Félix G. Modroño: “Las personas solo son felices cuando se cobijan en sus máscaras”

 

Laurentino Vélez-Pelligrini

Félix G. Modroño es un escritor bilbaíno que creció en Portugalete, la localidad de su infancia y adolescencia, pero que al mismo tiempo tiene medio corazón en Sevilla, donde lleva afincado desde hace varios años. El periplo de Félix no responde a la tópica historia que cuentan muchos autores, eso de que, con catorce años, escribían novelitas en una libreta durante la clase de matemáticas. En cambio, se puede decir de él que encontró en la literatura la oportunidad de una segunda vida, después de estar a punto de perder la primera en un gravísimo accidente automovilístico. Su larga hospitalización gestó al escritor que es hoy y, sobre todo, a su personaje estrella, el doctor don Fernando de Zúñiga. Eso es lo que siempre cuenta cuando le hacen la típica y estandarizada pregunta sobre los orígenes de su vocación por la escritura. Ha sido galardonado con el Premio Ateneo de Sevilla (2014) por la novela Secretos del Arenal (Algaida, 2014), una trama en la Sevilla de la inmediata posguerra que entremezcla política, crimen y pasado familiar. También es autor de otra obra exitosa, La ciudad de los ojos grises, (Algaida, 2012), la historia de un crimen ocurrido en el floreciente y cosmopolita Bilbao de la España de la Restauración, pero ante todo, un magnifico alegato a favor de la lealtad a los amores pasados. Pero si a alguien ha mimado Félix Modroño es al doctor Zúñiga, protagonista de dos otras novelas, La sangre de los crucificados (Algaida, 2007) y Muerte dulce (Algaida, 2009). A lo largo de esta entrevista hablamos de don Fernando y de la nueva aventura en la que se ve implicado, Sombras de agua (Algaida, 2016).

Con tu nueva novela, Sombras de agua, recuperas al personaje del doctor Fernando de Zúñiga, un investigador en la España del tardo-barroco. ¿Dirías que es tu “hijo predilecto”, creativa y literariamente hablando?

Es mi “alter ego”, sin duda. Por eso me siento tan cómodo con él. A fuerza de compartir noches, en cierto modo, nos hemos ido mimetizando. Creo que tras crear al personaje, este incluso ha influido en mi modo de pensar. Ahora que tenemos una edad parecida, para describir su fisonomía solo tengo que mirarme en el espejo. Eso sí, él es más inteligente y casto que yo.

En tus varias obras has abordado diversos periódicos históricos, sin embargo, veo que el siglo XVII es la etapa en la que pareces sentirte más cómodo, sobre todo a la vista de lo mucho que lo has ilustrado…

Me parece una de las épocas más interesantes de la historia de España. Al margen de la trascendencia que tuvo para el posterior devenir político, terminó de forjar la idiosincrasia de los españoles. Lo que más me apasiona del final del siglo XVII es esa transición timorata de las sombras del conocimiento a las primeras luces. Para las mentes inquietas tuvo que ser complicado dar explicaciones a los avances científicos prescindiendo de la omnipresencia de Dios. Hasta entonces, todo estaba condicionado por la religión, los tabúes y las supersticiones. Y es en ese momento cuando se cuestiona el pensamiento imperante durante cientos, miles de años.

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Félix G. Modroño

Si me permites el análisis, yo veo a Zúñiga mucho más como un hombre de la Ilustración que del Barroco. ¿Temías quizás que sí, lo situabas precisamente en el siglo XVIII, perdería singularidad y terminaría por convertirse en un personaje tópico del Enciclopedismo?

Sin duda. Zúñiga es un preilustrado. Un genuino preilustrado. Lo que más me gusta de él son sus miedos, sus contradicciones. En su época apenas tenía con quién compartir su pensamiento. Lógicamente, de haberlo situado décadas más tarde, hubiera perdido la singularidad de la que hablas.

Pese a que la figura del afrancesado es muy posterior, es verdad que el hombre culto y “avanzado” español siempre miró a nuestros vecinos como referente. Zúñiga tiene en cambio muchos tics antifranceses. ¿Es entonces un ser desgarrado entre su condición de hombre de Estado y la de intelectual?

