un librero, quien al ser investigado acusó al pobre curilla de haberle visto con la joven. Aquel caduco sistema judicial que protegía al burgués condenó sin pruebas a Bonafous, aunque años mas tarde se demostró su inocencia. El Journal de Jouy denuncia pero también divierte, nos regala un Manual del perfecto asesino y hasta un folletín por entregas, La revancha del guillotinado, escrito por un tal Ponson du Terrail, que no es Ponson de Terrail el creador de Rocambole sino Raoul Ponchon el poeta. Un engaño para el lector, como el de atribuir a Zola el poema Un extraño soneto cuando no es sino un poema irónico (escrito por Jouy) dedicado a los amantes asesinos de Teresa Ranquin, una historia de amor pasional, adulterio y crimen, una novela (de Emile Zola) real como la vida misma (de hecho Zola se basó en un crimen real) que creó un auténtico escándalo en su época (fue censurada) y que podría ser catalogada perfectamente como una de las primeras novelas negras de la historia (de hecho Jouy fue un admirador de la obra de Zola y escribió en su honor una obra, Le Rêve de Zola, que se representó en el Teatro del Chat Noir con decorados de Henri Riviere).

Jouy y sus amigos buscaban al lector inteligente, que no se quedara solo en el chiste y en la burla. Hay muchas claves con las que deleitarse… y criticas mordaces y concretas contra las autoridades (muchas veces contra el jefe de la policía de París, Monsieur Kuehn). Jouy fue el Márkaris de Montmarte. Escritor inteligente y lector impenitente de la mejor literatura de su época. Su pasión por las historias de crímenes y asesinos y su labor de investigación en el mundo criminal de la sociedad en que vivió no fue una fiebre muy distinta (la fiebre detectivesca, la calificó Betteridge, el viejo mayordomo de La piedra lunar de Wilkie Collins) de la que hoy día ataca con virulencia extrema a esa familia que componemos los magníficos escritores de novela negra y la pléyade de lectores que disfrutamos con sus obras y que, a buen seguro, muchos, como yo, encontrarán un cómplice divertimento en la lectura del Diario de los Asesinos.

 

Diario de los asesinos. Ógano Oficial de Acuchilladores y Ladrones

Traducción de Raquel Duato / Ilustraciones de Mario Rivière

La Felguera

Puedes seguirnos en Google+, Twitter y Facebook

3 comentarios en “Diario de los Asesinos: una hilarante aventura criminal, por Juan Mari Barasorda

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s