“Este muerto no lo cargo yo”, de María Clara Rueda, por Ricardo Bosque

este-muerto-no-lo-cargo-yoRicardo Bosque

A principios de junio de 2014, la escritora colombiana María Clara Rueda me enviaba un email en el que me daba a conocer la publicación de su primera novela y su interés en que la leyera y le diera mi opinión.

Por lo que pude deducir y aun tratándose de una obra disponible tanto en formato impreso como electrónico, se trataba de una autoedición, de las que suelo huir como alma que lleva el diablo, pero el correo incluía una muy atractiva sinopsis y un enlace con las primeras páginas. Leídas por simple curiosidad, me lancé de inmediato a pedirle el libro a la autora: allí, literalmente, había oro.

El libro me llegó a los pocos días desde Suiza -lugar de residencia de la escritora-, superó con creces mis expectativas y comprendí que aquello necesitaba algo mejor que una autoedición, que requería del apoyo de una editorial de primera línea. Los editores de Alrevés aceptaron la sugerencia encantados y, un año después, Este muerto no lo cargo yo llega a las librerías del país.

Devoro de nuevo el libro en un par de tardes, disfrutando como hace un año con las desgracias ajenas encarnadas en un personaje de papel que muy bien podría ser de carne y hueso a pesar de lo disparatado de algunas de las situaciones por las que Rueda le hace pasar. Disfruto con un estilo depurado que me hace emparentar a María Clara con mis admirados Ravelo y Salem, con un humor al límite, un ritmo que crece conforme avanza la trama y una última página diferente de la versión original -tal vez a sugerencia del editor- que mejora si cabe el resultado final.

Diego Almeida es colombiano y residente en el Madrid de los primeros años de la última crisis, esa de la que dicen estamos saliendo. Cuarenta y cinco años, separado desde que la vida le diese uno de sus primeros zarpazos al hacer nacer muerto al hijo que nunca llegó a tener, abogado de profesión y, en la actualidad, parado, perseguido del día a la noche por el cobrador del frac, a punto del desahucio o del suicidio, lo primero que surja. Claro que siempre hay un plan B o C, en su caso gastarse los últimos cincuenta euros en unos carteles en los que anuncie sus servicios legales a compatriotas en su misma y desesperada situación y en pillar una melopea de las que le pueden cambiar la vida a uno, de esas que terminan con un presunto compañero de la infancia acompañándote en desgarradores boleros y llevándote como puede a pasar la resaca en su apartamento.

A partir de ahí, y como las desgracias nunca vienen solas, Almeida se verá reconvertido en a) detective contratado por una clienta que malinterpretó los servicios ofrecidos en carteles adheridos a farolas y puesto a seguir a un marido infiel y b) la presa ideal de unos desconocidos en busca de lo que, el lector irá suponiendo incluso antes que un ingenuo Almeida, su compañero de boleros ha sustraído del fruto común obtenido de algún negocio evidentemente ilícito.

Diego es, como puede verse, un perdedor de los pies a la cabeza, uno de esos antihéroes de los que uno termina perdidamente enamorado al tiempo que él mismo pierde la cabeza siempre, inevitablemente, por la mujer equivocada. De los que uno no se llevaría a casa por su innata capacidad para atraer problemas y deudas pero a los que jamás dejaría tirado en la calle con cincuenta euros en el bolsillo.

Diego es de algún modo, comprenderá el lector, mi ahijado desde hace aproximadamente un año y para mi ahijado quiero lo mejor: el éxito que sin duda merece como lo merece su madre literaria, María Clara Rueda.

 

Este muerto no lo cargo yo
María Clara Rueda
Alrevés

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