Volvemos a lo que comentábamos antes. A las dudas sobre lo que está ocurriendo. Es amigo íntimo de doña Mariana de Austria, a la que guarda lealtad. Y en ese tiempo, España guerreaba frecuentemente con Francia. Zúñiga ve a los franceses como enemigos, no como intelectuales.

Tu personaje también es un hombre educado en Salamanca, periplo habitual entre los eruditos de entonces. ¿No hay algo históricamente desconcertante en el hecho de que, la ciudad que alberga la cuna del mundo universitario y el pensamiento sabio, aparezca en cambio en el imaginario colectivo de hoy como uno de los nidos de la tradición política española más reaccionaria y retrógrada?

Ese nido fue temporal y circunstancial. También una macabra paradoja. Me niego a quedarme con la imagen de Franco o de Millán Astray en Salamanca, sino con la de Unamuno, por ejemplo, otro intelectual y, por tanto, con pensamiento contradictorio. La Salamanca que yo quise ver cuando estudié en sus aulas fue la de las tertulias de los escritores en el Novelty o en el Corrillo.

En la novela también aparecen clérigos que a mí, particularmente, me resultaron simpáticos e incluso, “progresistas”. ¿Querías quizás romper mitos sobre esa bien conocida Iglesia española, tenebrosa e inquisitorial?

La Inquisición española fue una de las peores instituciones de toda la historia de la humanidad. Y es verdad que todos los libros estaban en los conventos, por lo que fue lógico que los intelectuales fuesen en su mayoría religiosos. Algunos trataban de avanzar en el conocimiento recorriendo una cuerda floja para no caer en las redes de la Inquisición. Figuras como la del padre Tosca tienen mucho mérito.

¿Se puede decir que hoy hemos conseguido redescubrir las luces del Barroco, liquidando su delirante y bien conocida reapropiación por parte del fascismo español?

En el barroco había luces, pocas pero había. En el fascismo español, como en cualquier régimen totalitario, ninguna.

Zuñiga es un personaje muy deductivista, forma de razonamiento que ha estado sin embargo vinculada al siglo XIX y al propio nacimiento de la ciencia criminológica y forense. ¿Querías quizás romper esquemas respecto a los habituales sistemas de contextualización que dominan a la novela negrocriminal, en general, siempre ambientada en la Edad Contemporánea?

Intuición aderezada de sentido común. Esa es la técnica de Zúñiga. Le veo a mitad de camino, tanto por la época que vivió como por sus métodos, entre Guillermo de Baskerville y Sherlock Holmes. Aunque, en Sombras de agua creo que he ido directamente al origen y me recuerda a C. Auguste Dupin.

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Precisamente referente a la ambientación, ¿por qué Venecia?

Quería profundizar en el escenario de “cartón piedra” en el que se ha convertido, en esa especie de parque temático que ha desnudado de identidad a la ciudad. En el siglo XVII, Venecia aún conservaba mucho de su esplendor y continuaba siendo la primera potencia marítima del mundo. Además, me interesaba mucho dar a conocer cómo vivían los venecianos, su modo de enfrentarse al amor y al deseo. Eran felices dando rienda suelta a sus instintos, pero solo lo hacían en la época de Carnaval, amparados en el anonimato de sus máscaras. Creo que sigue ocurriendo lo mismo. Que las personas solo son felices cuando se cobijan en sus máscaras (ahora hablo metafóricamente). Lo cual da muestra de la hipocresía en la que vivimos.

Hablas de poder y de la forma de elección del Dogo, ¿Venecia era entonces un símbolo de “virtud pública” frente a la vertiente mucho más maquiavélica de los Estados Modernos vecinos?

Me atrevería a decir que la República de Venecia fue el sistema menos corrupto de la historia de la humanidad. Ese fue uno de sus grandes aciertos para sobrevivir a lo largo de los siglos. Y lo que demuestra que también se puede gobernar bien con honestidad.

