“La costilla de Adán”, de Antonio Manzini, por Ricardo Bosque

Pista Negra_135X220Ricardo Bosque

Ya hace algunos meses, al reseñar Pista negra para los colegas de Fiat Lux, dediqué unos cuantos improperios a Rocco Schiavone, subjefe de la policía de Aosta. Pero siempre desde el cariño, sin acritud: borde, corrupto, insociable, arrogante, arisco… Como dije entonces, “Rocco Schiavone tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”.

Llega ahora la segunda de la serie, La costilla de Adán, novela que me ratifica en todo lo anterior.

Vuelve Rocco, sí, y vuelve para añadir algunos datos a los pocos que conocíamos de su pasado en su querida Roma, en su cálido Trastévere -la Roma que añora como le añoran algunos de sus antiguos subordinados, luego tan mala gente no será-, antes de ser desterrado al frío de los Alpes, ese escenario en el que su loden y sus carísimos Clarks desentonan lo suyo. Pero cuando uno nace elegante, muere elegante.

Sabremos algo más acerca de esa ambigüedad que demuestra en su relación con las mujeres, siempre dispuesto a saltar de cama en cama pero mostrando fidelidad eterna cada noche a su difunta esposa en esos breves, ingeniosos e ilustrativos diálogos con que suele terminar cada jornada de trabajo.

Profundizaremos en su actual vida laboral, que transcurre rodeado de ineptos salvo por lo que respecta a Italo Pierron, policía tan corruptible como él mismo -o sea, lo justito para redondear ingresos pero sin abusar- o al forense Fumagalli, dotado de un humor ácido y negro como procede si quieres tomarte en serio semejante profesión y no morir en el intento.

Y como sucediera con la novela con que se dio a conocer el personaje, en La costilla de Adán de nuevo lo que más pesa, antes que la trama en sí, son los personajes y los ambientes descritos, el deambular del desterrado Rocco por ese valle que odia a muerte, los diálogos llenos de ingenio y las acertadas apreciaciones del jefe y quienes le rodean que salpican en la medida justa cada uno de los capítulos. Y la agilidad de la narración, que no implica ni precipitación ni nada que nos recuerde a ese adjetivo tan recurrente que se utiliza para calificar muchas novelas que poco tienen que aportar al margen de esa característica: “trepidante”. Como ejemplo, decir que la novela tiene unas 250 páginas -qué gusto poder condensar en ese espacio lo que se quiere contar sin abrumar al lector con tochos de 500 para arriba- y que, llegados a la 90 y en lo que se refiere al caso a resolver, subjefe y lector saben lo mismo que en la 20. Ni un pasito más y, sin embargo, una delicia de lectura que resulta difícil suspender ni siquiera durante lo que dura una merienda rápida.

Porque, también repitiendo el esquema aplicado en Pista negra, la nómina de sospechosos es muy reducida al ser tan cerrado el ámbito en el que se ha cometido el asesinato a investigar, cuatro candidatos a terminar en el trullo entre los que, indefectiblemente, habrá de encontrarse al auténtico culpable. Y aún así, y tratando un tema de triste y permanente actualidad con sensibilidad y algo de justicia poética, Manzini sabe encontrar esa última vuelta de tuerca que encaja a la perfección con el modo de proceder del deslenguado pero encantador subjefe.

Definitivamente, Rocco ha llegado para quedarse entre nosotros y hacerse un hueco en nuestros tiernos corazoncitos de lectores criminales. Que sea por mucho tiempo.

 

La costilla de Adán
Antonio Manzini
Trad.: Regina López Muñoz y Julia Osuna Aguilar
Salamandra Black

Un comentario en ““La costilla de Adán”, de Antonio Manzini, por Ricardo Bosque

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