Cine: “La autopsia de Jane Doe”

cartel-autopsia-jane-doeTeresa Suárez

En una pequeña localidad de la tradicionalmente conservadora y sureña Virginia, los agentes de la ley acuden al escenario de un crimen: una pareja y sus hijos han sido brutalmente asesinados. Toda una visión dantesca que se recrudece cuando en el sótano de la casa encuentran el cadáver de una joven, desnuda y semienterrada, que no pertenece a la familia, no tiene huellas dactilares y, aparentemente, no presenta heridas de ningún tipo.

Presionado por la truculencia de lo ocurrido, y sin pistas que le digan por dónde empezar, el sheriff traslada el cuerpo de la mujer sin identificar (en Estados Unidos a los cadáveres cuya identidad se desconoce se les denomina Jane Doe si son mujeres y John Doe si son hombres) a la funeraria del pueblo haciendo participe de la urgencia del asunto a Tommy Tilden, médico forense, y su hijo Austin. Consciente de la importancia que tiene saber cómo murió esta Jane, Tommy promete practicarle la autopsia esa misma noche. Su hijo, bastante reticente, al final decide acompañarlo.

En esto de lo negro y criminal, se trate de películas o novelas, estamos acostumbrados a ver como la historia suele pivotar entre policías o delincuentes. Unos u otros se llevan todo el protagonismo, mientras que elementos necesarios para que exista el delito (la víctima o la ocasión) o especialistas imprescindibles para esclarecerlo una vez que se ha producido (informáticos, laboratorio criminalística, etc.) quedan relegados a un papel secundario que solo les garantiza una breve aparición en algún capítulo poco relevante, salvo que la víctima sea Laura Palmer (ese etéreo y violáceo cadáver envuelto en plástico a quien David Lynch, su visionario creador, elevó a la categoría de celebrity mundial al convertirla en el elemento central en torno al cual gira la trama de Twin Peaks, serie que marcó un hito televisivo) o el especialista en cuestión sea Quirk, mi patólogo favorito, nacido de la parte oscura, la Black, de John Banville.

Pero la autopsia es vital para la resolución de cualquier caso criminal. Puesto que la importancia de una función tiene que ver con la dificultad que entraña realizarla, deberíamos preguntarnos una cosa: si los inspectores de policía interrogan a los vivos (vecinos, testigos, acusado) y el forense interroga a los muertos, ¿quién tiene más mérito? Los vivos enmudecen, plantan cara y gritan, sí, pero también son más proclives a que unas buenas razones adecuadamente expuestas les hagan cantar como un canario. Los muertos, por el contrario, no temen al dolor físico, lo de te vamos a encerrar por mucho tiempo no suele hacer mella en su ánimo y, aunque te pases toda la noche haciéndoles perrerías, ni hablan, ni se mueven, ni se inmutan… ¿o si lo hacen?

En cualquier caso a Tommy Tilden y su hijo Austin les espera una laaarga noche si quieren resolver el enigma antes de que amanezca, por lo que inician la metódica autopsia con el objetivo de ayudar a la autoridad policial a aclarar las circunstancias del fallecimiento de esa hermosa e inquietante Jane Doe.

Primero el examen externo.

Al no haber ropas que retirar, recuerden que el cuerpo aparece desnudo, Tommy comienza a analizar las heridas y anomalías extramuros (descripción de las lesiones, su localización anatómica, tamaño, forma color, etc.), bueno, más bien su ausencia, mientras su hijo lo documenta con fotografías y diagramas del cuerpo dibujados en una pizarra. En esta primera parte se recaban también otro tipo de pruebas de alto interés criminalístico como pelos, fibras, restos bajos las uñas, fluidos corporales, etc.

A continuación el examen interno, difícil de contemplar sin retirar la vista y sentir nauseas.

Disección, extracción de órganos, vísceras analizadas por dentro y por fuera con la correspondiente toma de muestras para solicitar exámenes histológicos (estudio de los tejidos orgánicos) y toxicológicos (estudio de sustancias toxicas en el organismo y sus posibles efectos) que ayuden a establecer la hora, la forma y la causa de la muerte.

Pero esta Jane no es un occiso cualquiera, no, y desde su inmovilidad combate a los forenses. Cada nueva incisión de Tilden, a la par que va aclarando el misterio, desata nuevas formas de resistencia por parte del cadáver empeñado en castigar a quienes tratan de poner al descubierto sus secretos más ocultos.

Dirigida por el noruego André Øvredal (Trollhunter), el reparto de este película (Premio Especial del Jurado en el Festival de Sitges 2016), mitad thriller mitad terror, lo encabezan Brian Cox (El último acto) y Emile Hirsch (La hora más oscura), cuyo excelente trabajo logra dotar de credibilidad a esta historia que se plantea como una lucha entre lo posible y lo imposible, lo tangible y lo irreal, la ciencia y la superstición.

Hay un crimen, un pálido y exquisito cadáver de ojos grisáceos, policías, forenses, un entorno claustrofóbico, humor macabro, algún que otro susto y una autopsia que, cual telaraña, entrelaza todos esos elementos.

Si no son de los que se les sale el corazón por la boca al primer ¡bú!, les gustará.

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