Uno de los elementos de la novela es la reunión en la ciudad de un grupo de científicos, entre ellos Newton, Leibniz o Halley. Si me permites la impertinencia, la epístola fue el único medio de contacto entre sabios hasta bien entrado el siglo XVIII y la propia figura de las comunidades científicas no tomó forma hasta el XIX. Pero, entonces, ¿cómo se te ocurrió la idea?

No exactamente. Ya entonces existían sociedades científicas. Una de las más relevantes fue la Royal Society, fundada en 1660, de la que Newton fue presidente durante veinticuatro años. También existían en Roma y París. Lo que está claro es que la reunión de científicos de mi novela ha sido una licencia… relativa. Me parecía ilustrativo y literariamente muy interesante que pudieran reunirse todos esos científicos para intercambiar el conocimiento que ya compartían en sus cartas. Y desde luego, a cada uno le he dado la voz y las ideas que tenían.

Hay un personaje central, Elena Corner Piscopia, una mujer culta, anfitriona de ese encuentro en Venecia. Parece que también rompes muchos moldes respecto a la representación literaria de las mujeres del Antiguo Régimen, que casi siempre han aparecido como meras “cortesanas” o mujeres perversas, intrigantes, pasionales e irracionales…

No solo eso. En aquellos tiempos, una mujer intelectual era considerada un monstruo en muchos lugares del mundo porque se decía que tenían un cerebro de hombre en un cuerpo de mujer. En mis novelas me gusta incluir mujeres que tengan mucha fuerza. Literariamente, la mujer es mucho más interesante que el hombre. Reivindicar la figura de la primera mujer en obtener un doctorado universitario en el mundo ha sido una de mis mayores satisfacciones.

Las relaciones amorosas no faltan a la cita. ¿En el XVII eran mucho menos “encorsetadas” de lo que lo acabaron siendo con el triunfo de la sociedad burguesa?

Aquí tenemos que echar mano de la imaginación y del sentido común. Obviamente, una sociedad como la veneciana sabía amar mucho mejor que la española, mucho más influenciada por los discursos puritanos de los curas desde sus púlpitos. Más que de épocas, yo distinguiría entre sociedades. De hecho, creo que la sociedad española sigue sin saber amar, ya que no ha sido capaz de desprenderse de todos aquellos tabúes de entonces.

Para ir acabando, se habla mucho, últimamente, de la imbricación entre el género negro y el género histórico. ¿El Noir ofrece nuevas posibilidades de conexión con la memoria colectiva, frente a las estructuras narrativas, a mi entender, bastante plomizas de las novelas históricas más tradicionales?

No me interesan las novelas históricas donde se narran epopeyas o grandes acontecimientos. No me considero un escritor de novela negra como tampoco de novela histórica. Eso sí, me gusta moverme en la vida cotidiana de otros tiempos. Y soy obsesivo en mi documentación con la finalidad de recrear el ambiente en el que se mueven mis personajes. Y es cierto que suelo utilizar el crimen como hilo conductor de mis historias. No es un mero recurso para mantener la atención del lector, sino un método para profundizar en las pasiones humanas. Los grandes temas de la literatura son el amor y la muerte, por lo que procuro que estén muy presentes en mis novelas. No resulta fácil mezclar géneros, pero si el resultado es equilibrado, el esfuerzo merece la pena.

Sí me permites la anécdota, hace poco hablaste del niño solitario y soñador que fuiste. ¿Ese niño era un devorador de libros de historia?

Ese niño devoraba los libros de una tal Agatha Christie y disfrutaba con las aventuras de Poirot, después de haberse enamorado de Sigrid, la novia del capitán Trueno. Y, sin embargo, uno de los libros que me marcaron entonces fue Sinuhé el egipcio. Así que ya daba muestras de su mestizaje.

¿Nos preparas literariamente un nuevo periplo del doctor Zúñiga o le vas a dar un descanso?

Él y yo hemos pactado un descanso. Pero el doctor Zúñiga forma parte de mí, así que espero volver a encontrarme con él en un futuro próximo. Lo que me resulta inevitable es ir pensando en nuevas aventuras para él. Espero que me lo perdone.

 

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