“Cuentas pendientes”, de Susana Hernández, por Ricardo Bosque

8648b-cuentaspendientes150Ricardo Bosque

Curvas, cuerdas, cuentas.

Tres palabras clave en los tres primeros títulos de una serie que, desde que arrancara a principios de 2011, va a más en cada una de sus entregas. A mucho más.

Las curvas con las que Susana Hernández hacía debutar a la subinspectora Rebeca Santana en el difícil arte de detener criminales y en la que nos la presentaba como una mujer firme pero vulnerable a un tiempo, sobre todo en aquello que respecta a su complicada vida familiar y sentimental.

Las cuerdas contra las que la autora puso a su protagonista en la segunda de la serie, que mejora sustancialmente a la anterior y en la que, a la viveza de los diálogos y situaciones, se une el desarrollo personal tanto de Santana como de su compañera de fatigas, la también subinspectora Miriam Vázquez con la que, contra todo pronóstico -por cuestiones de edad, formación, carácter o situación familiar- formará una pareja sólida y coherente a pesar de todo lo que separa a ambas mujeres.

Las cuentas que deberá saldar Santana en esta tercera entrega que ha tardado un cierto tiempo en llegar, una larga espera que, desde luego, ha merecido la pena.

Tercera entrega que cierra muchos de los frentes abiertos en las dos anteriores y en la que Susana Hernández es capaz de manejar con admirable soltura no una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro tramas y subtramas. Sí, hay una principal centrada en una red de trata de menores, pero eso no quiere decir que las restantes sean secundarias ni por su intensidad, ni por su presencia en el conjunto de la obra, ni por su integración con las restantes, incluso aquella que pudiera parecer más independiente como es la protagonizada por Malena, fiscal de armas tomar y pareja sentimental de Rebeca.

Cuentas pendientes es, en su conjunto, muy superior a las dos novelas anteriores, no sólo por el modo de conducir el proceso de investigación -no nos olvidemos, estamos ante una novela criminal y el lector quiere acción y rigor- sino en todo lo que se refiere al aspecto más íntimo de los personajes principales, esas tres mujeres excepcionales que son Rebeca, Miriam y Malena de las que, debo admitirlo, a cada página que pisan, me voy convirtiendo en más ferviente admirador.

A Susana Hernández no le tiembla el pulso a la hora de meterse en jardines complicados y sórdidos como el de la prostitución infantil, con algunos pasajes que, personalmente, me ponen los pelos de punta. Tampoco a la hora de maltratar a Rebeca, a quien pone día a día ante situaciones que le obligan a mirar de nuevo hacia atrás, hacia su pasado más lejano, hacia una complicadísima infancia de la que ya sabíamos algo de novelas anteriores pero también a anteayer, a sucesos personales y profesionales que le impiden bajar la guardia ni siquiera un segundo.

Y el desenlace, ese desenlace casi jamesbondiano que pudiera parecer un tanto excesivo y sin embargo resulta muy adecuado, esa explosión que libera definitivamente la presión a la que han sido sometidos, lector y protagonistas, a lo largo de casi 300 frenéticas páginas.

Cuentas pendientes que parecen saldadas ya y que me obligan a esperar -que no sean otros tres años, por favor- lo próximo de Rebeca y compañía.

 

Cuentas pendientes
Susana Hernández
Alrevés

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